La Corona Rota #1

Capítulo 19

El principio del fin

Presente - Elizabeth

La última semana había sido una traición en toda regla.

Elizabeth, que llevaba años entrenándose para no sentir nada que no pudiera controlar, se había pasado los días con una sonrisa estúpida pegada a la cara. Ella, que podía mirar a un embajador a los ojos y mentir sin pestañear, se descubría ruborizándose cuando Edward le rozaba el pie bajo la mesa del comedor como si fueran dos adolescentes escondiendo cartas.

Era ridículo.

Era perfecto.

Por las mañanas lo encontraba apoyado en la pared fuera del comedor, con el pelo todavía húmedo. Ella fingía enfadarse, le soltaba algún comentario cortante sobre la puntualidad de los príncipes cautivos, y él respondía con una reverencia exagerada que siempre terminaba en un beso detrás de una columna cuando las guardias miraban para otro lado.

Una noche, en la cena, Edward se había inclinado hacia ella mientras servían el venado y le había susurrado al oído, lo bastante bajo para que solo ella oyera:

—Si sigues mirándome así, voy a tener que fingir que se me cae la copa para meterme debajo de la mesa y demostrarte lo que de verdad quiero cenar esta noche.

Ella casi escupe el vino.

Tuvo que toser tres veces, golpear la mesa con la palma abierta y culpar al polvo imaginario que flotaba en el aire, todo para disimular el incendio que le subía por la garganta. El líquido rojo le quemaba la lengua, pero no tanto como lo que le había dicho.

William, sentado enfrente, no hizo ni el menor esfuerzo por contenerse. Las carcajadas le salieron profundas, genuinas, sacudiéndole los hombros mientras se reclinaba en la silla como si acabara de ganar la partida más divertida del año.

Erick, a su lado, se había quedado petrificado. Los ojos muy abiertos, las mejillas encendidas hasta las orejas, la boca entreabierta en una expresión de puro horror. Estaba claro que había entendido su reacción.

Y las noches… Dios, las noches eran otra guerra.

Él aparecía en su puerta sin hacer ruido. Hablaban hasta que la voz se les quebraba: de batallas perdidas, de padres que nunca supieron querer, de cicatrices que ninguno mostraba a nadie más. Y cuando las palabras se acababan, se besaban como si el castillo fuera a derrumbarse al amanecer.

Una de esas noches, después de hacer el amor, ella se había quedado mirando el techo, jadeando, con la cabeza de él apoyada en su estómago.

—¿Sabes qué es lo peor? —había murmurado Elizabeth, pasando los dedos por su pelo.

—Dime.

—Que me estoy acostumbrando a esto. A despertarme y que estés aquí. A reírme como una idiota.

Edward había alzado la cabeza.

—Entonces no pares —dijo simplemente.

—Ojalá fuera tan fácil.

—No tiene que ser fácil. Solo tiene que ser nuestro.

Ella lo había mirado entonces, con el corazón en la garganta, y había pensado: «Maldita sea, me estoy enamorando de verdad». Y el pensamiento no la aterró tanto como debería.

Elizabeth pasaba las páginas de un informe sobre los almacenes de grano sin leer una sola palabra. Su cabeza estaba en otra parte: en la marca que todavía le ardía en el cuello, en la forma en que Edward había murmurado su nombre la noche anterior como si fuera una oración y una maldición al mismo tiempo.

Se permitió una sonrisa pequeña y culpable. Afuera, el mundo seguía sangrando: fronteras que ardían, rumores de guerra. Pero dentro de esas cuatro paredes, habían risas, besos torpes en la oscuridad, y la sensación absurda de que quizás, solo quizás, no tenía que cargar todo sola.

Las puertas de la sala se abrieron. William irrumpió primero, seguido de cerca por Sebastián. Ella ni siquiera alzó la vista del mapa extendido sobre la mesa, donde trazaba líneas de tropas y rutas.

—Si vienen otra vez con las quejas del pueblo, que esperen —dijo sin mirarlos—. Estoy ocupada creando las filas que le van a arrebatar la corona a Arion.

William se detuvo al otro lado de la mesa, apoyando las manos en el borde del roble.

—Respecto a eso… —empezó.

—No —lo cortó Elizabeth de inmediato, levantando por fin los ojos. Eran fríos, calculadores, pero había un brillo febril en ellos que reconocieron al instante: la obsesión que la devoraba desde hacía años—. Ya lo hablamos. En cuarenta y cinco días, treinta guardias y yo partiremos al norte de Sobreluna. Mataré a Arion, mataré a Klaudius. Me vengaré por mis padres y me quedaré con todo lo que es mío por derecho.

William soltó una risa seca, sin humor.

—¿Y qué pasa con Lysander? ¿O con los gemelos?

Elizabeth se recostó en la silla alta, cruzando los brazos con una lentitud deliberada, como si estuviera saboreando la pregunta.

—Los gemelos ya tienen sus tierras, ¿no? Gobiernan sus pequeños terrenos como buenos niños obedientes. —Una sonrisa torcida asomó en sus labios—. Tal vez los visite cuando haya depurado Sobreluna. Una visita… amistosa.

Sebastián dio un paso adelante.




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