La corona del veneno dulce
Pasado – Elizabeth, 17 años
La sala del consejo estaba vacía. Aún no se había designado oficialmente al nuevo consejo de guerra, y por eso, solo William y Sebastian ocupaban sus lugares habituales. El resto de las sillas permanecían vacías.
Elizabeth permanecía de pie junto al ventanal que daba al jardín de invierno, inmóvil, con los brazos cruzados a la espalda. Afuera, la escarcha aún resistía en las ramas, y cada hoja parecía cubierta de vidrio fino.
—No estoy embarazada —anunció ella un mes después, cuando su periodo llegó con la misma puntualidad de siempre. —Y no voy a intentarlo de nuevo.
William bajó la mirada, cerrando los ojos un instante. Sabía que ella había sufrido en silencio. Y que cada exigencia del trono había sido una herida más profunda que la anterior. Sebastian, en cambio, no ocultó su tensión. Permanecía con los brazos cruzados.
—Adoptaré —continuo—. Y quien ose cuestionar que ese niño no es parte de mi linaje... podrá elegir: duelo verbal o campo abierto.
Solo entonces se sentó, como una reina que ha pronunciado la palabra final de una profecía.
—Mi reina —comenzó Sebastian—, no todos lo entenderán. La nobleza...
—¿Acaso entienden algo? —lo interrumpió sin perder la calma—. ¿Entendieron lo que me arrebataron? ¿Entendieron lo que significa sangrar para proteger un reino que te exige desangrarte de nuevo? No necesito su aprobación. Necesito un heredero que no nazca del deber, sino del amor.
William la miró largamente. Y asintió.
Días después, partieron hacia el Orfanato Lys, en el sur de Aurelia.
Nadie sabía que ella vendría. Ni los niños, ni los cuidadores. El lugar olía a humedad y la pintura de las paredes comenzaba a desprenderse. Las ventanas estaban cubiertas de polvo, y los pasillos, largos de piedra, estaban fríos.
Los niños no lloraban. No se reían. Solo caminaban, derechos.
La directora los condujo, ella y sus guardias, por las instalaciones mientras recitaba la bienvenida con voz temblorosa. Elizabeth no la escuchaba.
Uno a uno, los fue viendo. Rostros que le recordaban otras pérdidas. Miradas demasiado viejas para sus años. Y entonces, al final del último pasillo…
Lo vio.
Un niño solo, flaco, sentado junto a una estantería repleta de libros rotos. La luz gris entraba por la ventana. Solo leí su libro, solo.
Cabello rubio. Ojos verdes esmeraldas. Verdes como los suyos. Verdes como los Beaumont.
—¿Y ese? —preguntó Elizabeth.
—Ese es Erick —dijo la directora, titubeando—. Llegó hace dos inviernos. Nadie sabe nada de él. No habla. No… no creemos que sea adecuado para una familia noble.
Elizabeth se acercó. El suelo crujió bajo su paso, pero el niño no se volvió. Solo apretó más el libro que tenía sobre las rodillas.
—¿Puedo sentarme contigo? —susurró ella.
No hubo respuesta. Solo un parpadeo. Se sentó igual.
—También estuve sola una vez. Más de una. No hablé durante días. Ni siquiera lloré. Pensaban que estaba rota.
Él levantó la cabeza. Apenas. Lo justo para que sus ojos se cruzaran.
Y en ese cruce de miradas con sus ojos esmeraldas como los suyos, Elizabeth supo. No por deber. Sino por algo más hondo, más visceral. Un hilo invisible, una grieta compartida que no dolía, sino que curaba.
—Soy Elizabeth. Y si tú quieres… puedes ser mi hijo.
Nadie en el reino lo entendió al principio.
Un niño huérfano. Sin apellido. Sin voz. Pero Elizabeth no pidió permiso. No explicó. Solo firmó el decreto y lo llevó al palacio.
Erick Alaric Beaumont, lo llamó.
Y le dio todo.
Un escudo. Un nombre. Una promesa.
Sebastian se encargó de su educación formal, junto con otros tutores. Filosofía, historia, protocolo, aritmética. Decía que un príncipe debía tener la mente más afilada que la espada, y que el conocimiento era el único legado que no podía ser arrebatado.
William y las otras generales, en cambio, lo llevaron al campo abierto. Le enseñaron a montar sin miedo, a caer sin que el orgullo doliera más que el cuerpo. Le enseñaron a leer los pliegues de un mapa, y a blandir una espada de madera que fue creciendo junto a él.
Y Elizabeth… lo observaba.
Desde lejos, al principio, como si fuera una criatura frágil y extraña que el destino hubiera depositado en su regazo sin previo aviso.
No sabía cómo ser madre. ¿Quién podría enseñarle? A sus diecisiete años, lo único que había aprendido a hacer con maestría era enterrar sus sentimientos bajo capas de hielo y blandir una espada con precisión letal. Maldición, ella misma había perdido a sus padres apenas dos años atrás, en aquella noche de masacre y traición que aún le quemaba las pesadillas. Y precisamente dos años atrás, Erick había llegado al orfanato.
Era tan pequeño, tan vulnerable… y, de alguna forma imposible, tan suyo.
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Editado: 03.03.2026