La Corona Rota #1

Capítulo 4

El trono impuesto

Pasado – Elizabeth, 17 años

El castillo ya no olía a sangre.

Olía a piedra nueva, a madera fresca, a hierro afilado.

Olía a control.

Dos años habían pasado desde la noche del mármol rojo, y aún había ecos de esa oscuridad en cada pasillo, pero Elizabeth no los dejaba salir. Los encerraba. Los cubría con tapices nuevos, con vitrales rediseñados, con muros reforzados y normas reescritas.

La ciudadela había sido reconstruida bajo su orden personal.

Un trono roto no se repara. Se refunda. O se aplasta.

Desde su retorno al poder, Elizabeth no solo había tomado el trono… lo había transformado.

El primer decreto fue claro: la vieja Guardia Real desaparecía.

Descubrió, demasiado tarde, que muchos de aquellos hombres en quienes su padre había confiado habían sido los mismos que facilitaron su muerte y la de su madre. Traidores vestidos de honor.

Así que los destituyó a todos.

De sus ruinas, nacieron dos nuevas ramas, forjadas a su imagen:

La Guardia Roja, su escudo más cercano. Mujeres formadas bajo disciplina. No se les permitía vacilar, ni cuestionar, ni temer. Solo servir. Entrenaban con rigor, con dolor, y con la certeza de que la lealtad no se pide… se demuestra.

Y luego, la Guardia Dorada, su ejército de frontera y orden. Encargadas de vigilar las murallas, las ciudades, los caminos. Implacables. Frías como la piedra que defendían.

Muchos la llamaban despiadada. Otros, visionaria.

A Elizabeth no le importaba. La compasión era un lujo que había enterrado junto a sus padres.

Desde el terreno militar, observaba las nuevas tropas entrenar. El sonido del acero al chocar contra el acero resonaba con precisión. Ningún grito, ningún error. Solo el ritmo que ella misma había impuesto.

—Parecen sombras —comentó William, cruzando los brazos junto a ella.

Elizabeth arqueó una ceja.

—Las sombras obedecen mejor que hombres con nombre.

Él soltó una leve risa.

—¿Y no temes crear algo peor que lo que destruiste?

—No —respondió ella, sin apartar la vista—. Temen más traicionarme que morir. Y eso es suficiente.

El pueblo murmuraba.

La nobleza contenía el aliento.

"Una niña jugando a ser reina", decían entre dientes.

Pero no a la cara. Nunca a la cara.

Porque esa “niña” había sobrevivido a una masacre.

Y había regresado con una armadura invisible que nadie podía romper.

En los entrenamientos diarios de la Guardia Roja, Elizabeth entrenaba a la par de las demás. No observaba desde un balcón. No daba discursos floridos. Entraba al barro. Sudaba. Caía. Se levantaba.

Y era implacable.

El salón del trono estaba lleno. Y sin embargo, Elizabeth se sentía más sola que nunca.

Las columnas blancas estaban decoradas con estandartes dorados, tejidos por las mejores manos de Aurelia. Rebosaban de nobles con sus mejores joyas, cuellos estirados por corsés duros y orgullo vacío. Diplomáticos de reinos aliados murmuraban entre sí, evaluando con ojos tibios la estabilidad de un reino que aún temblaba.

El obispo Lucien leía el ritual con voz solemne.

Las palabras resonaban en los muros de piedra con un eco monótono. Se deslizaban por el aire y caían al suelo como plomo. Pesadas. Ceremoniales. Muertas. Vacías.

Elizabeth no las escuchaba del todo. Su mente estaba en otra parte.

Su mirada recorría el salón, los rostros, las máscaras. Leía cada gesto como si fuera una amenaza velada. Un ceño apenas apretado, un abanico que se cerraba con fuerza, un par de ojos que evitaban los suyos. Había reverencias, sí. Inclinaciones calculadas. Sonrisas políticas. Pero respeto verdadero… ninguno.

La miraban como si aún llevara sangre seca en la cara.

Como si no importara que hubiera sobrevivido a la masacre. Que hubiera estudiado día y noche los tratados, que supiera manejar la espada mejor que sus propios generales. Como si no importara cuántas veces hubiera vencido en los juegos de estrategia del consejo o cuántas madrugadas hubiera pasado sola, firmando decretos con la tinta mezclada con su rabia.

Seguía siendo la niña manchada de rojo.

La huérfana en el salón rojo.

Y en el fondo, lo seguía siendo.

Habían pasado solo dos años. Dos inviernos desde que la sangre de sus padres tiñó el mármol blanco del salón del trono. Desde que la corona fue recuperada entre cadáveres.

Pero el mundo no olvida. Y menos aún perdona.

Y ella… tampoco.

—¿Majestad? —La voz del obispo Lucien la trajo de vuelta. Estaba frente a ella, la corona real entre sus manos—. ¿Acepta este símbolo del deber, del poder y del reino?




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