La corona vacía

Capítulo 3

Avelia y el hombre se miraban fijamente. Había algo en esa mirada que los mantenía fijos, una chispa muda que palpitaba entre ambos, invisible pero innegable. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Todo se volvió estático, como si el mundo hubiera contenido el aliento.

Y entonces, las lámparas de la habitación comenzaron a titilar. No como si tuvieran una falla por el viento, sino como si algo antiguo, algo poderoso, estuviera intentando manifestarse. La energía que vibraba en la habitación tenía un pulso irregular, casi vivo.

Ambos giraron hacia las lamparas, como si fueran testigos de una señal ancestral. El hombre retiró lentamente la mano que aún cubría la boca de Avelia. Ella, con los sentidos agudizados, intentaba comprender lo imposible. Solo una respuesta cruzó por su mente, pero era tan prohibida que le costaba incluso formularla en voz alta.

—¿Poderes inestables? —susurró, apenas audible, como si temiera que decirlo hiciera real lo que su razón se negaba a aceptar.

Y luego, con firmeza, como quien ya no va a tolerar más secretos:

—Dime ya quién eres, quién te persigue… y qué fue eso de las lámparas. Quiero la verdad.

Él la miró con una mezcla de ironía y cansancio.

—Haces demasiado ruido, bonita —murmuró con sorna, y volvió a alzar la mano para taparle la boca, como si fuera un reflejo aprendido.

Pero esta vez Avelia se apartó con agilidad, los ojos encendidos de furia y desconfianza.

En ese instante, pasos apresurados resonaron justo detrás de la puerta.

—¡Rápido! ¡Encuentren al traidor! —gritó una voz grave, autoritaria.

Avelia unió los puntos en su mente como piezas de un rompecabezas inevitable. Se volvió hacia él con la expresión de quien acaba de ver el cuadro completo.

—Eres tú… ¿no es cierto? Tienes poderes inestables. Y por eso te están cazando.

El hombre esbozó una media sonrisa, algo entre resignación y desafío.

—Qué lista resultaste, princesita. Esto es simple: o me entregas… o me ayudas.

Avelia lo observó con una frialdad que no sabía que poseía, y caminó hacia la puerta. Él dio un paso, inquieto.

—Espera —dijo entonces, y en su voz, por primera vez, hubo un tono auténtico, casi humano—. Por favor… ayúdame.

Su ego se desmoronó en una súplica tan cruda que descolocó incluso a Avelia.

Ella lo miró de reojo, sin bajar la guardia.

—¿Tan difícil era decir "por favor"? Escóndete en esa esquina, detrás de la mesa. Desde la puerta no se ve ese lugar. Rápido.

Mientras él se ocultaba en la sombra, Avelia se alisó la ropa con gesto digno y se preparó para enfrentarse al mundo como si nada estuviera fuera de lugar. Abrió la puerta con seguridad calculada.

—¿Disculpen? ¿Qué es todo este ruido? —preguntó con una falsa inocencia cuidadosamente ensayada.

Frente a ella, un hombre de unos cincuenta años, con rostro endurecido por la experiencia, la escrutó con desconfianza.

—Estamos buscando a un traidor. Necesitamos revisar su habitación —dijo, ya avanzando un paso, como si el permiso fuese una formalidad prescindible.

—¿Perdón? ¿Usted está loco? —respondió ella, con voz clara y tono indignado—. ¿Cómo voy a dejar que unos desconocidos invadan mi espacio privado? Mejor retrocedan. Están molestando.

Otro hombre se acercó, más joven, visiblemente incómodo por la escena.

—¿Qué sucede, señor?

—Esta chica se está negando a colaborar. Estoy seguro de que oculta algo.

—La “chica” —interrumpió Avelia con firmeza— es de la Casa Verem. Tenga más cuidado con sus palabras.

El más viejo soltó una carcajada seca.

—¿Casa Verem? Por favor. No se siente ni una chispa de su magia, ni aunque le respiremos en la nuca. ¿O será que está ayudando al fugitivo?

Avelia no se dejó intimidar. Elevó la postura, los ojos encendidos, la voz tan afilada como su dignidad.

—Este es mi collar —dijo, quitándoselo lentamente y tendiéndolo con elegancia—. Cargado con la energía de mi linaje. Y ustedes saben que esto no se puede falsificar. ¿O necesitan una lección de historia mágica?

El hombre lo tomó sin entusiasmo… hasta que la energía ancestral del objeto se activó en su palma. Su rostro palideció.

—S-señorita… —balbuceó, ahora con voz temblorosa—. Mil disculpas. No sabíamos… nos retiramos de inmediato. Si el traidor pasó por aquí, seguramente escapó por otro lado…

—Perfecto. Buenas noches. —Y sin esperar respuesta, les cerró la puerta en la cara.

Apenas el pestillo encajó, se apoyó contra la madera. Su respiración estaba agitada.

—Liorem —escuchó detrás de ella.

—¿Qué?

—Mi nombre. Liorem Darlia —dijo él, clavando los ojos en su collar—. Y el tuyo… probablemente sea Avelia Verem, ¿me equivoco?

—¿Qué estás diciendo?

—Te dije "princesa" por instinto. Pero resulta que lo eras. Curioso el destino, ¿no?

—No entiendo nada de lo que dices.

—Ese collar pertenecía a la difunta reina. Solo su hija podía portarlo. Y yo soy de Darlia; reconozco esa reliquia. No puedes engañarme.

—Está bien, sí… ¿y qué? Eso debería asustarte. Estás frente a tu princesa.

—Lo haría, si no estuviéramos en igualdad de condiciones.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo, visiblemente incómoda.

—Que este viaje es tu secreto. No dijiste que eras la princesa. Nadie te escolta. Este lugar no está a tu altura. Nadie te sirve té ni te reverencia. Te registraste como una Verem más. Y eso, Avelia, te deja tan vulnerable como yo.

Ella guardó silencio unos segundos. Luego admitió:

—Puede que en algunas cosas tengas razón —admitió finalmente.

—¿Solo en algunas?

—Pero sigo teniendo la ventaja. Si abro la boca y grito ahora mismo, estás muerto.

—Y tu pierdes tu anonimato. Así que mejor dejémoslo así: no nos vimos, no nos debemos nada. Cada quien sigue su camino.

—Perfecto. Entonces vete —dijo, señalando la ventana.

Él arqueó una ceja.

—¿Por la ventana? Estamos en un tercer piso.



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En el texto hay: destino, romance, magia

Editado: 29.01.2026

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