La Corona Rota #1

Capítulo 15

Donde los muros temblaron

Presente - Elizabeth

Elizabeth no durmió. Ni un minuto.

Se quedó boca arriba mirando el dosel de la cama como si pudiera atravesarlo con la fuerza del odio y llegar hasta la habitación de invitados donde seguramente él dormía tranquilo, el muy bastardo.

Se dio la vuelta, hundió la cara en la almohada y soltó un gruñido que habría hecho huir a cualquier guardia.

—¿En serio, Elizabeth? —se regañó en voz alta, la voz amortiguada contra la seda—. ¿Un baile? ¿Un maldito baile y te desarmas como una doncella de quince años que acaba de descubrir que los chicos te excitan?

La almohada no contestó. Claro que no.

Intentó contar ovejas. Luego intentó contar cadáveres (eso solía funcionar). Pero cada cadáver que imaginaba tenía los ojos de él: uno verde, otro azul, como si los dioses se hubieran emborrachado el día que lo crearon y hubieran usado dos colores distintos por pura broma.

El sueño llegó sin pedir permiso, después de obligarse a cerrar los ojos.

Estaba en el salón del trono, pero las columnas eran de fuego vivo. El suelo era brasas. Y él estaba allí, en el centro, sin cadenas, con la camisa blanca abierta hasta el pecho y la corona de ella entre las manos como si fuera un juguete.

—Devuélvemela —le ordenó ella, avanzando descalza sobre el fuego sin quemarse.

Edward sonrió con esa media sonrisa que siempre había odiado (y deseado) a partes iguales.

—¿Esta cosa pesada? No creo que te siente bien, Eli.

—No me llames así.

—Pues deja de comportarte como si todavía tuvieras catorce años y te murieras por un beso robado.

Ella intentó pegarle. Falló. Él la atrapó por las muñecas y la atrajo tan rápido que chocaron. El fuego rugió alrededor, pero ninguno de los dos se quemó.

Y entonces la besó.

No pidió permiso. Fue un beso que sabía a guerra, a promesas rotas.

Y ella, maldita sea, le devolvió el beso como si llevara años esperando a que alguien le diera permiso para dejar de fingir.

Sus manos subieron solas hasta el pelo de él, tirando con rabia, y él gruñó contra su boca, la empujó contra una columna de llamas que no quemaba y…

Despertó.

Con un jadeo que sonó más a grito ahogado.

Las sábanas estaban enredadas en sus piernas como si hubiera peleado con ellas. El camisón se le había subido hasta los muslos. El corazón le latía tan fuerte que parecía querer escaparse del pecho e ir a buscarlo por su cuenta.

Se quedó quieta un segundo, mirando el techo, intentando recuperar el aliento.

No. Ni de broma.

Se levantó de un salto, fue hasta el baño y metió la cara entera en el agua helada. Emergió chorreando, respirando como un caballo de guerra después de la carga.

—Solo fue un sueño —se repitió, mirando su reflejo empapado—. Un sueño estúpido provocado por el estrés, el vino del baile a y el hecho de que hace… —hizo cuentas rápidas— ocho años que nadie te toca sin que sea estrictamente necesario.

Se secó la cara con violencia.

Se giró hacia el espejo una última vez.

El reflejo ya no parecía una mujer confundida.

Parecía una reina que había decidido quemar el mundo antes de volver a arder ella.

Pero cuando se metió de nuevo en la cama, mucho después, con el alba ya asomando gris por las ventanas, cerró los ojos y, en el último segundo antes de dormirse de puro agotamiento, su mente traicionera susurró:

Soñó otra vez.

El sol pegaba como un martillo sobre el patio de armas. El polvo se levantaba en nubes con cada paso, las espadas chocaban con furia, y aun así no era suficiente. Nada era suficiente para borrar la sensación de su boca en el sueño, de sus manos en la cintura, de esa maldita palabra que todavía le retumbaba detrás de los ojos.

Elizabeth blandía la espada de entrenamiento. El sudor le corría por la espalda, le empapaba el uniforme, le caía por las sienes.

—¡Más rápido! —gritó a la teniente que tenía enfrente

Ella aceleró, pero ella lo desarmó de todos modos con un giro de muñeca que casi le rompe los dedos.

—¡Otra vez! ¡Y esta vez finge que tienes fuerza!

Ella recogió la espada. Elizabeth se preparaba para destrozarlo de nuevo cuando un estallido seco hizo temblar el suelo.

Todas se quedaron quietas.

Luego vino el olor. Madera quemada, tela chamuscada. Una columna de humo negro se alzó por encima del ala norte, tan densa que parecía sólida.

Elizabeth soltó la espada sin darse cuenta..

—¡Fuego! —gritó alguien desde las almenas—. ¡El ala norte!

Ala norte.

Habitaciones.

Erick.




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