—No puede ser —murmuró Avelia, con el ceño fruncido y la voz cargada de preocupación.
—¿Qué? —preguntó Liorem, confundido, mirándola a ella con gesto alerta, listo para defenderse de una amenaza invisible.
—Te volviste completamente loco. No sabía que la pasta de flor lunar tenía efectos secundarios tan drásticos.
—No estoy loco —replicó él, alzando una ceja con incredulidad —. Si queremos entender qué está pasando aquí —señaló el espacio entre ambos con un gesto firme—, tenemos que trabajar juntos. Solo piénsalo, es nuestra mejor opción.
—¿Y si mejor pensamos en todo lo que podría salir mal? —respondió ella con sarcasmo, empezando a enumerar con los dedos—. No sé nada de ti. Tú no sabes nada de mí. No sé si te llegó el rumor, pero no tengo magia. Claramente tú vives huyendo o ya te habrían descubierto. Tu inestabilidad es ilegal. Y yo soy la princesa. ¿Sigo?
—Bueno, resolvamos esos puntos entonces —dijo Liorem, dando un paso hacia ella.
Le tomó la mano con suavidad, pero sin vacilar. Avelia se tensó, pero no se apartó. Mientras hablaba, él fue bajando uno a uno los dedos que ella había levantado.
—Soy de Darlia. Soy el tercer hijo del linaje…
—¿Eres hermano de Kered y Elian? —lo interrumpió Avelia, frunciendo el ceño con sorpresa.
—¿Los conoces? —preguntó él, deteniendo su movimiento.
—Sí. Mi madrastra es de Darlia, aunque su linaje no es tan cercano. Elian intentó ser mi maestro cuando tenía como ocho años, pero no funcionó. Pensé que solo eran dos hermanos.
—Somos tres. Casi nadie me reconoce porque desde los dieciséis he estado huyendo. He viajado por todo el mundo tratando de estabilizar mi poder, pero no he podido. De vez en cuando voy a una cabaña que tengo cerca de la frontera de Oreas y me escondo allí —le bajó otro dedo, manteniendo el contacto—. ¿Qué nos queda por resolver? —añadió, pensativo—. Ah, tu magia. Sí, oí lo de tu demostración. Asumo que por eso estás aquí. Y que seas princesa no tiene por qué importar. Tú también te debes sentir rota. Por eso no me has entregado.
Le bajó los últimos dos dedos sin soltar su mano.
Algo se movió dentro de Avelia. Lo que decía Liorem ya no sonaba tan descabellado. Primero miró sus manos unidas, cómo él la sujetaba con firmeza, y luego levantó la mirada hacia sus ojos. Tenían un leve brillo de desesperación, y pensó que tal vez serían aún más hermosos si no estuvieran opacados por tanta carga.
Iba a responder cuando el aire cambió.
Se volvió más denso, como si algo invisible los aplastara desde arriba. Liorem cayó hacia atrás de repente, como si se hubiera desmayado. Avelia se alarmó.
—¿En serio? ¡Estábamos teniendo una conversación seria, Liorem! —exclamó, acercándose a su lado mientras lo sacudía por los hombros—. Liorem, despierta. No es grac…
No alcanzó a terminar. Una pesadez la invadió de golpe. Sus párpados se cerraron sin aviso, y cayó encima de él, sumida en un profundo sueño.
Esta vez, el sueño no comenzó como los anteriores. Esta vez fueron susurros, palabras murmuradas al oído que se repetían una y otra vez:
Velador. Sendero. Nublado. Cristal. Peste. Portal. Suave. Corte. Suya. Reina. Pasto. Linajes. Mente. Crían.
Cuando despertaron, ya había amanecido. Seguían en la misma posición en la que se habían dormido, enredados el uno con el otro. Al abrir los ojos sobresaltados, se incorporaron de golpe, mareados por el movimiento brusco.
—¿Qué me hiciste, bonita? Me duele la cabeza como si me la hubieran pateado. Todo esto es culpa de tus combinaciones raras —se quejó Liorem, apretándose la sien con los ojos cerrados.
—No seas tonto, no tiene nada que ver. A mí también me duele y no tengo ninguna runa marcada —respondió Avelia mientras se frotaba la frente, tratando de enfocar la vista—. ¿Con qué soñaste esta vez?
—No sé… eran como palabras raras.
Avelia abrió los ojos de par en par.
—¡Rápido, pásame esa ramita! —ordenó Avelia con urgencia mientras sacaba el pergamino que había escondido horas antes.
Liorem se la pasó, curioso. Ella mojó la ramita en la mezcla que aún le quedaba y comenzó a escribir con rapidez frenética sobre el reverso del pergamino las palabras que recordaba.
Liorem se acercó a leer sobre su hombro.
—Sí… esas eran. ¿Ves que estamos conectados? ¿De dónde sacaste ese pergamino?
—Es mi nueva lectura del Éter. Por eso vine. No importa. Léelas y dime si falta alguna.
—Faltan “linajes”, “reina” y “mente” —respondió él. Ella los anotó con rapidez y luego lo miró, esperando el comentario sarcástico que usualmente seguía a cualquier interacción entre ellos.
Pero no llegó. En cambio, Liorem la miraba con esa misma intensidad, esa desesperación contenida de la noche anterior.
—Ya no lo puedes negar, princesita.
Avelia soltó un suspiro, derrotada por la evidencia, y alzó el rostro con decisión.
—Está bien. Lo haremos. ¿Por dónde empezamos entonces?
—Primero me vas a mostrar tu lectura —dijo él, y con un movimiento rápido le quitó el pergamino de las manos antes de que pudiera reaccionar.
—¡Eso es personal! ¡No lo leas! —protestó ella, intentando alcanzarlo. Él solo estiró el brazo y lo mantuvo fuera de su alcance sin esfuerzo.
—Guarda silencio, no me dejas concentrar.
—Me dijeron que no se lo mostrara a nadie. Que tuviera cuidado con en quién confío. Claramente era una advertencia sobre ti —gruñó Avelia, saltando para intentar alcanzarlo.
Liorem la miró, indignado.
—Se supone que ahora somos un equipo. Tienes que confiar en mí. Además, para interpretarlo necesitas una segunda opinión.
—Soy perfectamente capaz de interpretarlo sola. Y, ¿cómo voy a confiar en ti si llevamos un minuto de alianza y ya estás contradiciéndome?
—Cállate.
—¿Perdón?
—¡Lo tengo! —exclamó él, ignorando su ofensa—. Según esto, tus poderes se manifestarán cuando estés en peligro.