Cuando no existía el tiempo, ni la tierra, ni el cielo, no había nada en el cosmos salvo un halo de energía: Vaelion.
Era la conciencia primigenia del universo, y su primer pensamiento fue un deseo inmenso de armonía. Impulsado por ese anhelo, se expandió, dando forma al mundo de Amira. Su deseo era tan profundo que comenzó a desprender destellos de sí mismo; pequeños fragmentos de energía que crearon a los seres, los objetos y los paisajes de aquel nuevo mundo.
Al completar su obra, Vaelion liberó su esencia en seis fragmentos y selló su último aliento en un lugar recóndito: la Energía Pura. Cada uno de los fragmentos contenía una faceta única del alma universal y, con el tiempo, cobraron conciencia propia. Así nacieron los Hijos de Vaelion.
Durante siglos vagaron por el mundo, aprendiendo de los ríos, las montañas, las bestias y, sobre todo, de los humanos. Al comprender la fragilidad y la belleza de la humanidad, cada uno eligió un huésped: un mortal con quien sellar un pacto eterno.
Pero no todos aquellos que conocieron la existencia de la Energía Pura estaban impulsados por la armonía...
—¿Estás seguro de que es aquí? —preguntó la voz femenina, temblorosa en la penumbra de la caverna.
—Sí —respondió él—. Aquí es donde descansa. El anciano del Éter no mintió.
—No sé si fue buena idea traerlos... Esto es muy peligroso.
—El peligro es necesario. Dicen que el aliento de Vaelion es un mito, pero se equivocan. Es poder real. Con él, no solo cambiaremos el reino; lo gobernaremos. Imagina lo que podríamos hacer si controlamos la fuente de toda magia... No habría nadie por encima de nosotros.
—Suena bien, pero... ¿y si nuestra codicia nos condena?
—Vete si quieres —espetó él, con frialdad—, pero los niños se quedan. Ellos serán mi legado, los pilares de mi nuevo mundo.
—No... no. Está bien. Te seguiré, pero júrame que estarán a salvo.
—Sí, como sea. Mira, ahí está.
El hombre señaló una esfera morada que orbitaba en el centro de la sala, rodeada de anillos de luz.
—Esa esfera... es la fuente. Rápido, pásame el catalizador.
Ella buscó en su valija con manos nerviosas y extrajo un objeto cristalino tallado con runas antiguas.
—Aquí está. ¿Sabes cómo usarlo?
—Al activarlo, absorberá la Energía Pura y la transferirá a nuestros cuerpos. Tendremos el control absoluto.
—Bien. Hazlo y acabemos con esto.
El hombre colocó la reliquia sobre la piedra sagrada. Las runas comenzaron a brillar, pero la luz no era estable. La esfera titilaba con un ritmo errático que ellos, cegados por la ambición, no notaron.
Él activó el artefacto. El rayo de energía lo golpeó primero a él, luego se arqueó hacia su esposa y finalmente alcanzó al hijo mayor, que dormía ajeno a su destino. Pero cuando el arco de luz buscó a la hija menor —aún dormida, con los puños cerrados y la respiración tranquila—, el cristal emitió un chasquido agónico, como si algo se quebrara en su interior.
La energía mutó.
En lugar de fluir, comenzó a devorar.
—¿Qué está pasando? —gritó ella, cayendo de rodillas.
—¡No! ¡No era así! ¡Esto no debía pasar!
El pánico los envolvió mientras veían cómo la magia consumía sus cuerpos, sus pensamientos y su existencia. Todo lo que eran fue absorbido. Todo, excepto la niña pequeña, que permanecía intacta, ignorada por la vorágine.
Cuando la absorción terminó, el catalizador estalló. Una onda sorda barrió el santuario, apagando las antorchas y resquebrajando las runas de las paredes. De ese estallido emergió una criatura que no debía existir.
Una entidad nacida de una distorsión mágica, hambrienta y vacía de propósito. Tenía la apariencia de un felino, su pelaje era de un azul profundo y sus cuatro ojos brillaban como estrellas frías del cosmos.
Una bestia había nacido.
La Energía Pura, al percibir la corrupción en su creación accidental, reaccionó. Se expandió violentamente y selló a la bestia en lo más profundo del santuario; lejos del mundo, lejos del tiempo y de todo lo que pudiera dañar. Lo encerró en silencio, esperando que la historia olvidara su existencia.
Pero el olvido no detiene al destino.
Algún día, esa bestia despertaría.