La Corona Rota #1

Capítulo 6

El invierno de los nombres rotos

Pasado – Elizabeth, 17 años

El cielo estaba gris cuando los mensajeros llegaron. Sobreluna había atacado la frontera sur. Otra vez.

Volvían por las tierras que no les pertenecen y no pararían hasta conseguirlas.

El consejo se reunió esa misma tarde.

Todos callaron en cuanto Elizabeth cruzó el umbral.

Su armadura aún estaba manchada de barro seco y sangre ajena. Las botas resonaban con autoridad en el mármol. Acababa de regresar de la frontera. La Guardia Roja la seguía a pocos pasos, en silencio.

—¿Cuántos muertos? —preguntó.

—Cinco soldados. Seis aldeanos —respondió Sebastian con voz baja—. Uno de los puestos cayó antes de que sonaran las alarmas.

—¿Y los traidores? ¿Hablaron?

—No lo harán —dijo William, desde la esquina—. Se suicidaron antes de ser capturados.

Elizabeth cerró los ojos. Solo un segundo. Después habló.

—Doblen las patrullas. Refuercen los caminos entre aldeas. Si buscan provocarnos… responderemos con acero. Toque de queda en el pueblo a partir de las seis. Hasta que esto esté limpio.

—No solo con acero se blinda un trono —intervino Sebastian .

Elizabeth giró la cabeza.

—Habla claro, Sebastian. Hoy no tengo paciencia para parábolas.

Sebastian avanzó unos pasos, la mirada fija en ella.

—El pueblo no te ama, pero te respeta. Y ese respeto se sostiene, en parte, por tu linaje. Por la sangre real que queda. El enemigo puede atacar tu cuerpo… pero lo que más temen es tu permanencia. Tu capacidad de seguir viva… y dejar un heredero tras de ti.

Un silencio pesado se extendió en la sala.

—Si mueres en batalla, Elizabeth… no queda nada.

Ella lo miró. Su voz tembló, por primera vez en meses.

—¿Qué esperas que haga? ¿Que mire desde una torre cómo mis soldados mueren por mí?

—No es eso —dijo Sebastian—. Es que no puedes ser tú quien muera. No ahora. No así. Eres la última reina de sangre legítima. Si tú caes, los ambiciosos correrán hacia el trono como perros hambrientos.

Elizabeth desvió la mirada. No podía discutirlo. Sabía que tenía razón.

—¿Quieres que conciba un heredero? ¿Que tome esposo y engendre? ¡Solo tengo diecisiete años!

—No necesariamente esposo —continuó Sebastian—. Pero necesitas un sucesor. Alguien que garantice que el linaje Beaumont no muera contigo.

Elizabeth no respondió de inmediato. Solo lo miró, largo y sin parpadear. En su silencio había algo más que desdén: una ira contenida.

—¿Entonces debo... reproducirme como si fuera una yegua de cría?

Sebastian no pestañeó.

—Creo que tu vida vale más que cualquier sacrificio. Pero si tu muerte llega antes de tiempo… el reino no debe morir contigo. Ya no es solo tu vida la que cargas. Es todo lo que vendrá después.

Una semana después, llegaron.

Uno tras otro.

Los pretendientes.

Príncipes mayores con títulos inflados. Herederos bastardos ansiosos por legitimarse. Nobles del oeste con más tierras que sentido común. Un duque con dientes de oro. Un lord viudo que le triplicaba la edad y olía a alcanfor y codicia.

Todos llegaban con la misma sonrisa barnizada.

Todos "honrados de servir".

Todos convencidos de que podían poseer algo de ella.

Elizabeth los recibió sentada en su trono, con la espalda recta y los ojos fríos como obsidiana.

—Mi corazón ha sido tuyo desde que vi tu retrato, mi reina. Mi espada y mi vida también.

—Espero que tu espada tenga mejor filo que tu discurso —respondió, mirando hacia Sebastian sin ocultar su aburrimiento—. Porque dudo que pueda cortar ni un silencio con eso.

Cada encuentro la dejaba más seca por dentro. Más distante. Más cruel.

A veces, en las noches más silenciosas, se sorprendía soñando con una vida que jamás tendría. Con cenas simples a la luz de las velas. Con paseos a medianoche. Soñaba con alguien que la mirara sin miedo ni reverencia, que viera más allá del título, más allá de la reina… que viera su alma y decidiera quedarse.

Pero eso era un lujo que el destino le había negado.

Ahora el reino exigía de ella algo más cruel que cualquier guerra: entregar su cuerpo a un hombre que jamás amaría, traer al mundo un heredero que sería moldeado por las mismas manos que la habían convertido en piedra.

Elizabeth dejó escapar una risa baja, casi un suspiro amargo.

—Qué romántico legado —murmuró con ironía, girando la copa de vino entre los dedos, legalmente no debería beber pero su edad solo era un número de adorno.

Sebastian y William la miraron de reojo, pero no se atrevieron a decir nada. Ella siguió hablando, más para sí que para ellos.




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