La Cortesana del Tiempo

El Chocolate puede producir Adicción

Sabía lo que vendría, pero me dejé llevar. Ver a Silvia feliz me hacía sentir útil, me hacía sentir viva.
Quizás porque nunca imaginé todas las situaciones que me tocaría vivir desde que llegué a esta época.

Entonces, ante mí apareció un espejo. Pero en ese espejo no se reflejaba mi cuerpo, sino una extraña pantalla que mostraba un recuerdo de mi época de secundaria, en mi mundo original.
La escena me recordó aquellos días en los que sentía que la vida no me había dado ningún talento… al menos, ninguno notorio para mí o para los demás.

Por eso admiraba el talento artístico de Marcus. Más que sus habilidades como aventurero o su influencia en el gremio. Me sorprendía y fascinaba su poder de convertir algo inerte en vida, en emoción, en sueño, en deseo.

Aquella vez, en la escuela, soñaba con dibujar, con crear mundos y personajes. Me había esforzado tanto.
Ese día nos visitó una profesora de arte que buscaba nuevos talentos en dibujo para un taller. Era extranjera, de ojos verdes claros, y sonrió al ver mi dibujo.

—Está lindo —dijo.

Me sentí flotando entre nubes. Imaginé que, después de tantas luchas, por fin había descubierto mi talento: esa habilidad que me daría un lugar en el mundo.
Mientras divagaba entre escenas donde me veía en el taller aprendiendo nuevas técnicas e ideas, no logré notar las exclamaciones de fascinación de la profesora ante los trabajos de los demás. Ella les entregaba formularios para el taller, mientras yo seguía flotando en aquel simple “Está lindo”.

No pude evitar sentir una presión en el corazón.
Cómo hubiese querido consolar a mi yo del pasado, decirle que todo iba a estar bien.
Entonces comprendí que las dudas que tenía en la secundaria aún me acompañaban: solo cambiaron de nombre.
Ahora se llaman “el concurso de poesía”, “salvar el tiempo”… y “Silvia”.
Las dudas frente a un mundo que cambia y el miedo a cambiar yo también.
Pero así como en el pasado avancé, volveré a avanzar.

Entonces vi mi reflejo: mi yo actual.
Vestida con una túnica reveladora y casi transparente de lino fino, de un tono púrpura semejante a una estola romana, pero mucho más audaz y atrevida. Un hombro completamente descubierto y el otro apenas sostenido por un broche. Cada detalle de mis muslos y de mi figura quedaba a la vista.

Podría haberlo encontrado lindo, pero había algo inquietante en esa visión.
En sus ojos mis ojos, una mirada perdida, quizá mareada… ¿ebria?
Atrapada entre collares de oro, maquillaje recargado y kohl que se diluía en el rostro. Abrazada a la estatua de algún gladiador portentoso, perdida en lo banal y superficial, dejándose llevar no por amor, sino solo por el deseo de ser usada una y otra vez.

Esa imagen me asustó.

Era como una advertencia: lo que podría llegar a ser si olvidaba mi propósito, si olvidaba mi pasado… el cariño que he recibido en esta época, todo lo que perdería si el mundo fuera transformado por los deseos de esa princesa, bruja, reina, Neo Reina, o como quiera llamarse.

Pensé en Silvia. Si yo me pierdo, ¿qué perderá ella?, ¿Qué haría si mi vida se redujera solo a pasar la noche con uno o varios galanes?

No. Yo no seré así, me dije a mí misma.
Seré siempre yo, aun si esa reina intenta borrarme.
Quiero pensar, quiero creer. Porque, de lo contrario, yo…

Entonces, una voz habló detrás de mí.
Un tono familiar.

Me giré, y ante mí apareció el ángel del kimono.
Sus alas blancas se extendían, mientras a su alrededor caían pétalos de sakura.

—Mejor mírame a mí, señorita consoladora… quiero decir, cortesana. —Hizo una pose de ídolo, con las manos formando el símbolo coreano del corazón—. Esta presentación es original, ¿no?

—¿Tomoe? ¿Por qué estás aquí?

Tomoe se quedó pensando, levantó su dedo índice y concluyó:

—Creo que sería extraño aparecer en la habitación de Silvia mientras duermen juntas. Hay algo llamado “privacidad”.

—Te entiendo… —suspiré, algo contrariada y sonrojada ante lo obvio de su respuesta.

Tomoe, con su tono burlón, sonrió.

—Te ves divertida cuando te sonrojas. Estoy segura de que quieres saber por qué puedo visitarte nuevamente.

—¿No es por el chocolate, verdad?

—No, no, querida. —Negó con su dedo, sonriendo—. Gracias a cierta “villana” que viajó en el tiempo, ahora tengo derecho a aparecer ante ti otra vez. Lo cual, por cierto, es un alivio: solo mirar sin intervenir es una carga muy pesada.
Ah, y antes de que lo olvide… toma. —Me entregó otra barra de chocolate.

—Entiendo… —dije, mirando el espejo y la escena que se revelaba ante mí.

—Ahhh, dicen que el inconsciente es la llave de los conocimientos y la sabiduría. —Sonrió, y de pronto aparecieron unos lentes en su rostro, dándole un aire de profesora—.
Tu inconsciente es testigo de los detalles que tu yo consciente pasa por alto o evita analizar. Todo eso será importante en el próximo concurso. Y, dado que has usado la última barra de chocolate que te di, quizás en estas visiones encuentres algo útil, ¿sí?
¡Apuesto que sí! Disfruta de las visiones de tu corazón.

—Así que vamos —añadió con entusiasmo—. Disfruta tu viaje… y no olvides recoger alguna pluma que deje por ahí. Ahora que ya sabes su utilidad… ¡Mua, mua, señorita Claudia!

Y, sin darme tiempo para replicar, desapareció.
Solo quedaron sus palabras… y las que nacerían de mi propia mente.

. Esperaba revelaciones, pistas… Intenté agudizar mis sentidos.
Entonces sentí un súbito mareo, una sensación como si mi cuerpo se moviera al compás de fuerzas que desconocía.
Una mezcla de temor y bochorno se reflejó en mi rostro, mientras mi entorno se transformaba en un extraño jardín lleno de flores.

Al mirar hacia el cielo, aún mareada, una estrella brillante apareció, y junto a ella se escucharon murmullos que se volvían cada vez más audibles y familiares.
Esa voz… ¿es la de Silvia?




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