La corona vacía

Capítulo 2

El telón se había cerrado. Eso le dio a Avelia la seguridad de derrumbarse en el suelo. Ámbar corrió hacia ella para ayudarla.

—Tranquila, no pasó nada —le dijo, intentando incorporarla.

Pero para Avelia era imposible. A través del telón, seguía escuchando los murmullos de la gente:

—¿Qué ha dicho?

—¿Dijo…?

—No puede ser.

—¿Ella nos va a proteger?

—¿Al menos sí es hija del rey?

Avelia escuchaba cada una de las frases, y todas solo hacían que se sintiera peor.

—¡Afuera todo el mundo! La demostración terminó —gritó alguien.

Poco a poco, los murmullos comenzaron a apagarse.

—Levántate, por favor —le insistió Ámbar—. Vas a ver que todo está bien. El reino siempre te ha querido. Se les va a olvidar pronto.

—¿Cómo se les va a olvidar? —dijo Avelia, con la voz quebrada—. ¡Tengo que protegerlos de algo que ni siquiera sé qué es… y no puedo crear ni una brisa!

—Yo sé que estás muy exaltada por lo que acaba de pasar, pero…

Ámbar se interrumpió al voltear la mirada. Lo vio. Un error que nunca debía ocurrir. Avelia notó su cambio de expresión y trató de mirar.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te callas así? —dijo, intentando girar la cabeza.

Pero Ámbar no la dejaba. Le sujetaba el rostro con fuerza.

—Nada… nada. Prométeme que no vas a mirar.

En ese momento, llegó su madrastra. Su presencia distrajo a Ámbar, quien soltó involuntariamente a Avelia.

—¿Qué pasa, niñas? —preguntó. Su rostro cambió de inmediato—. ¿Eso lo hiciste tú, Avelia?

—¿Qué hice, qué…?

Avelia giró… y lo vio. Algo terrible.

Una de las runas elementales descendía lentamente. Estaba apagada, sin brillo. Era la del Éter.

—Yo… yo hice eso —dijo Avelia en voz baja—. ¿Cómo es posible? Las runas nunca se apagan…

La calma que le había dado su hermana se esfumó de inmediato. La desesperación volvió, y esta vez, peor.

Sintió que Ámbar le hablaba, pero no podía escucharla. En sus oídos solo había un zumbido. Luego… un crujido interior. Como si algo se rompiera dentro de ella.

Entró en pánico. Dejó de pensar. Su cuerpo se movió por instinto.

Corrió.

Sus pies la llevaron al bosque

Mientras sus pies corrían con toda la energía que le quedaba, su mente también lo hacía. Pensaba que estaba rota. Que había destruido una reliquia ancestral. Que lo había arruinado todo.

A su alrededor, todo se veía opaco, oscuro. No sabía hacia dónde iba. Solo corría, hasta que su respiración falló y cayó exhausta al pie de un árbol.

—¡Avelia! —la despertó una voz preocupada—. Avelia, por favor, despierta.

Abrió los ojos lentamente y vio a Thael a su lado. Apenas recuperó la conciencia, comenzó a llorar.

Thael se sentó junto a ella y, sin dudarlo, acomodó su cabeza en su regazo, aunque fuera más grande que su pequeño cuerpo. Quiso consolarla, como sabía hacerlo.

—Llora todo lo que quieras, Avelia.

—Al final, tu pequeño y frágil corazón… es el más lindo de todos, Thael —susurró Avelia con una sonrisa temblorosa, aunque las lágrimas no se detenían.

Pasó un rato hasta que logró calmarse.

—Creo que ya estoy mejor. Deberíamos volver antes de que se haga más tarde y no pueda protegerte…

—Avelia —la interrumpió Thael, con un tono de reproche.

—Tienes razón… perdóname. Pero… ¿vamos al castillo?

Empezaron a caminar en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos, hasta que algo hizo clic en la mente de Avelia. Como si, sin toda esa presión, por fin pudiera pensar con claridad.

—No lo entiendo…

—¿Qué cosa? ¿Cómo te encontré?

—No, eso no. Tú y yo tenemos una conexión única. Si había alguien que esperaba que me encontrara, eras tú —a Thael se le iluminaron los ojos y una sonrisa sincera se dibujó en su rostro—. Me refiero a que hay algo raro con todo esto. Las profecías nunca se equivocan. Pueden tener variantes… pero nunca algo tan drástico.

—¿Y entonces? ¿Qué significa eso?

—Que esto está mal desde antes de que yo naciera. Necesito encontrar a quien leyó mi destino —su mirada se volvió firme, decidida.

—La verdad ya no tengo idea de lo que estás diciendo… pero si eso es lo que necesitas para sentirte mejor, entonces te voy a ayudar.

Avelia se agachó para quedar frente a él, enternecida.

—Ya haces suficiente por mí, mi vida. Te lo agradezco un montón. Aunque… si de verdad quieres hacerme sentir mejor, podrías ir a estudiar tus textos —Thael la miró con duda—. Dale, yo voy a estar bien. Además, ya llegamos. Solo voy a ir a dormir, te lo prometo.

—Está bien. Pero si quieres jugar con alguien, vas y me buscas. ¿Bueno?

Avelia asintió. Thael sonrió y salió corriendo, feliz de haberla ayudado.

Avelia apenas sintió sus pasos. Sus zapatos resonaban por los pasillos silenciosos del ala este del castillo, donde se alzaba el Centro de Entrenamiento del Éter. Un lugar olvidado por muchos. Allí no se aprendía a invocar fuego ni a levantar montañas de tierra, sino a escuchar lo invisible. Era un espacio de calma, de introspección, donde se enseñaban los principios de Ethalion.

Cuando cruzó el umbral, la brisa del lugar le acarició el rostro. El aire era más fresco allí, cargado con un leve zumbido —la vibración del Éter flotando entre hilos translúcidos que serpenteaban por las paredes, como raíces de luz. El centro estaba casi vacío. Solo una figura se encontraba en el centro del salón circular: un anciano de cabello largo y blanco, sentado con las piernas cruzadas frente a una vasija de cristal. Dentro de ella, el Éter se movía como un cielo nocturno en miniatura, lleno de destellos que palpitaban con un ritmo silencioso.

El anciano, Dierel, tenía los ojos cerrados y sus manos suspendidas en el aire, moviéndose con lentitud y precisión. Avelia reconoció de inmediato el trance: estaba leyendo los hilos del destino. No quiso interrumpirlo. Dio un paso atrás para esperar… pero entonces él habló, con voz profunda y serena, sin abrir los ojos.



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En el texto hay: destino, romance, magia

Editado: 29.01.2026

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