El hijo del silencio
Pasado – Elizabeth, 21 años; Erick, 10 años
A los diez años, Erick ya tenía el alma inquieta de un escritor.
No era muy bueno con la espada. Ni siquiera con los caballos. Cada vez que intentaba ensillar a Rocío —la yegua más paciente de las caballerizas—, el animal terminaba mirándolo con lástima.
Pero leía y escribía.
Leía y escribía como si las palabras fueran balsas de rescate y él se estuviera ahogando en un mar que nadie más podía ver.
Elizabeth lo descubrió una tarde al pasar por el ala este del castillo. Intrigada, se acercó. Erick no estaba practicando los nombres de las casas nobles, como dictaba la lección del día. En cambio, estaba inclinado sobre una hoja, concentrado, la lengua apenas asomando entre los labios. La pluma temblaba en su mano, pero se deslizaba con una decisión.
Elizabeth entró sin hacer ruido, como una sombra.
—¿Qué escribes?
Erick dio un respingo. La hoja se arrugó un poco bajo su codo cuando intentó cubrirla con torpeza.
—Nada. Solo… palabras.
Elizabeth no insistió de inmediato. Lo rodeó y, con suavidad, puso la mano sobre su hombro. Él la miró de reojo y, resignado, le mostró el pergamino.
Había escrito un poema.
Era breve, pero denso. Hablaba de una mujer que caminaba sola entre columnas rotas, envuelta en una capa roja y con la corona partida en dos. De cómo sus pasos sonaban huecos sobre el mármol, hasta que una voz —una voz pequeña, pero firme— le recordaba su nombre.
Elizabeth lo leyó en silencio. Le acarició el cabello con la yema de los dedos.
—No dejes que nadie te diga que los hombres no escriben con el corazón —le dijo, apenas por encima del susurro.
Erick la miró con sorpresa. Y sonrió.
Desde entonces, cada semana le dejaba un poema debajo de la puerta de su despacho. Al principio eran torpes, llenos de repeticiones y faltas. Pero tenían algo que muchos libros no: alma.
Algunos hablaban de reinos dormidos. Otros, de madres de fuego y niños de viento. Uno incluso la comparaba con un faro en medio de un mar negro, “donde hasta los barcos rotos se detienen a mirar”.
Elizabeth los guardaba todos en una caja de madera de sándalo, entre papeles de comercios y documentos de alianza. Nadie sabía de esa caja. Nadie, excepto ella.
Con el tiempo, cuando cumplió los once años, Erick despertó algo aún más peligroso: el humor. Y lo dirigió, a las Guardias Rojas.
Una mañana, mientras Elizabeth inspeccionaba los nuevos estandartes para la sala de guerra, escuchó risas inusuales en el patio sur.
Risas. De la Guardia Roja. Extrañada, se asomó por la galería.
Dos de sus mejores mujeres —Ariadne y Maelis, conocidas por haber resistido el brutal entrenamiento sin fatiga— estaban cubiertas de plumas blancas, que se pegaban a su armadura por culpa de la miel.
En una rama baja, como un gato orgulloso, Erick sostenía el extremo del mecanismo.
—¡Objetivo alcanzado! —gritó, imitando una voz marcial.
Las guardias no estaban molestas. Ariadne se doblaba de la risa. Maelis intentaba mantener el porte, pero una sonrisa le temblaba en las comisuras.
Elizabeth bajó al patio. Se cruzó de brazos. Lo miró desde la sombra.
—¿Erick?
Él descendió del árbol, el rostro manchado de tierra y las botas llenas de barro.
—¿Sí, madre?
—¿Estás declarando la guerra a mis mejores guardias?
Él tragó saliva. Luego, sonrió.
—Estaba probando defensa aérea. Con… munición ética.
Elizabeth lo miró largo rato.
Y entonces, algo rarísimo ocurrió. Algo que solo unas pocas personas vivas podían decir que habían visto:
Se rió. De verdad. Desde el vientre. Una carcajada limpia. Libre.
Los guardias no pudieron disimular la sorpresa en sus rostros.
—Procura no hacerlo con Damiano—dijo Elizabeth mientras le limpiaba la mejilla con el pulgar—. Él te lanzaría al lago sin juicio previo.
Erick encogió los hombros.
—Entonces mejor me quedo con la poesía.
Elizabeth se agachó un poco, para que solo él pudiera oírla.
—Nunca dejes de hacerme reír cuando el mundo se pone serio. Me recuerdas que sigo viva.
Y al ver los ojos esmeraldas de su hijo —idénticos a los suyos, pero aún llenos de un asombro que ella había perdido hacía años— comprendió que aquel niño, flaco, terco y lleno de letras, no sería jamás un príncipe de espada ni de conquistas…
Sería un príncipe de palabras.
Y eso, en tiempos de guerra, podía ser aún más peligroso.
Y más valioso.
El sol aún no había salido cuando alguien golpeó la puerta de su oficina.
Cinco veces. Seco. Preciso. El código de Sebastian.
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Editado: 03.03.2026