La Cortesana del Tiempo

Consumida

Orgullosa, Helena preparó tres nuevas piedras. Ver a Calendre de rodillas la llenaba de satisfacción: al fin tenía el reconocimiento que siempre había buscado. Su mente divagó, recordando el burdel de Atenas, donde había estado en esa misma posición, entregada a la muerte. Ahora se sentía alta, poderosa, libre.

Ese instante de distracción permitió a Calendre sacar su guitarra. Intentó tocarla, pero ningún sonido emergió. Helena río de nuevo, una risa muda pero intensa. Dio un paso atrás, hizo una reverencia irónica y lanzó los tres peñascos. Para su sorpresa, se desviaron.

—¿Qué está pasando? —pensó, desconcertada.

Calendre sonrió, se levantó y sacudió el polvo de su ropa. Con la guitarra como mazo improvisado, se lanzó contra Helena, quien esquivó. Entonces, al tocar las cuerdas, el campo de insonoridad comenzó a resquebrajarse. Helena la miró atónita.

—¿Cómo…? ¡Es imposible! .Admito que tu barrera me descolocó un poco, pero… —Calendre levantó un dedo y fingió ajustarse unos lentes invisibles con burla— tu barrera no elimina el sonido, solo lo que tus oídos perciben. Para romperla y alterar el curso de tus peñascos no necesito que lo escuches: trabajo en una frecuencia que tu magia no silencia.

Enfurecida, Helena intentó golpearla, pero recibió un guitarrazo que la arrodilló de nuevo. Atónita, pensó: ¿Qué clase de material es este instrumento?

El público maravillado ante el giro de los eventos aclamaba sorprendida cuando Helena clamo al cielo

—¡Mi señora Airlia, ayude a su fiel doncella! —gritó Helena.

Y en su mente, una voz susurró:

—Deja que la ira te consuma… y ella hará el milagro.

Calendre 3 Helena 2

Entonces sintió un calor profundo que emergía desde su corazón y se extendía por todo su cuerpo. Era una sensación cálida, como nunca antes había experimentado. Sin duda, era el poder de Airlia manifestándose en ella, dándole energía y sentido. Tan adictiva como una droga: la hacía perderse en las emociones y en el deseo de derrotar a Calendre. Le otorgaba fuerza claridad y certeza donde antes solo había dudas, debilidad e incertidumbre.

Ante todo esto no era de sorprender que Helena volviera a levantarse. Extendió su brazo y, en la palma de su mano, comenzaron a surgir pequeñas esferas de energía. El público quedó boquiabierto, y Calendre intentó procesar cómo su rival había cambiado tan súbitamente de ánimo.

Helena parecía confiada, pero en sus ojos había un vacío: no era ella misma, sino un recipiente en el que alguien había depositado poder, pero era soportable se sentía útil eso lo era todo.

—¿Cómo puedes dejar que esa loca de Airlia te controle? —exclamó Calendre.

—¿Qué sabes tú de ser controlada? —Respondió Helena con rabia—. Nunca tuviste que demostrar nada a nadie. Veamos qué puedes hacer cuando te ataque con mi magia.

Las pequeñas esferas de energía se lanzaron como balas mágicas hacia Calendre. Ella retrocedió, usando su guitarra como escudo. Contra todo pronóstico, el instrumento resistió el ataque, recibiendo apenas algunos rasguños.

—¿¡Cómo es posible!? —gritó Helena, contrariada por el paupérrimo resultado de su magia.

Fuera del escenario, noté a Drusila observando con un dejo de preocupación.

—¿Pasa algo, Drusila? —pregunté.

Ella me miró como si analizara cada detalle, y finalmente expresó lo que la inquietaba:

—Hay algo en Helena que no me gusta…

—¿Algo? ¡Si literalmente fue capaz de acabar con sus compañeros en la mazmorra!

—No me refiero a su carácter, sino a otra cosa. Está siendo usada por Airlia.

—Como Karina… pero eso es esperable de Airlia —respondí, intrigada por lo que tanto preocupaba a la sacerdotisa.

—Helena es una usuaria avanzada de lo que llamaríamos magia. Sin duda está siendo controlada por Airlia, pero a pesar de ese incremento de poder, no se refleja en sus ataques.

—¿Cómo puede aumentar el poder de alguien y no aumentar su fuerza de ataque? —pregunté, confundida.

Drusila me dio un ligero golpecito en la cabeza.

—¡Auch!

—Siempre en la luna, Claudia. Esa energía está siendo guardada para algo… para usarse en el momento adecuado.

—Entonces Calendre debe tener cuidado.

—Sí. Airlia no está usando su magia para ganar el torneo. Lo hace para crear una nueva ola. Si eso ocurre, el mundo cambiará aún más.

—¡Recién estoy adaptándome a este mundo y ya lo van a cambiar! —me lamenté en voz alta, casi chillando.

De improviso, Karina tapó la boca de Drusila y Silvia tapó la mía.

—¡¡No es hora de comentarios!! ¡¡Miren, algo está pasando!! —dijeron ambas al unísono.

Calendre 4 Helena 2

El teñir de la música era inspirador para todos… menos para Helena. Esas notas parecían restringir aún más sus movimientos. Su incapacidad de atacar a Calendre comenzó a generarle visiones: impotencia mezclada con rabia y rencor.

“¿Por qué…? ¿Por qué no puedo ganarle?”

Recordó cómo Airlia la había rescatado, cómo la preparó para ser alguien especial, cómo sintió por primera vez el fluir de la magia en sus dedos. Por un tiempo tuvo propósito, una meta. Sabía que Airlia tenía su propia agenda, pero ser útil por su propia fuerza era lo mejor que había recibido en una vida donde solo querían usar su cuerpo.

Era poco… y a la vez valioso. La única persona que le dio la oportunidad de crecer, de vivir, aunque fuera como instrumento. Y ahora estaba siendo derrotada por una herramienta rebelde, por alguien que parecía tener algo más que ella: el aprecio de Airlia.

Ese pensamiento la quemaba por dentro. El ardor se reflejaba en su piel, en su sudor, en sus ojos. Una certeza: NO.

Quería demostrar su valor, ser la “herramienta definitiva” de Airlia, a quien admiraba y adoraba tanto como a la diosa Laporia. Tenerla tan cerca y tan lejos a la vez era insoportable.

La música de Calendre cubría todo, incluso su vida silenciada. El coro de la gente, los versos, los acordes… hasta el marcador la ignoraba, este simplemente seguía contando.




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