Hace 23 años.
—¡Maestro! ¡Ya viene! ¡La niña no espera! —La sirvienta irrumpió en la sala tropezando con la alfombra, con el pecho agitado por la carrera, urgiendo al anciano encargado de leer el destino.
—Ya voy, ya voy... pero hay algo extraño —murmuró el anciano, ignorando el caos de la sirviente. Sus dedos, manchados de tinta, temblaban sobre la superficie del éter contenido en la vasija, provocando pequeñas ondas—. No... no se ve completo. Es como si una nube negra lo opacara.
—¿Una profecía incompleta? —La sirviente se llevó las manos a la cabeza, desesperada—. ¡No importa, tiene que salir ahora! Si no, el reino podría caer en el caos.
El anciano cerró los ojos, apretando los párpados con fuerza para concentrarse, y hundió la pluma en el tintero con brusquedad antes de rasgar el papel:
"De sangre real nacerá la que lleva en sí todos los elementos, su poder vasto como el cielo, quebrará el equilibrio dormido y alzará lo que no debía despertar.”
—Listo… pero falta la mitad —dijo, soltando la pluma, que rodó por la mesa manchando la madera—. Esto podría cambiar todo el significado.
—¿Qué tanto podría cambiar? —insistió la otra, arrebatándole el pergamino de las manos para secar la tinta al aire—. Es la hija del Rey. Su destino es ser poderosa, como todos sus antepasados.
—Tal vez tengas razón… Está bien. Llévala de inmediato. Yo me quedaré unos días para intentar descifrar el resto. Cuando esté lista, recuerda: entrega la versión completa al Rey.
Pero eso nunca ocurrió.
La sirvienta, al ver cómo el Reino estallaba en júbilo y fuegos artificiales ante una profecía tan prometedora, arrugó la nota mental de volver. Decidió que no valía la pena complicar las cosas. Nunca regresó.
Día de la Fragmentación.
En una habitación tan sublime como el cielo mismo, un espejo de bordes dorados reflejaba a una joven de veintitrés años. Avelia alisaba obsesivamente un pliegue invisible en su vestido de seda, evitando mirar su propio reflejo a los ojos. Un mechón de cabello castaño cayó sobre su frente; ella lo apartó con un gesto automático, notando cómo los reflejos rojizos brillaban bajo la luz del amanecer.
Sus manos se movían con elegancia mecánica, tomando un frasco de perfume y dejándolo en el mismo lugar exacto, ganando tiempo.
De pronto, la puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo seco.
Su madrastra entró con pasos que resonaban en la madera pulida, escaneando la habitación como un general inspeccionando el campo de batalla.
—Avelia, sigues aquí. —Se detuvo detrás de ella, mirando a la joven a través del espejo con desaprobación—. ¿Por qué no estás lista?
—Solo me faltan unos detalles —respondió la joven, concentrándose en abrocharse una pulsera que no necesitaba ajuste.
—¡Apúrate! —La mujer se acercó y le dio un tirón al cuello del vestido para acomodarlo—. Se supone que este es el día más importante de tu vida.
—Sí, se supone… —Avelia se dejó manipular como una muñeca, sin oponer resistencia—. Debo mostrarle al Reino mis maravillosos poderes. Lástima que no tenga ninguno, ¿verdad? Todo esto será un desastre.
—Tranquilízate. —La madrastra le tomó la barbilla y la obligó a levantar la vista—. Es normal que un heredero tarde en manifestar sus poderes cuando estos son demasiado grandes. No se presentan como los de la gente común.
—¿Es normal tardar veintitrés años? —Avelia se soltó suavemente del agarre y se giró para enfrentarla.
—Tal vez es porque eres aún más poderosa. ¿No es eso lo que decía la profecía?
—Eso es lo peor. —Avelia comenzó a caminar por la habitación, incapaz de quedarse quieta—. La profecía dice que debo ser la más poderosa… pero no tengo ni una gota de magia en mi. ¿Cómo va a confiar el reino en una heredera que no tiene fuerza para protegerlos?
—Te estás precipitando. Estoy segura de que hoy saldrán a la luz. —La mujer suspiró y suavizó el tono, señalando la puerta—. ¿Por qué no vas a buscar a tu primo? Creo que te estaba llamando. Tal vez te venga bien su compañía.
—Sí… Tal vez sea lo mejor. Él siempre logra calmarme.
Avelia salió del cuarto, agradecida por la vía de escape. Caminó por los pasillos hasta encontrar a su primo. Thael, un niño de apenas ocho años con energía inagotable, estaba prácticamente rebotando sobre sus talones frente a una enorme pintura sagrada.
El niño ladeaba la cabeza a la izquierda, luego a la derecha, y finalmente se puso de puntillas intentando tocar el marco dorado, como si buscara un botón secreto.
Avelia, enternecida, se quitó los zapatos para no hacer ruido y se acercó por su espalda.
—¿Qué estás haciendo? —le gritó al oído.
—¡Ay, Avelia! —El niño dio un salto ridículamente alto y se llevó ambas manos al pecho, respirando agitado—. ¿Por qué me haces esto? ¡No sabes lo que sufre mi pobre y frágil corazón!
—Me parece que eres demasiado dramático para tener solo ocho años —dijo ella, riendo mientras volvía a calzarse.
—¡Los sentimientos no tienen edad! —Thael se cruzó de brazos, fingiendo ofensa, aunque una sonrisa lo traicionaba.
—Tienes razón. Perdóname, la próxima vez pensaré en tu "frágil" corazón. —Le revolvió el pelo, desordenando el peinado que seguramente le había costado horas a su niñera—. Ahora dime, ¿qué mirabas con tanta atención?
—Estaba mirando la pintura… —Thael volvió a girarse hacia el lienzo, señalando con un dedo insistente—. Se supone que representa el día de hoy, ¿no? Pero no entiendo quiénes son todos estos señores serios.
—Eso te pasa por jugar a las escondidas en lugar de estudiar la historia de los seis hijos de Vaelion.
—¿Para qué estudiar si tengo a la prima más inteligente de Amira para resumírmelo? —Le guiñó un ojo con picardía.
Avelia soltó una carcajada y lo empujó suavemente hacia el cuadro.