La Cortesana del Tiempo

Una Pluma al Corazon

Claudia 6 – Karina 6

La escena y el marcador proyectaban una imagen de desafío, de igualdad de fuerzas. Pero aquello era un espejismo: un maquillaje de arroz tan tenue que no lograba disimular la verdad que el público podía ver y sentir.

Ante ella, la otrora orgullosa Geisha luchaba por decir algo. Se llevó las manos a la cabeza, su ceño fruncido apretaba los dientes como si quisiera romper un hechizo.

Un hechizo que la obligaba a actuar contra su voluntad.

Súbitamente, tambaleándose y moviéndose descoordinada, volvió a ponerse de pie. Intentó hablar… pero solo emitió sonidos inentendibles, como si pasara de un idioma a otro.

Intentó levantar el brazo; sin duda, quien controlaba su mente la estaba haciendo sufrir. Lancé una mirada rápida al público: en algún lugar debía estar la causa.

Pero desde tan lejos las personas no se distinguían mucho unas de otras. Y todas parecían responderme con la misma sensación que tenía yo: sorpresa.

Respiré para encontrar calma ante una situación que escapaba de mi control.

Mientras tanto, Drusila y Silvia intentaban rastrear la fuente de esa energía entre la multitud, pero saltaba de un extremo a otro de las galerías, frustrando a ambas.

—Ella no está interesada en combatir… ¡rayos! Esta podría ser nuestra oportunidad —exclamó Silvia, enojada ante la actitud esquiva de Airlia.

—No es tonta, Silvia. El statu quo le favorece: acumula energía y altera el mundo lentamente. Recuerda que ella es solo la representante en esta época de esa bruja —tosió suavemente y continuó—.

Lo que me preocupa es… ¿por qué este concurso le importa tanto? Si gana, podría acelerar el proceso. El dinero y la fama favorecerían el culto de Laporia, pero hay algo que no encaja.

Drusila miró hacia el escenario, hacia la banca donde estaba Calendre, y luego volvió su mirada a Silvia, que comenzó a sentir que de alguna manera la estaba asociando con ella.

Mientras tanto, en el escenario, la energía mágica volvió a concentrarse en la mano de la Geisha, tomando forma de horquilla. Sorprendida, di un paso atrás.

La magia ganaba terreno en este mundo y, a cada paso que crecía, el futuro de la ciudad languidecía bajo la rescritura de un ente caprichoso.

Al fin, en un intento desesperado, la descoordinada Geisha logró pronunciar palabras:

—C…L…A…U…D…I…A…

En su mirada no había enojo ni odio, sino miedo. Casi como implorando un pedido de ayuda.

Mientras sus ojos se perdían, era como si su cerebro volviera a reescribirse y ella intentara detener ese proceso. Era consciente de que estaba siendo usada a discreción de Airlia.

Ya no era una batalla de enemigas. Ni siquiera se trataba del tiempo o de ser la mejor. Era por liberarla de ese destino, de esa pesadilla.

Debía ser terrible para Karina Bravia, la orgullosa matadragones, sentir cómo todo lo que era cambiaba una y otra vez. Cómo recuerdos de actos que no eran suyos comenzaban a formar parte de ella, modificando todo lo que siempre había sido.

Sintiéndose usada, cada vez menos humana. Convirtiéndose en algo sin forma, sin pasado, sin futuro. Lo que era mañana quizás ya no lo sería, y lo que fue sería distinto a lo que es ahora.

La imagen que transmitía era desesperación e impotencia pura. Hay formas y formas de ganar, pero esta no era la que yo deseaba… y menos la que Karina deseaba conseguir.

—¡Basta de esto! —guardé mi báculo y miré mi collar; tal vez podía consolar su corazón y liberarla de esa tortura. Me acerqué hacia ella sin intención de hacerle daño.

Podría haber ganado fácilmente, simplemente dándole el golpe de gracia. Pero no de esa forma. No jugaría el juego de Airlia.

Como pensaba, a medida que avanzaba, mi actitud al caminar desarmada generó más confusión en Karina. La magia de Airlia se volvía menos eficaz, pues no solo debía lidiar con cambiar la mente y el cuerpo de Karina, sino también con una reacción inesperada mía.

Sentía cómo recibía el apoyo de la pequeña parte del alma que aún seguía siendo Karina.

La Geisha intentó atacar, pero algo detuvo su idea de lanzar la horquilla al verme desarmada. Su enojo y su miedo comenzaban a disiparse.

“¿Por qué alguien iría desarmada hacia mí? ¿Por qué debo hacerle daño?”, eran preguntas que la paralizaban.

Entonces agachó la cabeza y tapó sus oídos, intentando resistir la magia que Airlia le enviaba desde algún rincón.

Decidí arriesgarme. Tal vez sacrificaría algunas de las plumas de Tomoe, pero si eso potenciaba el escudo de mis brazaletes lo valía. Además, tenía mis aros: haría todo lo posible para que este escudo fuera su refugio.

Activé el escudo, no como arma ni como defensa, sino como un espacio. Un espacio donde solo estábamos Karina y yo.

Karina me miró sorprendida. La magia que intentaba cambiarla no podía atravesar el escudo. Su mirada perdió el enojo y se tornó aliviada, mientras el maquillaje de arroz comenzaba a diluirse, dejando ver su verdadero rostro.

Respiraba entrecortada, apenas podía caminar, casi se tropezaba. Logré sujetarla y la abracé sin miedo, sin vergüenza, sin culpa.

Ya no podía verla como enemiga, incluso si tenerla cerca significaba tener una cuña de Airlia junto a mí. Eso no importaba: solo quería que no sufriera más.

En su sufrimiento me reflejaba a mí misma, recordando aquellas noches en que deseé un abrazo y solo encontré silencio. Podría ser mi rival, pero ni a mi más acérrima rival le desearía eso.

Ese abrazo fue cálido, puro y sincero. Esa sensación que sentía como cortesana y como ser humano me hacía feliz.

Pude sentir ambos corazones latiendo juntos. Entonces, sorprendida, noté cómo la cabeza de Karina se acomodaba entre mis… ¿¡senos!?

Tuve un pensamiento extraño, quizás solo era la emoción de Karina… pero resultaba incómodo tenerla tan cerca. Pensé en qué haría Silvia si me viera así.

—¿Te encuentras bien? No te preocupes, ya todo pasó.




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