La Corona Rota #1

Capítulo 7

Cuando la reina finge

Presente - Elizabeth

Era la hora en que hasta los guardias se dormían de pie y fingían estar despiertos. Pero Elizabeth seguía sentada en el sillón junto al fuego, con un libro abierto sobre las rodillas que llevaba media hora en la misma página. No leía. Miraba las llamas y fingía que las letras tenían la culpa de no entrarle en la cabeza.

Otro trueno retumbó fuerte. La lluvia azotaba los ventanales como si quisiera entrar a reprocharle algo.

Se levantó, descalza, y el suelo de mármol estaba tan frío que le arrancó un escalofrío. Fue hasta la ventana y apoyó la frente contra el cristal helado. Abajo, los jardines parecían un mar negro agitado; los rosales que tanto le gustaban a Erick se doblaban como si pidieran clemencia.

Y, claro, ahí estaba él otra vez colándose en su cabeza sin invitación.

Edward.

No el príncipe, no el rehén. Solo Edward, sentado en esa maldita silla con los grilletes demasiado apretados, diciendo con esa calma irritante: «Y cuando la tengas en la mano y recuerdes que fui yo el que te la guardó todos estos años… entonces hablamos de quién miente y quién simplemente tiene miedo de acordarse.».

Elizabeth soltó un bufido que empañó el cristal.

—¿En serio, Elizabeth? —se regañó—. ¿De verdad estás aquí, a las tantas de la madrugada, compadeciéndote de un Varnelle? Tienes un reino que gobernar, un hijo que proteger y una venganza que completar.

Se apartó de la ventana, fue hasta la mesita y se bebió vino directamente de la botella, sin copa. El primer trago le quemó hasta el alma.

—Salud —brindó con la botella hacia su propio reflejo en el espejo—. Por la reina más idiota del continente.

El reflejo no le contestó, pero tenía cara de estar completamente de acuerdo.

Se dejó caer en la cama, boca arriba, mirando el dosel bordado como si pudiera encontrar respuestas en los hilos de oro. Cerró los ojos y, por supuesto, ahí estaba él otra vez: la leve inclinación de cabeza cuando la llamó «princesa» con esa mezcla de burla y algo más que ella no quería nombrar. La forma en que sus dedos rozaron la copa cuando brindaron, como si tuviera miedo de romperla. O de romperla a ella.

—Para —ordenó a la oscuridad—. Es un prisionero. Punto. Mañana lo interrogas, sacas la verdad, decides si lo usas o lo quemas y listo. Fin de la historia.

Tres golpes secos, como disparos amortiguados contra la madera.

Elizabeth ya tenía la daga a medio sacar de debajo de la almohada cuando reconoció el código. Soltó el aire que había retenido y volvió a guardar el filo.

—Pasa —dijo, y su voz sonó más ronca de lo que esperaba.

La puerta se abrió con un gemido de bisagras oxidadas. Nara entró, empapada hasta los huesos. Su pecho subía y bajaba como si hubiera corrido desde la frontera.

—Habla —ordenó Elizabeth, dejando la botella de vino a un lado con un golpe que sonó demasiado.

—Mi reina… un carruaje ha cruzado la línea este. Media hora, como mucho. Sin escolta. Solo ellas dos.

Elizabeth se levantó de la cama en un movimiento fluido.

—¿Ellas? —repitió, y su voz salió más baja de lo que pretendía.

Nara asintió, tragando saliva audiblemente.

—Charlotte de Althan, esposa de Arion. Y Mitchell de Caster, la de Lysander. Dicen que exigen audiencia con usted. Lo más pronto posible.

Elizabeth soltó una risa breve, amarga, que rebotó contra las paredes como un eco de incredulidad.

—¿Solas? ¿En plena tormenta, sin un solo guardia que las cubra el culo? O son las mujeres más valientes del continente… o las más desesperadas. Y yo apuesto por lo segundo.

Nara no sonrió. Nadie sonreía cuando Elizabeth apostaba.

—Señalan que no vienen armadas —agregó la guardia—. Pero pidieron específicamente hablar con usted. Dijeron… dijeron que es sobre Edward.

El nombre cayó como un trueno en miniatura.

Edward.

El hombre que acababa de colarse en su cabeza, en su noche, en su maldita alma.

—Maldita sea —murmuró, pasándose las manos por el pelo revuelto—. Justo cuando empezaba a creer que esta noche no podía ser peor que mis pesadillas.

Se giró hacia el armario, sacó la capa roja y se la echó sobre los hombros con un chasquido. El broche de plata, en forma de serpiente, se clavó en su piel. Se calzó las botas.

—Despierta a William —ordenó, ya caminando hacia la puerta—. Dile que prepare la sala del trono. Y trae a las chicas de la Guardia Roja; quiero ojos en cada sombra. Dobla la guardia en las mazmorras. Si alguien más cruza esa puerta sin mi permiso, que le claven una flecha en la rodilla y lo arrastren hasta mí. Vivo.

Nara inclinó la cabeza, pero vaciló un segundo.

—¿Y si es una trampa, mi reina? Dos princesas solas… huele a cebo.

Elizabeth se detuvo en el umbral, y la miró con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Entonces mordemos el anzuelo y les arrancamos el sedal con los dientes. Ve.




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