La traición de las vestiduras negras
Pasado – Elizabeth, 24 años; Erick, 13 años
El banquete había comenzado con trompetas.
Cada brindis era una promesa camuflada. Cada sonrisa, una estrategia cuidadosamente afilada. Elizabeth lo sabía. Y por eso, cada gesto de su hijo estaba también cuidadosamente ensayado.
Erick, envuelto en un traje de terciopelo negro con bordados en espiral dorada. Había pasado días enteros practicando cómo sentarse con rectitud, cómo mirar a los nobles sin desafiar ni rendirse, cómo responder sin parecer infantil pero sin olvidar que aún lo era.
Y sin embargo, seguía siendo solo un niño. Un niño con el peso de una corona futura sobre los hombros aún en crecimiento.
Elizabeth lo observaba sin pestañear. Sabía interpretar los detalles que los demás pasaban por alto: cómo tocaba con disimulo la base de su copa, buscando estabilidad; cómo bajaba la mirada cuando reía, casi como si pidiera permiso; cómo la buscaba, una y otra vez, entre el bullicio, como quien necesita una brújula en medio de una tormenta de oro y poder.
Fue entonces cuando Yvaine de Calven se levantó. El silencio se hizo casi instantáneo.
Con su túnica ceremonial negra, de un tejido tan antiguo que parecía absorber la luz, la matriarca del Consejo de Calven alzó su copa.
—Por el hijo de la corona —dijo—. Por su futuro. Por la estabilidad del linaje.
Las palabras fueron como un puñal envuelto en seda. Elizabeth lo sintió, lo supo. No era un brindis; era un recordatorio. Una advertencia.
Erick, sin entender del todo, sonrió. Y alzó su copa también, repitiendo el gesto con la disciplina que le habían inculcado.
Y bebió.
Elizabeth sintió el impulso de detenerlo, aunque fuera un vino ligero, mezclado con agua según la tradición para los menores.
Elizabeth mantuvo la calma. No dijo nada. Pero en su interior, una promesa diferente se encendía, como un hierro al rojo.
Su hijo no sería moldeado por manos ajenas. No sería otra marioneta del juego político que tantos corazones había vaciado. Mientras ella respirara, mientras su voluntad pudiera levantarse contra el viento, protegería a Erick.
Incluso de aquellos que decían brindarle lealtad.
Incluso de sí misma, si fuera necesario.
Lo que vino después fue fuego disfrazado de sombra.
El gesto de su rostro cambió, sutil pero brutal. Una línea de dolor cruzó su frente. Su cuerpo se tensó, como si una corriente invisible lo atravesara. Jadeó, los ojos desorbitados. Su mano buscó apoyo, el aire, el borde de la mesa... no encontró nada.
Elizabeth se levantó de inmediato, la silla cayendo tras ella con un golpe seco.
—¡Erick! —gritó su nombre con una voz que no era la suya, un rugido nacido del alma.
Pero ya era tarde.
Flor de Mornis.
El nombre le estalló en la mente como un eco maldito. Una planta usada por alquimistas en guerras antiguas, conocida por matar la mente antes que el cuerpo. Sutil, indetectable si se mezclaba con vino oscuro. Su efecto era inmediato. Irreversible si no se actuaba a tiempo.
Las pupilas de Erick se dilataron, negras como pozos sin fondo. Su rostro perdió el color, transformándose en una máscara pálida. Y cayó.
El impacto sacudió la mesa. Los postres rodaron al suelo como joyas rotas. Un jarrón de vino tinto se volcó, derramándose sobre el mantel blanco con la brutal belleza de una herida abierta.
Entonces el caos se desató.
Gritos. Sillas arrastradas. Reinas alzando sus faldas para huir. Reyes corriendo. Guardias protegiendo.
Pero no Elizabeth.
Ella no entró en pánico.
Ella se convirtió en tempestad.
Se arrodilló junto a su hijo, lo sostuvo contra su pecho, buscó con desesperación cualquier señal de vida. Su piel estaba fría. Su respiración, errática. Su mirada... vacía. Elizabeth gritó órdenes con una claridad que cortaba el aire como acero afilado.
—¡Guardias! ¡Sellen las puertas! ¡Nadie entra ni sale!
Sus palabras fueron ley. Las puertas principales se cerraron con un estruendo final, como el portón de una tumba.
Los nobles protestaron, se revolvieron como animales atrapados, pero ya no eran invitados. Eran sospechosos. Y Elizabeth, la madre, la reina, la furia encarnada, no estaba dispuesta a mostrar clemencia.
Tomó la cara de Erick entre sus manos con una ternura desesperada.
—Erick... mírame. Escúchame. Quédate conmigo —murmuró, su voz quebrándose por primera vez—. No te vayas, mi niño. No ahora.
Pero él no respondía. Solo el leve ascenso de su pecho le decía que aún respiraba.
Elizabeth levantó la vista. Sus ojos recorrieron a cada noble, a cada invitado, a cada sirviente. Su mirada era hielo puro, inquisidora, brutal. Alguien en esa sala había querido matar a su hijo.
Y lo iban a pagar.
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Editado: 03.03.2026