Un tímido rayo de sol intentó colarse por la ventana, buscando despertarme. Pero yo me aferré con más fuerza a mi almohada, abrazándola como si en ella pudiera encontrar la seguridad que una persona busca antes de enfrentar una gran prueba.
Aún resonaban en mi mente las palabras de Drusila, las explicaciones de Silvia, cada práctica y cada táctica. Sabía que, para salvar el tiempo, debía ganar el concurso.
Si el Culto de Laporia lograba la victoria, su influencia aumentaría… y con ella su poder para alterar el flujo temporal. Si eso sucedía, ni Drusila ni nadie podría detener los cambios: el mundo quedaría a merced de la Neo Reina y de su emisaria en esta época, Airlia.
Pensar en ello resultaba agotador. A veces me preguntaba cómo sería leer todo esto como una historia, estoy segura que sería un libro muy denso y fantasioso. Pero la vida me llevo aquí y ahora soy parte de ella tengo personas que creen en mí. Recordé el rostro de Drusila aferrada a la pequeña caja sellada que le había enviado Calendre, la preocupación de Silvia, e incluso pensé en Karina… ¿estaría ella también viviendo su propio drama interior, oculto tras sus “ojojojos”?
En medio de esos pensamientos, sentí una mano tibia en mi frente. Abrí los ojos, y me encontré con el rostro de Silvia a solo unos centímetros del mío. Me saludó con una gran sonrisa.
—Hoy es el día —dijo, con brillo en los ojos—. Y mira lo que preparé para ti: una nueva estola y muchas más sorpresas.
Su respiración tan cerca, el leve roce de sus labios al hablar… me hicieron sonrojar.
—Te sonrojas muy fácilmente —comentó divertida—. No es malo que lo hagas aquí, pero en el concurso será más complicado.
Sacó la lengua con picardía y se dio vuelta hacia la puerta.
—Apúrate, tendremos un día muy largo —añadió, sonriendo.
Agradecí ese instante de dulzura. Los últimos días habíamos ensayado sin descanso, pero aún no me había levantado cuando dos jóvenes doncellas entraron en la habitación y me llevaron directamente a los baños.
—¿Ustedes…? —atiné a decir.
Sin duda, Drusila no había escatimado en gastos. Todavía me costaba acostumbrarme a que otras mujeres me ayudaran a arreglarme; incluso con Silvia me incomodaba un poco, aunque comprendía que cada minuto era valioso.
Mientras seguía la rutina de aseo y belleza, recordé las instrucciones de Drusila:
“No pienses que este concurso será solo de recitar versos. Con rivales como Calendre y Helena, podemos esperar cualquier cosa. El Culto de Laporia hará lo imposible por ganar, incluso eliminarte, si eso fortalece su causa. Tu condición de viajera te protege de los cambios temporales, pero sigues siendo humana. Prepárate para cualquier cosa. Si sigues mis indicaciones, todo saldrá bien.”
Por un instante me liberé de mis pensamientos y miré mi reflejo en el espejo. Las doncellas parecían felices, y con razón: habían hecho un trabajo tan perfecto que me costaba reconocerme.
¿Esa… soy yo?
Mi cabello, recogido en una trenza lateral, estaba adornado con lirios. Mis labios, de un rojo suave con un toque de miel, se sentían humectados y vivos. El maquillaje era sutil pero envolvente: un resplandor perlado que acariciaba mi piel como si la luz misma me besara.
Mis ojos, delineados con tonos gris violeta y oro pálido, reflejaban la mezcla de emoción y nervios que me recorría. Mis mejillas, sonrojadas, no sabía si por los polvos o por mi propio rubor.
Sentí alegría, como si por fin estuviera viendo una versión de mí misma que había esperado toda la vida.
Recordé aquella estatua del museo, la figura femenina que alguna vez había contemplado con asombro. Por un momento tuve la sensación extraña de que esa estatua… era yo.
Mis accesorios completaban la imagen: los brazaletes y aros inspirados en las plumas de Tomoe, el pendiente en forma de reloj de arena símbolo de mi vínculo con el tiempo y, por supuesto, la estola.
Ah, la estola…
Era semitransparente, de seda malva perla, y reflejaba bajo la luz matices que cambiaban entre el plateado y el lavanda. Los bordes estaban decorados con hilos dorados y pequeñas flores de sakura, bordadas como si llevaran consigo una energía luminosa (según Drusila, literalmente conducían “energía”).
Los extremos caían con suavidad por mi espalda, como alas simbólicas que danzaban con el aire. Al caminar, sentía que rozaba las nubes. Un fino cinturón ceñido a la cintura atado con un moño que recordaba a un obi (¡?) completaba el atuendo.
Las sandalias, de tacón alto, estilaban mi figura. Drusila insistía en que “para ver el mundo desde arriba, hay que elevarse un poco”.
Aunque mi nueva altura aún no alcanzaba la de mi antigua vida, me sentía feliz de poder caminar con elegancia sin tropezar.
—¿Le gusta, Lady Claudia? —preguntaron las doncellas con sonrisas cómplices.
—Es… como un sueño. Una armadura para enfrentar la batalla que pronto comenzará. Gracias, chicas, son geniales.
Nos abrazamos brevemente. Fue un momento cálido, sencillo, lleno de vida. Entonces, la figura de Silvia apareció en el umbral con su expresión de póker característica. Me miró de arriba abajo con calma calculada.
—Veo que estás lista. Espero que conserves ese entusiasmo… lo necesitarás —dijo, acercándose a mí—. A partir de ahora, te escoltaré personalmente, Lady Claudia.
Me estremecí un poco ante su tono firme y sus ojos intensos.
Esperaba conservar algo más que entusiasmo en el concurso, sobre todo cuando esos ojos de Silvia parecían devorarme con una mezcla de cariño y...
— ¡Auch! — Silvia me dio un golpecito en la cabeza
— ¡No coquetees más de lo necesario!— expresando una gran sonrisa que me facinaba
Sera un día largo
Caí rápidamente en manos de Drusila, quien, satisfecha con mi apariencia, mientras añadía un toque más de perfume en mi cuello, me mostró mis ítems de batalla. Los había acomodado empleando el cinturón de mi estola, permitiéndome portar tres objetos esenciales.
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Editado: 20.02.2026