El templo de sangre
Pasado – Elizabeth, 24 años; Erick, 13 años
Los vitrales del Templo Real filtraban la luz como si el mundo respirara rojo.
Rojo del sol al amanecer.
Rojo como la sangre que manchó el mármol hace seis años.
Rojo como el vino espeso que teñía el vestido que Elizabeth había elegido para esa mañana.
No vestía de negro.
Estaba prohibido vestir de color negro despues del incidente de Erick.
Ese día, como cada año desde su ascenso, asistía a la ceremonia que conmemoraba la muerte de sus padres.
Un ritual impuesto por los libros, los símbolos y los ojos del pueblo. Un teatro de solemnidad que Elizabeth cumplía. No por fe. Por memoria. Por control.
El aire del Templo olía a incienso seco, a flores demasiado frescas. Cada inhalación le recordaba la fragilidad de las apariencias.
El Círculo del Alba, alineadas a ambos lados del pasillo, entonaban oraciones en lengua sagrada, sus voces bajas y medidas.
Al fondo, el Obispo Lucien, pálido y viejo, con las manos cruzadas sobre el vientre, no la miraba como a una reina. La miraba como a un error que no había sabido corregir, una profecía mal escrita que se negaba a desaparecer.
Elizabeth no se arrodillaba. No alzaba la vista al altar. Solo observaba.
El vitral central, enorme, mostraba a su madre y padre alzando una rama de laurel envuelta en fuego. Una visión sagrada, decían. Tonterias, creía Elizabeth.
Pero no había fuego. Solo vidrio pintado. Solo memoria y huecos.
La sangre de sus padres todavía parecía impregnarse en la memoria de aquel lugar, en cada esquina del mármol, en cada sombra que los vitrales proyectaban.
Sintió el calor del recuerdo subirle por la garganta, un nudo que le apretaba el pecho. La imagen de sus padres, cayendo, la voz de su madre gritando, el miedo helando sus venas… Todo estaba aquí, entre estas paredes, mezclado con el incienso y las flores.
Elizabeth respiró hondo, aferrándose al presente para no perderse en la memoria. No era devoción lo que la mantenía allí. Era memoria. Venganza. Poder. Y un deseo silencioso, casi secreto, de demostrar que incluso las cicatrices más profundas podían sostener a una reina.
Cerró los ojos un instante, dejando que la mezcla de rabia, dolor y resolución recorriera su cuerpo. Cada año, la misma ceremonia, los mismos gestos, las mismas mentiras. Y cada año, Elizabeth sabía que detrás del teatro, detrás de los símbolos y del incienso, la historia seguía sangrando.
Lucien interrumpió el canto, alzó las manos y habló con voz solemne:
—Que la misericordia de los antiguos guíe a nuestra reina, y que la sangre de los mártires no sea derramada en vano.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. El Círculo del Alba asintió. Los nobles, sentados a los lados, juntaron las manos con reverencia.
Excepto ella.
Elizabeth apretó los labios hasta sentirlos tensos. Cada palabra resonaba en su oído como un golpe seco. Conocía la frase desde niña, pero hoy, esas palabras no eran ritual: eran una provocación.
Mártires.
¿Mártires?
¿Su padre? ¿Su madre?
¿O los guardias que traicionaron desde dentro, que dejaron todo en ruinas?
¿Y ella?
¿Dónde quedaba en esa línea? ¿Gobernante? ¿Herencia viva? ¿O solo un cadáver con la corona aún puesta?
Y entonces lo sintió.
La rabia.
El temblor en las manos, en las piernas, en el pecho. El estallido que había contenido durante años, disfrazado de calma, de sonrisa, ahora reclamando espacio dentro de ella con fuerza brutal.
Su respiración se volvió consciente, profunda, controlada, mientras su cuerpo vibraba con una energía que parecía absorber todo a su alrededor. Cada mirada sobre ella se volvía consciente de la tensión que flotaba en el aire, invisible pero tangible.
Elizabeth se enderezó por completo, su figura firme y dominante, el aura de poder y venganza irradiando de cada fibra de su ser.
La sacerdotisa más joven, del Círculo del Alba —una muchacha de no más de veinte años, de rostro ovalado y manos pequeñas— se acercó con un cuenco de alabastro entre las manos.
—Mi reina —dijo, arrodillándose ante Elizabeth—, hoy ofrecemos sangre por los caídos. Que los dioses reconozcan su dolor y bendigan su reinado.
Elizabeth apenas asintió. Conocía el rito. Una incisión leve en la palma, una gota sobre el altar, una plegaria vacía. Todo estaba calculado. Todo era simbólico.
Pero esta vez, algo cambió.
El puñal ceremonial, que debía ser romo y decorativo, relucía más afilado de lo permitido.
Y la joven no le cortó la palma. Dio un paso adelante. Demasiado cerca. Demasiado rápido.
Y atacó.
Un tajo directo al cuello de la reina.
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Editado: 03.03.2026