La Corona Rota #1

Capítulo 3

La voz del enemigo

Presente - Elizabeth

William estaba apoyado contra la ventana, la luz del mediodía cayendo justo sobre su perfil. Parecía relajado, pero Elizabeth sabía que era todo lo contrario. Sebastian, estaba rodeado de pergaminos, sellos y un aire agotado.

—No lo necesitamos —dijo Elizabeth, por cuarta vez—. Un baile solo sirve para distraer al personal y desperdiciar recursos.

William soltó una carcajada suave, sin apartar la vista del cristal.

—Recursos tenemos de sobra, querida Beth. Si seguimos enterrados entre códigos y protocolos, tus acuerdos de paz se convertirán en muebles. Y, aunque adoro los muebles, no suelen ser buenos para negociar alianzas.

Elizabeth lo fulminó con una mirada pero William continuó.

—También ayudaría a cerrar las alianzas que tenemos pendiente desde hace meses.

—Si esas alianzas siguen pendientes, William, es porque no merecen mi atención. Y respecto al baile… ya dije que no.

—Mi reina —dijo Sebastian, despacio—. Tres reinos esperan una señal de estabilidad y negociación. Un baile de la corte podría darles un incentivo.

—La mitad de la corte quiere verme muerta, la otra mitad quiere casarse conmigo. No veo nada normal en eso. —Elizabeth se volvió hacia él.

William sonrió de medio lado.

—Bueno, al menos eso significa que todavía eres popular.

—Qué consuelo tan útil cuando los aliados te apuñalan por la espalda con modales y copas de vino. —replicó ella, con un suspiro sarcástico

Sebastian se frotó el puente de la nariz.

—No se trata de bailar, mi reina. Se trata de mostrar poder. Si Aurelia parece estable, la guerra no vendrá tan pronto.

William se apartó de la ventana y se acercó, moviéndose con la elegancia de un gato aburrido.

—Además —añadió—, todos los que te odian estarán en un solo salón. Yo lo llamo estrategia. Un poco de música, unas copas, y tú observas quién evita mirarte a los ojos.

Elizabeth lo miró por encima del hombro.

—Y tú lo llamas excusa para beber gratis y coquetear con alguna princesa de pechos grandes.

William se encogió de hombros, sonriendo.

—Los sacrificios que uno hace por la corona.

Sebastian no pudo evitar una leve sonrisa. Elizabeth lo notó, y aunque quiso mantener la compostura, algo en esa escena —esa absurda normalidad entre el caos— la hizo aflojar la tensión de los hombros.

—Bien —dijo al fin, cruzándose de brazos—. Si insisten tanto, háganlo. Pero no me pidan que sonría.

—Oh, eso sería pedir milagros —murmuró William, pero lo suficiente alto para que ella lo oyera.

Elizabeth giró hacia él con una mirada afilada.

—Ten cuidado, William. Los milagros tienden a acabarse cuando los bufones cruzan la línea.

Él inclinó la cabeza, divertido.

—Entonces ruego por seguir siendo tu bufón favorito, mi reina.

Elizabeth rodó los ojos.

—Fuera de mi vista antes de que cambie de opinión —dijo, aunque ninguno de los dos se movió enseguida.

Sebastian fue el primero en romper el silencio.

—Entonces empieza la planificación. Fecha, lista de invitados, y una orquesta.

—¿Orquesta? —repitió Elizabeth, ya arrepintiéndose.

—Por supuesto —dijo William, guiñándole un ojo—. Si vamos a enloquecer, que al menos suene bien.

Elizabeth cerró los ojos un segundo, como quien acepta su destino. La pesada puerta del salón se abrió. Allí estaba la capitana Arwen Valen, líder de la Guardia Roja, con la capa roja apenas agitada por la corriente y la postura tan recta como siempre.

—Mi reina —saludó con una inclinación breve—. Siento interrumpir, pero tenemos un problema.

Elizabeth alzó una ceja.

—No me digas que otra vez alguien intentó abrir los depósitos. Porque si es así, esta vez lo lanzamos en la hoguera afuera. El último aún se huele en el ala este.

Sebastian carraspeó desde su rincón, con esa tos discreta que usaba cuando ella se pasaba de frívola. Elizabeth puso los ojos en blanco.

—Vale, vale… que en paz descanse el pobre diablo y todo eso —murmuró, aunque la sonrisa malvada no se le borraba del todo.

Arwen negó con la cabeza.

—No, mi reina. Peor. Erick está abajo. Con Edward.

El silencio que siguió fue denso. William soltó un silbido largo y bajito. Elizabeth se levantó tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.

—¿Qué demonios hace ese idiota en las mazmorras? No tenía permiso.

—Según las guardias —continuó Arwen, sin inmutarse—, dijo que iba de su parte. Que usted le había dado luz verde.

Elizabeth se pellizcó el puente de la nariz, respirando hondo para intentar no estrangular a su propio hijo.




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