La corona rota
Presente - Elizabeth
El sol del mediodía entraba a raudales por los ventanales altos, convirtiendo la sala de reuniones en un horno dorado y sofocante. Los mapas extendidos sobre la mesa parecían brillar con vida propia, como si las fronteras trazadas en tinta roja fueran venas latiendo bajo el calor. Pero Elizabeth apenas los registraba.
Tenía la mirada clavada en el informe de intendencia que sostenía entre las manos. Las letras negras le dolían en los ojos, pero más en el alma: oleadas de gente llegaban de reinos lejanos, buscando una mejor vida. Aurelia los acogía porque era lo que siempre había hecho. Porque era lo correcto.
Pero lo correcto costaba.
Más bocas que alimentar significaba más grano que comprar, más espacio en los comedores populares que ya rebosaban cada noche. Más cuerpos significaba más casas que construir antes de que llegara el invierno, más refugios que ampliar, más leña que repartir para que los niños no murieran de frío en las calles. Más gente significaba más ojos vigilando que la paz no se rompiera bajo el peso de la desesperación ajena.
Edward, sentado al otro lado de la mesa con las botas encima de una silla y una manzana a medio morder, no ayudaba en absoluto.
—¿Sabes que cuando te concentras pones cara de querer declarar la guerra a un pergamino? —dijo, dando un mordisco ruidoso.
Elizabeth ni levantó la vista.
—Y tú sabes que cuando hablas con la boca llena pareces un crío de doce años, ¿verdad?
Él se rió, se limpió la boca con el dorso de la mano y se inclinó hacia delante.
—Doce años con muy buena puntería, gracias. Y con una reina que se pone preciosa cuando se enfada.
—Edward.
—¿Qué? Es un cumplido oficial. Podría ponerlo en un decreto: «Queda prohibido enfadarse con la reina porque está demasiado guapa cuando lo hace».
Ella soltó la pluma, por fin lo miró y sintió cómo la rabia del informe se mezclaba peligrosamente con otra cosa mucho menos regia.
—Si sigues así, el próximo decreto va a ser sobre castración sin anestesia.
Él abrió mucho los ojos, teatral.
—¿Eso se lo dices a tu novio favorito?
—Mi único novio, y está a punto de convertirse en ex.
Edward se levantó, rodeó la mesa con esa calma irritante que tenía y se plantó detrás de ella. Apoyó las manos en sus hombros, apretando ligeramente, y bajó la voz.
—Eli, relájate un segundo. El reino no se va a hundir porque respires.
Ella giró la cabeza lo justo para verlo de reojo.
—Claro que no. Se hundirá porque tú estás distrayéndome.
Él sonrió contra su pelo.
—Distraer es mi talento nacional.
Y entonces, le robó un beso en la comisura de los labios. Rápido, casi inocente. Luego otro, más lento, justo cuando ella empezaba a protestar. Elizabeth cerró los ojos un instante. Solo un instante.
—Listo. Ya estás menos tensa.
—Estás insoportable hoy —murmuró ella, pero no se apartó cuando él le rozó la mejilla con el pulgar.
—Y tú estás preciosa cuando intentas odiarme.
Iba a responderle algo cortante, algo que lo dejara sin palabras por una vez, cuando tocaron la puerta. Solo cuando Edward se sentó de nuevo, Elizabeth indicó que podía entrar.
La guardia entró y carraspeo.
—Mi reina —jadeó—. Es el príncipe Erick.
Elizabeth se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.
—¿Qué ha hecho ahora ese demonio pequeño?
La guardia tragó saliva.
—Eh… creo que necesita verlo usted misma.
Elizabeth se quedó helada un segundo. Luego miró a Edward.
—No tengo nada que ver con esto, bueno solo un poco.
—Edward.
—Es broma, Eli.
Cuando llegaron al ala norte. La puerta de la habitación de Erick se abrió de golpe antes de que Elizabeth tocara.
Erick salió primero, con el pelo revuelto, y abrió mucho los ojos cuando vio a su madre enfrente. Detrás de él, casi empujándolo, apareció un chico alto: ropa oscura, pelo negro corto y ojos azules, broche de plata con el emblema de Veloria y una cara que intentaba mantener la compostura pero gritaba pánico.
Elizabeth se detuvo. Cruzó los brazos. El aire se volvió denso.
Edward soltó un silbido bajo y divertido.
—Vaya. El cachorro trajo un regalito y todo.
Erick abrió la boca, la cerró, volvió a intentarlo.
—Madre… yo… esto…
Elizabeth alzó una ceja con una lentitud casi teatral.
—¿Desde cuándo me llamas «madre» con esa voz de cordero degollado, Erick? Solo lo haces cuando estás hasta el cuello.
Sus mejillas se pusieron rojas. El chico de Veloria dio un paso al frente e hizo una reverencia perfecta, de manual.
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Editado: 03.03.2026