La Corona Rota #1

Capítulo 13

El vals del engaño

Presente - Elizabeth

El pasillo resonaba con los músicos afinando.

Elizabeth caminaba despacio, escoltada por dos guardias. El vestido vinotinto rozaba el suelo, la capa caía pesada sobre sus hombros. Ajustó el broche de zafiro en el cuello combinada con sus ojos y los zafiros de su corona.

La capitana de la guardia, Arwen, dio un paso adelante.

—Guardias en todos los accesos, balcones y salidas de servicio. Nadie entra ni sale sin que yo lo sepa.

Elizabeth asintió.

—¿El vino?

Sebastián respondió sin levantar la vista de su lista.

—Probado tres veces. Los postres también. Si alguien intenta envenenarla, morirá de indigestión antes.

William soltó una risa baja.

—Qué alivio. Al menos moriremos gordos y felices.

Elizabeth lo ignoró y miró a Sebastian y a Arwen.

—Quiero saber quién brinda con quién, quién evita mirar a quién y quién desaparece más de cinco minutos. Cualquier palabra fuera de lugar, cualquier gesto raro, me llega antes de que termine la copa.

Los tres asintieron al unísono.

Luego, más bajo, a la capitana:

—Y a mi hijo… ni un pelo en el salón.

Arwen ni parpadeó.

—¿Confinamiento?

—No. Libertad vigilada. Que crea que puede colarse. Pero si lo veo, lo quiero fuera antes de que diga «hola». Sin escándalo.

—Entendido.

Elizabeth respiró hondo y bajó aún más la voz.

—Y sobre el príncipe Edward… invitado especial. Nadie lo aborda. Nadie le pregunta cómo llegó aquí. ¿Queda claro?

—¿Y si él mismo abre la boca?

Elizabeth sonrió sin humor.

—Entonces la noche termina antes de lo previsto. Y él también.

William soltó un silbido largo.

—Prometedor comienzo. Casi me emociono.

Elizabeth lo miró de reojo.

—Tú te quedas a mi derecha toda la noche. Si veo que te mueves más de dos pasos, te pego a mí con una cadena.

William levantó las manos en rendición.

—Encantador.

Las trompetas sonaron como un latigazo.

Las puertas del gran salón se abrieron de par en par y la música estalló en una cascada de cuerdas y metales.

Elizabeth entró primero.

El salón entero se inclinó la cabeza al mismo tiempo, un mar de plumas, joyas y sonrisas falsas que se apartó a su paso. Nadie se atrevió a sostenerle la mirada más de dos segundos.

William la siguió a medio paso, blanco y dorado, y esa expresión despreocupada.

Entonces llegó el murmullo.

Primero bajo, luego como un incendio.

Edward estaba entre los invitados.

Azul Sobreluna hasta el último hilo, bordados plateados. Sin escolta visible, pero vigilado hasta por la última guardia.

Los ojos de Elizabeth y los de él se encontraron a través de cien personas.

Un segundo.

Dos.

El aire se espesó tanto que pareció vibrar.

Elizabeth se sentó en su trono y tuvo una vista completa de los invitados, una sirviente le proporcionó una copa de vino.

Edward llegó al estrado, se detuvo exactamente donde el protocolo marcaba y ejecutó una reverencia perfecta, pero con esa media sonrisa que arruinaba cualquier sumisión.

—Mi reina —dijo, voz clara, para que medio salón oyera—. Gracias por su invitación a pesar de los inconvenientes del pasado

Elizabeth respondió con la misma precisión.

—Príncipe Edward. Me alegra que haya encontrado el camino sin ayuda. Espero que recuerde las normas de Aurelia.

Él alzó apenas una ceja.

—Las tengo grabadas. Aunque no recuerdo si entre ellas estaba prohibido pedir un baile a la anfitriona.

Un jadeo colectivo recorrió las primeras filas. William casi escupe el vino. Damiano, desde un rincón, soltó una carcajada que disimuló con una tos.

Elizabeth no parpadeó.

—Todavía no —dijo, bajando la voz solo para él—. Pero puedo añadirlo a la lista en cualquier momento.

Edward sonrió de verdad, esa sonrisa que prometía problemas. Luego, más bajo, solo para ella:

—Guarda el tercer vals. Es mi favorito.

Y se alejó entre la multitud, dejando un rastro de murmullos.

William se acercó más.

—Oficialmente, la noche ya es un éxito. Medio salón cree que lo tienes de amante, el otro medio que lo vas a ejecutar al amanecer. Equilibrio perfecto.

Elizabeth no respondió.




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