Verdades bajo cadenas
Presente - Elizabeth
El eco de sus botas resonaban como latigazos en el pasillo subterráneo. El aire olía a moho viejo y a alguien había vomitado en una celda no hacía mucho. Elizabeth avanzaba despacio, dejando que el frío le trepara por las piernas bajo la falda del vestido. Era el placer lento de saber que, por primera vez en años, tenía algo que los Varnelle querían de verdad.
—¿Sigue callado? —preguntó.
Nara, la más joven de la Guardia Roja, respondió con su habitual sequedad:
—Ni un insulto, ni una súplica. Sigue sin comer y solo pidió agua.
Llegaron al final. La guardia hizo girar la llave. En medio de todo, sentado en una silla, con las muñecas y tobillos sujetas por grilletes, estaba Edward Varnelle.
El pelo negro le caía desordenado sobre la frente, la camisa blanca estaba manchada de tierra y tenía un desgarrón en el hombro, pero la postura era recta, casi elegante. Cuando la vio entrar, alzó una ceja con una lentitud teatral.
—Vaya. La reina otra vez. Me siento halagado.
Elizabeth no contestó de inmediato. Se quitó los guantes despacio, dedo a dedo, y los dejó sobre la mesa, que había mandado a traer, llena de arañazos que separaba a ambos. Luego se sentó frente a él, cruzó las piernas y lo miró como quien evalúa una pieza de carne en el mercado.
—No eres lo que esperaba —dijo al fin.
Edward sonrió de medio lado. Se encogió de hombros; los grilletes tintinearon.
—La mayoría no lo es.
Hubo un silencio. Elizabeth lo estudió: el ojo verde y el otro azul, demasiado únicos y tan distantes de su memoria; la boca que parecía siempre a punto de reírse de algo que solo él entendía. No había miedo en su cara. Había… curiosidad.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Porque alguien se equivocó de príncipe, supongo. El plan original era Arion, ¿no? El heredero. Yo soy el repuesto que nadie pidió.
Elizabeth entrecerró los ojos.
—Curioso. Yo también soy el repuesto que nadie pidió. Tal vez por eso sigues respirando.
Edward soltó una risa baja, genuina.
—Entonces ya tenemos algo en común. ¿Brindamos? Oh, espera, no tengo copa. Ni manos libres. Detalles.
—Quiero saber qué sabe tu familia, sobre Aurelia —dijo, tajante.
—Soy el idiota que lee libros y hace chistes incómodos. Si me capturaste pensando que soy una fuente de información… mala suerte. Sé menos que tu cocinero.
Elizabeth se inclinó más, y apoyó su mentón en su puño cerrado.
—Mientes fatal.
—¿Sí? —Él bajó la voz, casi un susurro—. Entonces haz lo que tengas que hacer. Golpéame, quémame, corta un dedo… pero te advierto: mi umbral del dolor es alto y mi sentido del humor, peor. Una vez Rowan me rompió tres costillas y le di las gracias. No soy el que se quiebra fácil.
—¿Sabes lo que más me molesta de ti?
—Ilumíname.
—Que no te tengo calado. Tus hermanos son predecibles. Tu padre es un libro abierto lleno de avaricia. Tú… eres una página en blanco que se ríe de mí.
Edward sonrió más amplio.
—¿Y eso te enfada o te excita, princesa?
Elizabeth se levantó de golpe, rodeó la mesa y se detuvo a su espalda. Puso las manos sobre sus hombros, apretando apenas. Sintió la tensión en sus músculos, pero él no se movió. Estaba tan cerca que Elizabeth podía ver la pequeña cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, el leve temblor de su labio del frío.
—Ambas cosas —susurró contra su oído—. Y eso es nuevo para mí.
—Pues aprovéchalo. Porque no vas a tener muchos momentos así. O me matas pronto… o empiezas a preguntarte si tal vez el error del destino no fui yo, sino tú al capturarme.
Elizabeth retrocedió un paso. El aire entre ellos vibraba.
—Nara —llamó, la guardia entró de inmediato, sin apartar la vista de él—. Tráeme una silla cómoda. Y algo de vino. Parece que esto va para largo.
Nara asintió y salió cerrando otra vez la puerta. Edward soltó una carcajada breve.
—¿Vino? ¿En serio? Pensé que las reinas malvadas preferían veneno.
—Solo los días pares —respondió ella—. Hoy es impar. Además, el veneno es caro. Tú, por ahora, vales un vino.
Él alzó las cejas.
—¿Eso ha sido un cumplido?
—No te acostumbres.
Ava entró sin hacer ruido, dejó la botella de tinto de las colinas de Valcorta junto a dos copas. Elizabeth se sentó con lentitud, se sirvió hasta el tres dedos y dio un sorbo largo, dejando que el vino le quemara la garganta antes de hablar.
Edward la miraba como quien contempla un incendio bonito: fascinado y un poco decepcionado de no estar dentro.
—¿Ese es el famoso Valcorta del 19? —preguntó, señalando la botella con la barbilla—. Dicen que sabe a orgullo y a sangre de traidores. Me alegra comprobar que los rumores no exageraban.
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Editado: 03.03.2026