Eco de la corona
Pasado – Elizabeth, 25 años; Erick, 14 años
El cocinero solo había tocado la copa.
Con un dedo.
Por accidente.
Un gesto reflejo, una simple reacción humana para evitar que el cristal cayera y se hiciera un desastre sobre la mesa.
Elizabeth no parpadeó.
—¿Y si hubiese habido veneno? —preguntó.
No gritó. No levantó la voz. Era una pregunta suave, tan calmada que resultaba peor que un alarido.
El consejo de guerra se quedó en silencio. Nadie respiró demasiado fuerte. Algunas se miraron entre sí, buscando apoyo.
Sebastian fue el único que se atrevió a romper la quietud.
—Mi reina, fue un reflejo. Intentó evitar un accidente.
Elizabeth lo observó.
—Las copas reales no se caen, Sebastian.
El silencio volvió, más pesado. Ella tomó la pluma. La tinta corrió densa sobre el pergamino, y cuando firmó la orden de ejecución.
Sebastian no protestó. Pero el leve temblor en su mandíbula lo delató. Asintió, no por convicción. Por deber.
Horas después, el estudio estaba en calma. Demasiado.
La mesa frente a Elizabeth estaba impecable. Documentos alineados.
“Propuesta para reducir el número de aprendices en la Guardia Dorada.”
“Informe académico de Erick. Buen desempeño en latín. Mediocre en matemáticas. Excelente en retórica.”
Todo… perfectamente en orden.
Menos ella.
Apoyó la frente sobre el dorso de su mano enguantada. No suspiró. No lloró. Solo dejó que el cansancio se filtrara en los huesos.
Por un instante, deseó no haber sentido nada. Ni el temblor en la mano del cocinero, ni la mirada de miedo en las guardias, ni el ligero temblor que la acompañó al firmar.
Pero lo sintió.
Y entonces, entre el golpeteo suave de la lluvia, escuchó la voz.
—¿Eso haría mamá?
No fue un eco. Fue una certeza. Una voz demasiado conocida, demasiado íntima.
Elizabeth se irguió de golpe, la silla arañó el suelo. Su mano fue directo a la daga corta en su cinturón.
No había nadie.
Las puertas cerradas. Las cortinas inmóviles.
—¿Eso haría papá? —repitió la voz, más baja.
Esta vez no venía del aire. Venía de dentro.
Era la misma voz que había usado para calmar a Erick cuando era niño, enfermo, temblando de fiebre. La misma que cantaba bajito en noches de tormenta.
—¿Eso haría mamá? ¿Eso haría papá?
Su reflejo la observó desde el vidrio del ventanal. El rostro de una reina que se sabía justa, pero no inocente. Cansada, pero implacable.
Se quitó la corona y la dejó sobre el escritorio. El sonido del metal sobre la madera fue más pesado que cualquier decreto.
Por un instante, no fue reina. Fue solo Elizabeth.
Cruzó la estancia y se detuvo frente a la ventana. La lluvia resbalaba en líneas torcidas sobre el cristal, deformando su reflejo.
Y recordó.
El cocinero tenía una hija. Una niña de la edad de Erick. Le había hecho una torta de fresas en su cumpleaños. Ella la compartió con todos en la cocina aquel día.
Todos rieron.
Incluso ella.
Elizabeth se apoyó contra el marco frío de la ventana. La piedra le robó el calor de la piel.
Respiró hondo, quitó la orden de ejecución del escritorio.
No podía hacerlo.
No podía matar a un hombre por un reflejo.
No podía dejar a una niña sin padre.
El trono no admitía debilidad. Ni vacilaciones. Ni remordimientos. Pero sí… fantasmas.
Durante los días siguientes, la voz no se fue.
Al principio era un eco. Un pensamiento que rozaba el borde de su conciencia cuando estaba sola, cuando firmaba documentos o cuando el silencio se hacía demasiado denso.
Luego, fue un murmullo constante. Como si alguien estuviera de pie junto a su oído, susurrándole al alma.
—¿No estás siendo cruel?
—¿No eras diferente?
—¿Qué pasó con tu promesa?
Elizabeth intentó ignorarlas. Dormía poco. Mandó traer a curanderos, y cuando nada resultó, incluso a los sacerdotes de la fe del Sol, aunque nunca había creído en ellos.
Ni hierbas, ni rezos, ni vino lograban callar las voces.
Y entonces llegaron otras.
Primero, la de su padre. Cálida. Profunda.
—Un trono sin humanidad es solo una piedra.
#5239 en Novela romántica
#357 en Joven Adulto
enemiestolover, enemies-to-lovers, enemies to lovers romance slow burn
Editado: 03.03.2026