La Corona Rota #1

Capítulo 9

Propuesta peligrosa

Presente - Elizabeth

Estaba en una reunión con las tres generales de la Guardia Roja y Dorada cuando Nara apareció en el umbral, pidiendo permiso para entrenar. Al concedérsele la entrada, cruzó el umbral justo cuando el último rayo de sol se extinguía en las vidrieras.

—Mi reina. Mensaje del prisionero —dijo sin aliento.

Elizabeth no levantó la vista de los mapas extendidos sobre la mesa.

—¿El príncipe Edward?

—Sí, mi reina. Exige hablar con usted. Personalmente.

William, que revisaba un pergamino a su lado, soltó un silbido bajo.

—Exige. Qué valiente se ha vuelto de repente.

—Pueden retirarse, generales —despidió a las tres mujeres—. Nos veremos mañana para el conteo de armas.

Cuando las mujeres se retiraron, le hablo a Nara.

—¿Razón?

—No lo sabemos —respondió la guardia—. Solo repitió, que la quería ver

Elizabeth se enderezó despacio.

—Dile que mi tiempo no se negocia por capricho de un rehén. Cuando yo quiera, iré.

La guardia realizó media reverencia, giró sobre sus talones… y se detuvo.

—Con permiso, mi reina…hay algo más.

—Habla.

—Cuando le dijimos que seguramente no vendría de inmediato, él… sonrió. Y dijo, textualmente: «Entonces sabrá que el mensaje llegó. Ya es un comienzo».

William soltó una risa seca.

—¿Le llegó el mensaje? ¿Qué mensaje? ¿El que lo estás volviendo loco?

Elizabeth lo fulminó con la mirada. Levantó las manos en rendición, pero la sonrisa no se le borró.

La guardia permaneció rígida, esperando. Elizabeth apretó los labios hasta que casi desaparecieron.

—Da la orden que lo preparen, que lo aseen y que le den ropa limpia —dijo al fin—. Lo recibiré esta noche. En la sala del trono.

La guardia inclinó la cabeza y desapareció. William apoyó un codo en la mesa.

—Estás entrando en su juego, Beth.

—No —corrigió ella—. Es él quien va a entrar en el mío.

Y cuando el sol se hundió del todo, la sala del trono quedó iluminada sólo por antorchas y una luna fría que entraba por los ventanales.

Elizabeth esperaba de pie frente al trono, no sentada. El vestido esmeralda brillaba. La capa caía recta, sin un pliegue fuera de lugar. Las manos, a la espalda. La corona más pesada que nunca.

Y esperó.

Porque esta vez no era ella quien bajaba a la mazmorra.

Era él quien subía al infierno que ella gobernaba.

Las puertas se abrieron. Edward entró escoltado de dos guardias.

Pantalón de lino caqui, camisa blanca, cuello abierto, mangas remangadas. Limpio, impecable, peligroso. El pelo negro todavía húmedo, peinado hacia atrás con los dedos, y esos ojos, uno verde, otro azul tormenta, brillando con la misma diversión insolente de siempre.

Se detuvo exactamente a cinco pasos. Encadenado en las muñecas y tobillos.

—Mi reina —dijo, inclinando apenas la cabeza, con esa reverencia que rozaba la burla.

Las guardias se inclinaron y se fueron, cerrando la puerta. Elizabeth permaneció de pie frente al trono, inmóvil.

—No me gusta que me convoquen —respondió, voz baja—. Mucho menos un prisionero.

Edward sonrió de medio lado, lento.

—A mí tampoco me gusta dormir encadenado a una pared que huele a orine y a vomito. Así que, técnicamente, estamos empatados.

Ella dio un paso hacia él. Uno solo.

—Habla antes de que me arrepienta de haberte sacado de la celda.

Él ladeó la cabeza y la miró de arriba abajo con descaro.

—Te queda bien el verde cuando estás furiosa. Resalta el color de tus ganas de matarme.

Elizabeth entrecerró los ojos.

—Tengo ganas de hacer muchas cosas contigo, Edward. Matarte es solo la número tres de la lista.

Él soltó una risa breve, que retumbó en el salón vacío.

—Entonces me intriga saber cuáles son la uno y la dos.

Otro paso de ella. Ahora estaban a tres.

—Habla.

—Un intercambio —dijo él sin rodeos—. Información por comodidad.

—¿Qué clase de información vale una habitación?

—La clase que evita que tu reino termine en cenizas antes del próximo invierno —respondió con la misma calma—. Sé cuándo mi padre planea mover los ejércitos que están en la frontera. Sé quién soborna a quién en tu propio consejo. Todo eso… por una cama decente, luz natural y desayunar contigo cada mañana.

Elizabeth soltó una risa corta, seca.

—¿Desayunar conmigo? ¿Esto es un chiste?




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