Cuando el silencio sangra
Presente - Elizabeth
El silencio de la noche se rompió como cristal. Primero fueron los grillos, luego un grito lejano, después el sonido de las alarmas.
La puerta de la habitación voló hacia dentro con tanta fuerza que rebotó contra la pared.
—¡Mi reina! —La guardia entró jadeando—. ¡El pueblo! ¡Ataque desde el sur!
Elizabeth ya estaba de pie. El vino de la noche anterior era un mal recuerdo que se evaporó en medio segundo. Se puso la capa con un solo movimiento.
—¿Quien? —preguntó mientras se calzaba las botas.
—Fuego y acero, mi reina. Y colores de Sobreluna.
Elizabeth salió al pasillo. Erick apareció corriendo desde el corredor opuesto, descalzo, con los ojos como platos.
—¡Madre!
—Vuelve a tu cuarto y cierra con llave —ordenó ella sin detenerse.
—¡Ni hablar! —protestó él, pegándose a su lado.
William llegó al trote, espada en la cintura, el pelo revuelto, una sola bota puesta y con la otra en mano.
—Sur del pueblo. Dos casas ardiendo. La Guardia Roja llegó de inmediato, pero la Guardia Dorada protegieron a los civiles, pero llegaron demasiado cerca, Elizabeth. Demasiado.
Sebastian apareció detrás.
—Nadie los vio hasta que cruzaron los campos de trigo.
Elizabeth apretó los dientes hasta que le dolieron.
Llegaron al salón de guerra. Damiano llegó luego con una bata de seda que parecía ridícula en medio del caos, el pelo de punta y cara de sueño.
Las capitanas, Lyra y Arwen, entraron entonces.
—Mi reina —saludó Lyra con una inclinación rápida—. Veintitrés atacantes. Veinte muertos, tres capturados. Los colores de Sobreluna en los escudos y en las malditas caras. Querían fuego, no conquista.
Elizabeth se quedó quieta un segundo. Solo uno.
—¿Heridos nuestros?
—Cinco. Dos graves. Ningún civil muerto.
Elizabeth abrió la boca para replicar, pero la puerta principal se abrió de golpe y dos guardias entraron arrastrando a un encadenado hombre. Lo soltaron en el centro del salón con un empujón.
Edward.
Sus ojos: uno verde, otro azul, clavados en ella como si el resto de la sala no existiera.
—¿Cuántos heridos? —preguntó directamente a Elizabeth.
Elizabeth sintió que la rabia le subía por la garganta como ácido.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Él avanzó un paso. Las lanzas se alzaron al instante, rodeándolo pero Edward ni las miró.
—Evitar que cometas un error que no vas a poder deshacer —dijo—. Si el ataque involucró fuego, lo organizó Lysander. Y si me dejan hablar dos minutos en vez de cortarme el cuello, les cuento lo que se.
—Habla —ordenó—. Y como detecte una sola mentira, te corto la lengua yo misma y la uso de marcapáginas.
Edward sonrió sin humor.
—Lysander lleva semanas planeando. El incendio de ayer fue el señuelo perfecto. Sabía que yo estaba aquí, sabía que me culparían, sabía que la rabia los segaría. Un muerto con mi título es la excusa perfecta para la guerra total.
—¿Y qué esperas que haga ahora? ¿Que te dé una medalla y un abrazo?
Edward bajó la voz, solo para ella.
—Espero que hagas lo que ellos no quieren: que no reacciones. Que no declares la guerra todavía. Porque si lo haces, les estás regalando la victoria sin disparar una flecha.
Ella apretó los puños hasta que le dolieron los nudillos.
—Dos casas quemadas, cinco guardias heridos, un pueblo aterrorizado… y me pides que me quede quieta.
—No te pido que te quedes quieta —respondió él sin apartar la mirada—. Te pido que seas más lista que ellos. Y tú siempre lo has sido.
El silencio fue tan denso que hasta las antorchas parecieron contener la respiración.
Elizabeth no apartaba los ojos de Edward.
Lo miraba fijamente, como si el mundo entero se hubiera reducido a esa figura encadenada frente a ella: hombros tensos, mandíbula apretada, pero los ojos todavía brillando con esa mezcla de desafío y algo más suave, algo que ella no quería reconocer.
—Quítenle las cadenas —ordenó de pronto
Las guardias dudaron un instante. Solo un instante. El suficiente para que el aire se volviera pesado.
Elizabeth giró la cabeza lentamente hacia ellas, y su mirada fue un látigo invisible.
—He dicho que las quiten —repitió, bajando el tono hasta que cada sílaba pesó como plomo—. ¿Desde cuándo se cuestionan las decisiones de la reina en esta sala? Parece que algunas están ansiosas por bajar de categoría… y servir en la Guardia Dorada.
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón.
—No, mi reina —respondieron al unísono casi todas las guardias presentes, con la voz temblando de respeto y un leve matiz de miedo.
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Editado: 03.03.2026