Avelia sentía un nudo en el estómago mientras observaba cómo se preparaban los últimos detalles para la lectura. Sus manos, entrelazadas sobre su regazo, temblaban ligeramente. El ambiente estaba cargado de energía, como si el aire mismo retuviera la respiración.
Jean, que se encontraba justo detrás de ella, soltó un suspiro entre sorprendido y maravillado.
—Nunca había visto cómo leen el Éter... —dijo, inclinándose un poco hacia el frente—. Es fascinante.
Avelia giró apenas el rostro, sin mirarlo del todo, como si la intensidad del momento no le permitiera apartar demasiado la vista del centro de la sala.
—Pocos magos saben manejarlo —explicó con voz baja, tratando de mantener la compostura—. Y aunque algunos nacen con esa afinidad, la mayoría no lo utiliza con frecuencia. Los demás prefieren aprender a dominar otros elementos.
Jean ladeó la cabeza, intrigado.
—¿Pero el Éter no es poderoso? Saber el futuro... eso sirve de mucho.
Avelia asintió, aunque con cierta precaución.
—Sí, pero no es tan fácil controlarlo. Se necesita una claridad mental casi absoluta, y una concentración que agota. Para leer el Éter de una persona, debes vaciar tu mente por completo y enfocarte sólo en pensamientos relacionados con ella... como si siguieras el hilo de su existencia. Puede tardar días. En el Éter, el tiempo no funciona como aquí.
Se detuvo un instante y bajó la mirada. Jean frunció el ceño, como si intentara retener cada palabra.
—Por eso prefieren otros elementos, ¿no? Algo más útil para el combate o la vida diaria.
—Claro —respondió Avelia, esta vez girando completamente hacia él—. Además, el Éter no es exacto. La profecía que recibes... Debes interpretarla tú mismo.
Jean cruzó los brazos con expresión pensativa.
—Por eso se dice que no te muestra lo que quieres, sino lo que necesitas.
Una media sonrisa se dibujó en los labios de Avelia.
—Exactamente.
—¿Y con los bebés? —preguntó él, alzando una ceja—. Si no tienen recuerdos... ¿cómo se les puede leer?
—Aun así, pasaron nueve meses en el vientre de su madre —respondió Avelia con tono suave, como si recordara una lección aprendida de niña—. El lector debe enfocar su energía en los movimientos del bebé, no en los de la madre. Eso es suficiente.
Jean abrió los ojos con asombro.
—Increíble...
—Es el poder más cercano a Vaelion que tenemos —dijo Avelia, mirando al frente como si pudiera ver a través del tiempo.
—Conectar con la existencia... con el tiempo y el destino —añadió él, en un murmullo reverente.
—Y con la sanación —susurró Avelia, apenas audible.
—¿Qué dijiste?
—Nada —respondió ella enseguida, apartando la mirada con rapidez.
Dos días enteros tuvo que esperar Avelia para que Elarion completara su lectura. Días que se arrastraron como si el tiempo se burlara de su impaciencia.
Las noches fueron aún peores: sueños confusos, invadidos no solo por las habituales luces moradas, sino ahora también por una criatura que la observaba. Cuatro ojos oscuros brillaban como estrellas rotas en la penumbra, siguiendo cada movimiento, cada pensamiento. Era como si algo en las profundidades de su alma estuviera despertando… o siendo llamado.
Cuando por fin Elarion terminó la lectura, la citó en su guarida, un lugar cubierto de telas oscuras, con paredes cubiertas de pergaminos y frascos con ingredientes mágicos.
—Avelia —dijo él con tono grave, tendiéndole un pergamino atado con una cinta azul celeste—. Aquí está escrita tu nueva profecía. Pero recuerda: lo que leas tal vez no sea lo que deseas... sino lo que necesitas.
Avelia lo miró, tragando saliva. Sus dedos temblaron al rozar el pergamino.
—Voy a abrirlo...
—Espera —la interrumpió él, colocando una mano sobre la suya—. Tal vez deberías hacerlo a solas. Y ten mucho cuidado con a quién le cuentas lo que descubras. Hay una energía... extraña, moviéndose a tu alrededor.
Ella asintió lentamente, guardando el pergamino contra su pecho.
—Entonces... saldré a dar un paseo. Necesito despejarme, reflexionar sobre lo que esté escrito. Dile a Jean que prepare todo. Mañana por la mañana partimos hacia Verem.
Avelia caminó durante unos minutos. El aire era denso, pesado, como si los árboles mismos la observaran en silencio. Sus pies avanzaban sin rumbo claro, guiados solo por la ansiedad. Todo a su alrededor se sentía extraño. Tenso. Como si algo no encajara del todo.
—Basta, Avelia... es ahora o nunca —se dijo a sí misma con determinación, desenrollando el pergamino.
Y leyó:
“De la hija sin llama surgirá el fuego.
Cuando el filo de la amenaza roce su piel,
su poder nacerá con furia dormida.
Pero cuidado con la memoria sellada.
La verdad no fue escrita para ser olvidada,
sino escondida entre muros dorados,
allí donde la sangre real se oculta tras la madera.
Busca lo perdido en el corazón del trono.
Solo así el destino podrá cumplirse.”
—Con razón casi nadie usa el Éter —murmuró, frustrada—. Solo te deja más confundida... ¿Y qué significa "cuando el filo de la amenaza roce su piel"? ¿Será que tengo que estar en peligro?
Iba a volver a leer el pergamino cuando un crujido la alertó. Se tensó. Tal vez era solo un animal... o algún niño corriendo. Aun así, apretó el pergamino contra su pecho y apresuró el paso.
Al pasar junto al bosque, escuchó un nuevo sonido. Más nítido. Más cercano. Se detuvo, escondió el pergamino en su vestido y giró la cabeza... y entonces lo vio. Un hombre caminaba tras ella con pasos sigilosos pero decididos.
El corazón le dio un brinco. Antes de que pudiera gritar, él se abalanzó hacia ella. Avelia reaccionó por puro instinto: echó a correr, sin pensar siquiera hacia dónde, adentrándose en el bosque. Tal vez allí podría perderlo.
Pero el hombre fue más rápido. Le sujetó la muñeca con fuerza y sacó una daga. Avelia, desesperada, lo pateó y tomó una rama gruesa del suelo, intentando golpearlo. El atacante esquivó el golpe con agilidad y, con una ráfaga de viento, la lanzó contra un árbol.