La Corona Rota #1

Capítulo 16

La pequeña Beaumont

Pasado – Elizabeth, 15 años.

Elizabeth se escabulló entre las columnas tras el brindis, esquivando la mirada de su madre y desapareciendo por uno de los pasillos de servicio.

Pasó junto a los tapices bordados que olían a polvo y cera, bajó las escaleras crujientes y se internó en la zona de almacenes del ala oeste, donde los sirvientes solían fumar, reír y susurrar secretos. Con suerte, podría encontrar al chef real, Kilian, el padre de William, que le sirviera un trozo de pastel y compartiera conversación hasta que la fiesta terminara y William acabara su turno de pasante de guardia real.

Pero dos hombres la vieron pasar. Guardias del castillo, con los uniformes desabrochados, la mirada vidriosa. Uno todavía sostenía una botella.

—Vaya —dijo uno, con voz ronca—. La princesa del fuego.

Princesa de fuego. Así le decían.

A pesar de tener sólo quince años, Elizabeth sabía del rumor que corría como humo: en uno de sus entrenamientos secretos con Sebastian, consejero real de su padre, había forzado a un hombre a hablar y, como advertencia, le prendió fuego a sus extremidades de manera controlada.

Elizabeth no respondió. Mantuvo la mirada fija al frente. Pero el otro se adelantó, bloqueándole el paso.

—¿Te perdiste, alteza? ¿O viniste a jugar a la soldado aquí abajo?

—Déjenme pasar —dijo ella.

El primero rió, un sonido áspero que resonó en las paredes de piedra.

—¿Y si no?

Elizabeth retrocedió medio paso. Cada músculo tenso, lista para moverse al primer error. El segundo guardia levantó la mano lentamente, tanteando, midiendo si podía intimidarla.

—Dicen que entrenas con Sebastian. Pero dudo que te haya enseñado lo que se hace sin espada.

—Mi padre firmó un decreto este mes.

—¿Qué decreto? —se burló uno, inclinándose hacia ella, seguro de sí mismo.

Elizabeth no apartó la mirada.

—Que toda agresión a un miembro de la familia real es traición. Castigo inmediato: decapitación sin juicio. Ley número 412. Y yo sé las leyes mejor que ustedes.

El segundo vaciló, un centímetro de duda en la expresión. El primero hizo un gesto con la mano, con desdén.

—Bah. Nadie se enteraría si te damos solo un susto —dijo uno.

El otro asintió, como si esa frase borrara leyes, linaje y humanidad en un solo gesto. El primero la tomó del brazo con fuerza, y la tensión se condensó en el aire. El segundo buscó cerrar la puerta tras ellos, sellando el pasillo.

Elizabeth sintió el frío de la piedra bajo sus pies, la cercanía del peligro, el olor a alcohol y metal mezclado con la humedad. Su cuerpo reaccionó por instinto. Pataleó, luchó, como una potrilla salvaje atrapada, pero aún era pequeña, sin fuerza suficiente para causar daño.

El primero le sujetó ambas muñecas con firmeza, los dedos aprisionándola como tenazas. El segundo reía, un sonido rasposo que retumbaba en el pasillo.

—Mírala. ¿Creías que ibas a ser reina, niña?

Elizabeth gritó. Siguió gritando mientras la lanzaban al suelo de piedra, mientras el aliento del agresor la golpeaba. Mientras los dedos asquerosos intentaban bajarle el vestido ceremonial. Solo llegaron a tocarle el pecho cuando un portazo sacudió el castillo.

Una voz surgió, afilada y cargada de ira:

—¡Alto!

El mundo pareció congelarse.

Los dos hombres quedaron paralizados.

Y allí estaban ellos. Sus padres.

El rey Alaric y la reina Arabella.

Tenía la espada desenvainada. Su madre no habló. Caminó con pasos firmes hacia Elizabeth, apartando con rabia el cuerpo del hombre que la cubría.

La levantó con manos firmes, inquebrantables.

—¿Te tocaron? —preguntó, su voz era hielo puro.

Elizabeth casi negó con la cabeza, pero asintió, sin poder hablar, con el corazón todavía martillando de miedo y rabia.

Su padre no necesitó más.

—¡Guardias! —tronó, y al instante, pasos resonaron en el pasillo.

William, de diecisiete años, llegó al frente, con el rostro manchado de sudor. Se detuvo al ver la escena, apretó los puños, la tensión casi visible en su cuerpo.

—¡Por levantar la mano a sangre real… ejecución inmediata! ¡En la plaza! ¡Que todos vean lo que ocurre cuando se toca a la princesa! —gritó su padre, su voz llenando cada rincón del corredor.

Los dos hombres comenzaron a rogar. Uno cayó de rodillas, el otro tartamudeaba, incapaz de sostener la mirada.

Elizabeth no los miró. Solo se aferró a su madre, y por primera vez en años, lloró. Lloró sin miedo, sin vergüenza, permitiéndose ser frágil.

Cuando cayó la noche y Elizabeth finalmente se separó de su madre para intentar dormir, Sebastian apareció en el umbral. Sus ojos rojos y manos temblorosas delataban la rabia contenida. Elizabeth alzó la cabeza, los ojos todavía en llamas.




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