La Corona Rota #1

Capítulo 2

La noche del mármol rojo

Pasado – Elizabeth, 15 años.

Era una fiesta de invierno, privada y cuidadosamente orquestada. Solo la familia cercana y unos pocos invitados selectos: los ministros más antiguos, algunos primos nobles.

El aire olía a vino especiado. El fuego del gran salón chispeaba, y entre murmullos y risas, la voz de su madre, la reina Arabella, se elevaba alegre, riendo. El rey Alaric alzaba la copa, riendo a su compás.

Vestía un azul noche, sentada sola. No esperaba compañía. Pero entonces lo vio.

William —el hijo del cocinero real y su mejor amigo— se escabulló entre los criados con un traje negro que le quedaba bien. Caminó con seguridad hasta colocarse a su lado y, sin pedir permiso, tomó una copa de champagne de la bandeja de una sirvienta.

Elizabeth lo miró de reojo, conteniendo la risa.

—No deberías estar aquí y tampoco puedes beber eso.

—Tampoco tú —murmuró él, dándole un trago pequeño al champagne—. Pareces una estatua.

No alcanzó a decir más. Una figura apareció detrás de él y le quitó la copa de la mano de un tirón.

—Aún no, Willy, dentro de unos años tal vez —regañó su madre, revolviéndole el cabello que él había peinado con un cuidado.

William resopló, intentando arreglarse el peinado. Dejó un beso en la coronilla de su hija, caminó hasta engancharse del brazo de su padre y entrar en la conversación. Elizabeth no pudo evitar sonreír.

—¿Sabes? —susurró él, acercándose un poco—. Creo que serás una buena reina. A pesar de que detestas sonreír en los banquetes.

Elizabeth frunció el ceño, aunque sabía que él ya estaba acostumbrado a su actitud.

—Falta mucho para eso. Ni siquiera quiero pensar en ser reina aún.

—Para ese entonces —replicó él, bajando la voz como si confesara un secreto—, ya me habré graduado del entrenamiento y seré tu guardia real.

Elizabeth lo miró de lado. Había algo tan serio en la forma en que lo dijo que por un instante creyó que lo decía en verdad.

—Si es que puedes completar el entrenamiento —dijo con una sonrisa lenta.

William arqueó una ceja, ofendido.

—Qué poca fe me tienes, Beth.

—La justa —respondió ella, y esta vez rió, un sonido breve pero real.

El padre de William apareció en la entrada, haciéndole señas con el ceño fruncido. William puso los ojos en blanco.

—Si desaparezco, dile al mundo que morí defendiendo mi dignidad—susurró, antes de alejarse a regañadientes.

Elizabeth soltó una leve risa y lo vio irse entre los sirvientes, con el cabello aún despeinado.

Luego, como siempre, volvió el silencio.

Hasta que las puertas del salón se abrieron de golpe.

El sonido fue tan violento que la música se detuvo antes de que nadie comprendiera por qué. El aire cambió, se volvió denso, pesado, irrespirable.

Las antorchas parpadearon y, en ese parpadeo, las sombras entraron.

Figuras encapuchadas irrumpieron como una tormenta. Todo sucedió en segundos: el violín se rompió contra el suelo, las copas estallaron en el aire, el primer alarido desgarró el silencio.

Elizabeth se quedó helada.

—¡Elizabeth, corre! —gritó una voz masculina. Sebastian.

El consejero de su padre trató de alcanzarla, pero una flecha le atravesó el muslo, arrancándole un gruñido de dolor.

El caos se volvió absoluto.

La reina Arabella se levantó de su asiento. Ya no sonreía. La corona resbaló de su cabeza y chocó contra el suelo, el sonido metálico se perdió entre los gritos.

Sus ojos, mieles, se clavaron en Elizabeth.

—¡Elizabeth! —su voz cortó el aire—. ¡Ven aquí!

Elizabeth obedeció, o lo intentó, pero su cuerpo apenas respondía. Su madre la alcanzó y la empujó detrás de sí, la cubrió con el cuerpo sin dudar.

—Corre —ordenó, sin apartar la mirada del frente—. Corre al ala oeste.

—Mamá… mamá, no —balbuceó.

El rey Alaric ya había desenvainado la espada. Se interpuso entre los atacantes y su familia.

—¡La quieren a ella! —rugió—. ¡Llévala tú, Arabella! ¡Ahora!

Pero no hubo tiempo.

Una de las figuras encapuchadas se giró, arrojando una daga con un movimiento seco.

Elizabeth vio el brillo del filo venir hacia ella, rápido, inevitable.

Arabella reaccionó sin pensarlo. Giró el cuerpo, interponiéndose. La hoja se hundió en su brazo con un sonido húmedo, brutal.

El grito de su madre se perdió entre el estrépito. Elizabeth sintió el calor de la sangre de su madre mancharle la mejilla.

Arabella se giró con el cuchillo aún clavado, respirando con dificultad. La abrazó con fuerza, cubriéndola por completo, como si pudiera esconderla del mundo.




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