La Cortesana del Tiempo

Acercandose el peligro viene ya

La oscuridad reinó, seguida de una tenue sensación de paz.

Sintió que se acercaba a una gran luz cálida y viva, pero no podía alcanzarla, por más que intentaba llegar a ella. Cuando pensó haberlo logrado, vio con asombro y temor como esa luz cambio, se volvió enceguecedora y fría, carente de vida.

La desesperación la envolvió mientras su respiración rápida y entrecortada intentaba controlar los espasmos involuntarios de su cuerpo. Estaba sobre una mesa de un material extraño, amarrada por cadenas flexibles pero imposibles de romper.

—¿Quién eres? —una voz anónima interrumpió su vacío.

—L… Calendre… —quiso decir su nombre, pero el impulso de pronunciar otro la asustó , no era su nombre pero era lo que debía responder.

—Veo que aún parte de tus recuerdos pasados se han mantenido… aunque me temo que no significan mucho, señorita Calendre, ya que solo el algoritmo dejó lo que podía serme rentable para mis objetivos.

—¿Quién… eres? —sus ojos intentaron buscar de dónde provenía la voz pero la sala blanca inmaculada impedía ver quien era. El entorno era ajeno, imposible de reconocer como hogar. Aunque por más que intentaba no tenía idea de cuál podía ser su hogar .

A su alrededor aparecieron ventanas con mensajes que flotaban en el aire. Sus ojos miraban los signos extraños, pero los reconocía… ¿latín? Sentía que no debía entenderlos, pero para su asombro y temor sí los comprendía, como si fueran parte de ella misma.

—Yo soy quien te trajo a este mundo para que brilles, para que conozcan tu talento donde sí pueden apreciarlo.

—¿Talento?

—Es divertido, quizás no lo entiendas ahora, pero lo harás. Tienes habilidades para la guitarra… solo necesitabas algunas mejoras para que tu talento me sea útil.

—¿Útil? ¿Guitarra?

—Vamos, sé que querías ser participe de esto. No necesitas recordarlo, simplemente lo sabes. Así es el alma humana: puede olvidar los detalles de una vida, pero nunca olvida el combustible que la motiva a surgir.

Desde el techo, unos brazos metálicos sujetaban un instrumento extraño. Vio sus cuerdas y sintió un impulso por tocarlas. Eran lo único familiar que su mente podía reconocer.

—Ella será tu amiga, quizás la única. Eres una herramienta, una vista al futuro de un mundo donde tu lugar es claro, único y perfecto.

—¿Herramienta?

—Todo lo que fuiste o creíste ser desapareció de tu mente. Tu único propósito es preparar el camino al futuro de la humanidad. Ese es tu norte. No eras nada, ahora eres algo… algo único, especial, valioso. Eres el instrumento que señala el futuro, la integración entre pasado y futuro. ¿Qué mejor prospecto? Imagina las posibilidades: podemos traer a este mundo a los grandes genios del pasado, mejorados con la IA. Escritores, generales, talentos que antes estaban limitados por sus propias personalidades, liberados gracias a la IA que elimina esos molestos errores que todos los humanos llevamos.

—¿Y si no quiero…?

—Tu conciencia quedará encerrada en un rincón donde nunca saldrá. O quizás la use para crear a alguien más… receptivo.

Imágenes de vacío y silencio llenaron su mente. Un segundo se sintió como cien años. Esa voz tenía el control de su existencia. Sabía que podía desconectarla de la vida y convertirla en una cosa sin cuerpo, atrapada por la eternidad en un minúsculo cuadrado plano.

Sentía que una parte de ella lloraba en silencio, mientras otra escuchaba sobre entidades, transferencia de conciencia, algoritmos capaces de destruir y reconstruir personas.

—Sí, mi… —no quería decirlo, no debía, pero sus músculos y labios se movieron solos.

—Sí, mi señor… —esbozó una sonrisa. No nacía de ella, era la reacción que el algoritmo le indicó. Comprendió en ese momento las reglas de aquel juego.

—Eres mi orgullo. En tus ojos veo mi obra, mi legado y mi condena —finalizó la voz, con una larga y estereotípica carcajada.

Ese recuerdo que se deslizó en la mente de Calendre hizo que bajara su guardia. La figura de Helena delante suyo, imposible de alcanzar, y en sus dedos la pequeña y ardiente bola roja que se deslizó hasta la punta del dedo índice, apuntando directamente al corazón. La risa maniática de Helena retumbó cuando la bola roja atravesó el cuerpo de su rival.

Calendre dilató sus pupilas y sus ojos se abrieron en una expresión de sorpresa. Mientras una gota de sudor resbaló por su rostro, su mirada se fijó en Helena, con la boca abierta y una mueca de risa, sus ojos enfocados en el dedo índice que golpeaba a Calendre. Ambas cruzaron miradas y entonces… silencio. Se miraban como si esperaran algo. Un silencio incómodo que se prolongó por unos instantes. Un juego de miradas desfilaba emociones: éxtasis, miedo, perplejidad, sorpresa, incertidumbre y extrañeza. Hasta el público contuvo la respiración; todos participaban en la danza del silencio y de lo inesperado. Entonces:

Calendre 6 – Helena 3

Nada…

Ambas se miraron sin saber cómo reaccionar. Ese silencio lo quebró Calendre, quien retomó sus sentidos y le dio una cachetada a Helena. Su rostro mostraba perplejidad al ver cómo su rival parecía recuperar sus sentidos tan rápidamente. Su mirada reflejaba una angustia creciente. ¿Es ese el poder, la bendición de Laporia? Las palabras fuertes de Calendre la hicieron reaccionar:

—Eres una estúpida, ser útil no tiene sentido si después serás olvidada. —¡Cállate! No me importa desaparecer por la gloria de Laporia.

Calendre no pudo evitar esbozar una sonrisa mientras, con su mano izquierda, presionaba el lugar donde recibió la herida. Agachó la cabeza, negando con un gesto.

—Perecer tal vez sea nuestro destino, pero… yo dejaré algo, algo propio. No de Plainevils, ni de la Neoreina, ni de Airlia.

Enfocó una breve mirada a Claudia, que andaba distraída y no vio cómo Calendre bajó levemente la cabeza, casi como pidiendo disculpas. Retomó su actitud vencedora y enérgica hacia Helena:




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