La Corona Rota #1

Capítulo 11

El banquete silencioso

Presente - Elizabeth

El amanecer entraba tímido por las vidrieras altas, tiñendo el comedor de un oro suave.

Elizabeth leía un informe, la espalda recta, la taza de té humeando junto al codo. Frente a ella, Edward cortaba una manzana. A su izquierda, William untaba mantequilla. Damiano dibujaba garabatos en un trozo de pergamino viejo. Erick llegó al comedor, con el pelo hecho un desastre y la camisa medio desabrochada.

—Mamá, esto ya es raro. Otra vez tenemos al prisionero en el comedor.

Elizabeth no alzó la vista.

—Buenos días a ti también, Erick.

— ¿Desde cuándo los rehenes desayunan con la familia?

—Desde que tu madre decidió que le divierte más tenerlo vigilado aquí que pudriéndose abajo —respondió William por ella, sin levantar la vista.

Erick lo miró mal.

—Pues yo quiero invitar a quien me dé la gana.

—Cuando tengas castillo propio —dijo Elizabeth, pasando una página—, invitas a quien quieras. Mientras tanto, come y calla.

Edward, intervino:

—Me alegra verte, cachorro. Pensé que tu huelga de hambre duraría más. Dos días fue todo un récord.

Erick lo fulminó.

—Fue una protesta digna. Pero me dio hambre en la escuela y… aquí estoy.

—Valiente esfuerzo —respondió Edward, conteniendo la risa.

Erick abrió la boca para replicar. Elizabeth cerró el pergamino de golpe.

—Basta. Todos.

El silencio duró exactamente tres segundos.

Erick, incapaz de contenerse, miró a Edward.

—¿Y tú qué ganas con esto? ¿Pan y un lugar cómodo para dormir?

Edward se encogió de hombros, pero sus ojos no dejaron los de Elizabeth.

—Gano treinta minutos al día con tu madre que tiene que mirarme sin poder ordenar que me corten la cabeza. Es… terapéutico.

Damiano soltó un silbido largo.

Sebastián hizo una reverencia antes de retirarse. Después de un rato lo siguieron los dos hombres y su hijo.

—Si necesita que transcriba lo tratado con el consejo, estaré en la biblioteca, mi reina.

—Gracias, Sebastián —respondió ella sin mirarlo—. Te avisaré.

Solo quedaron ellos dos.

Edward terminó su té con calma.

—Ya cumplí mi parte —dijo Elizabeth sin preámbulos—. Habla.

—Mi hermano mayor, Arion, será coronado dentro de cincuenta y siete días. No dos meses. Cincuenta y siete.

Elizabeth no movió un músculo, pero la taza se detuvo a medio camino de sus labios.

—Eso no estaba en ningún informe.

—No. Porque mi padre lo decidió hace nueve días, antes de mi secuestro. La ceremonia no será en la capital. Será en Cethren. Norte. Fortaleza vieja, murallas altas, un solo camino de acceso. Fácil de defender, imposible sorprender… si no sabes que van a estar allí.

Elizabeth dejó la taza.

—¿Por qué Cethren?

—Porque mi padre está convencido de que la reina de Aurelia lo quiere muerto antes de la coronación. Si quieres romper Sobreluna, ese es el momento. Un golpe limpio durante la ceremonia y el reino se queda sin rey viejo y sin rey nuevo. Lysander no puede gobernar de inmediato y los gemelos gobiernan el sur. Caos garantizado.

Elizabeth lo observó en silencio. El sol le daba de lleno en la cara y, sus ojos bicolor brillaban.

—¿Y tú qué ganas? Puedes sentarte en ese trono fácilmente desafiando a tus hermanos—preguntó ella al fin.

Edward sonrió.

—No quiero el trono, no quiero que nadie de mi sangre se vuelva a sentar ahí.

Elizabeth se levantó despacio, rodeó la mesa y se detuvo a un paso de él. Tan cerca que él tuvo que alzar la barbilla para seguir mirándola.

—Si esto es una trampa, Edward, no habrá mazmorra lo bastante profunda. Te decapitaré yo misma y colgaré tu cabeza en las murallas para que todo el mundo lo vea.

Él sonrió un poco más.

—Si fuera una trampa, ya estarías dentro, Elizabeth.

Y por primera vez usó su nombre completo.

Ella sintió que algo se le clavaba entre las costillas.

—Prepárate —dijo al fin—. Mañana quiero nombres, rutas y fechas exactas. Y si falta una coma…

—Te la doy con mi sangre —terminó él por ella.

Antes de poder dar un paso, Edward volvió a hablar:

—Esta noche vienen más de sesenta invitados. Incluidos tres embajadores que odian a mi padre y dos que me deben favores.

Elizabeth lo miró sin pestañear.

—A las guardias les gusta hablar. —respondió ante su mirada. --Quiero asistir al baile.

—¿Perdón?




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