Aún algo mareada por toda la experiencia, intenté levantarme.
Miré la barra de chocolate y la guardé dentro de la habitación de Silvia para que no la encontrara.
Ese chocolate hay que consumirlo con moderación —pensé para mí misma—, y es mejor no darle ideas de otro “ritual chocolatoso”.
Mientras salía del cuarto de Silvia hacia el mío para vestirme, Silvia corrió y saltó a abrazarme. Sé notaba algo sonrojada y particularmente contenta.
—Te ves muy alegre hoy, Silvia —dije con una sonrisa; verla feliz también me hacía feliz a mí. Silvia intentó ponerse más seria, pero nunca fue buena actriz.
—Sip, ya sabes… fue lindo todo anoche, aunque en sueños sentía como si un ángel me hablara.
Me sorprendí; obviamente, esa debía ser Tomoe.
—¿Y te habrá dicho algo?
—Jejeje… lo olvidé. ¡Ahora vamos a bañarnos!
Por alguna razón, no estaba segura de creerle. Además, qué respuesta tan anticlimática.
—Hey… ¿de veras no recuerdas nada?
Silvia se sonrojó y bajó la cabeza, casi como ocultando alguna travesura.
—La verdad, no mucho. Pero hoy es un día especial, además ya falta poco para el concurso de poesía.
Entre risas y empujones algo infantiles me llevó al baño para bañarme y vestirme con ella. Esa sensación de complicidad, de compartir cosas juntas, aun después de tanto tiempo, me emocionaba… era como una caricia cálida directa al corazón.
A propósito de sensaciones físicas:
—Silvia, ahora que lo pienso, tengo una extraña sensación en mi cuerpo…
—Al baño, al baño, linda. ¡Tenemos un día con muchas actividades!
Una vez bañada (sentí que Silvia fue particularmente detallista), vestida y arreglada, nos presentamos ante Drusila, quien al parecer analizaba las plumas de Tomoe.
Nos miró con una expresión entre curiosa y cómplice.
—Veo que se divirtieron mucho —dijo con una risita traviesa.
Silvia, sonrojada, afirmó con su mejor sonrisa y serenidad:
—Fue un lindo ritual.
—Ehh… sí, pero… —intenté explicarle lo del ritual y Tomoe, aunque Drusila fue más rápida:
—Pues ya fue suficiente diversión. Miren, estoy segura de que Tomoe anduvo por aquí. Siempre deja su rastro demasiado evidente.
Sus ojos se fijaban en el lote de plumas encima de la mesa.
—Sí, sobre eso… —empecé a decir, pero Drusila volvió a interceptar mis palabras, con la velocidad de alguien que tenía las suyas mejor preparadas.
—Como pensaba: esas plumas son útiles como canalizadores y potenciadores limitados de tu energía compasiva y transformadora. Por lo que, a más granos de tu reloj de arena purifiques, mejor será su efecto. Así que estos últimos días tendrás muchos corazones que consolar.
Silvia puso cara de puchero.
Drusila la miró de reojo.
—Pero si ya te entretuviste anoche… ¿o prefieres que nuestra Claudia sea borrada de la historia?
Silvia levantó los hombros, resignada, y me miró. Fue como si ambas dijéramos para nosotras mismas:
Por qué deben recordarnos eso… es injusto.
Drusila, imponiendo su sabiduría de mentora, continuó:
—De acuerdo con lo que me contaste, tanto en tu combate con Karina como en la mazmorra, la amplificación ocurre principalmente en situaciones de batalla.
Logras canalizar tu energía, que surge de la empatía, la amistad, el consuelo y la seducción de cortesana, y la transformas a través de estas plumas, potenciando tus habilidades.
Me pregunto si, en algún momento, podrías no solo canalizar esa energía dentro de ti… ¿no crees que sería interesante? —dijo, guiñándome un ojo.
¿Por qué siento que todos saben algo que yo no sé… y tal vez no quiero saberlo?
Esbocé una tímida sonrisa.
—Siempre me sorprendes, Drusila.
Drusila, contenta consigo misma por el punto ganado, sentenció con su aire más sensei:
—Podrían ir al mercado de Testubio. —Sacó un papelito—. Aprovechen de comprar esas cosas. Si me ayudan, quizás haya una sorpresa.
El papelito lo tomó Silvia, nuestra experta en asuntos domésticos.
—Pues ni modo… ¡vamos y volvimos! —afirmé con mi mejor pose de aventurera, aunque la aventura fuera solo ir de compras.
Después de los sucesos de la mazmorra, resultaba agradable hacer algo tan simple como ir al mercado.
Silvia asintió.
—Lady Drusila, no se preocupe, tendremos esta lista resuelta en lo que canta un gallo —, y enseguida me tomó de la mano—. ¡Aprovechemos de practicar correr, weeee!
Silvia se ha acostumbrado a decir palabras y expresiones modernas más rápido de lo que yo misma las uso.
Y así, de forma bastante literal, corrimos al mercado. Silvia disfrutaba demasiado tirarme del brazo y correr.
—Recuerda que la otra vez me caí por correr con estas sandalias.
—Ahhh, una caidita más o menos no hará daño. ¡Sirve para fortalecer tu cuerpo!
Llegamos al mercado después de tres caídas y una rodada.
—Dejaste mi estola toda sucia, Silvia —dije con voz algo seria.
Ella tomó un pañuelo y me limpió la cara.
—¿Ves? Como nueva.
—Pero me refería a mi estola.
—Detalles, detalles… mira, dime que no es lindo el mercado de Testubio.
En mi preocupación por la estola (¿desde cuándo me importaba tanto eso?) había olvidado el hermoso cuadro que se desplegaba ante mis ojos.
Testubio era un barrio donde llegaban las mercaderías a la ciudad; de ritmo más bucólico y tranquilo que el sector donde vivíamos.
Había decenas de puestos con toda clase de ingredientes, en ánforas con intrincados mosaicos negros y amarillos que contrastaban con el mármol de las construcciones.
Los vendedores ofrecían telas maravillosas, y Silvia, por supuesto, no escatimó en adquirir unas cuantas.
—Te verás bien con ellas. Palpa estas telas, ¿no son hermosas? —guiñó un ojo.
—Sip, son lindas. Se ve que hoy estás más enérgica que de costumbre, Silvia-chan.
La gente nos miraba, aunque intentaban disimularlo.
Aun así, podía distinguir palabras sueltas: “cortesana”, “consoladora”, “participante”...
Un aroma característico llegó a mi nariz. ¿Es una especia? ¡Es canela! Estoy segura.
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Editado: 31.01.2026