La Cortesana del Tiempo

La inbatible Calendre

Estaba en el escenario, rodeada de cientos de vítores y gritos que formaban un ruido que hacía latir mi corazón, casi como si anunciara —junto a las nubes negras— que algo estaba por pasar, algo más fuerte que el final del concurso de poesía. Una molesta inquietud me desconcentraba, como si algo estuviera por llegar… y no era la lluvia, definitivamente no lo era.

Entre el ruido indescifrable, las palabras de Marcus volaban apenas perceptibles en mis oídos, gracias a todo ese estruendo que silenciaba cualquier voz que intentara alzarse en el odeón.

Apenas alcancé a escuchar: “la consoladora legendaria”. ¿Por qué, de todas las palabras de Marcus, tenían que ser esas las que llegaran a mí? Me deslicé algo incómoda con mi estola, maltratada después del combate con Karina. Aproveché de observarlas: parecían sonreír, aunque Drusila se veía seria, como si analizara algo. Era inquietante. “Confía en mí”, esa frase intentaba guardarla en mi corazón. Entonces logré escuchar otras palabras de Marcus:

“La imbatible Calendre…”

Más aplausos, más gritos. Debía reconocer que muchas personas se sentían particularmente atraídas hacia Calendre… y quién no: aventurera, letal, misteriosa. Es perfecta. Debía admitir que, aunque yo fuera cortesana, ella también era especial para mí. Sentía que me faltaba esa capacidad de guiar mi propia vida: antes fueron mis padres, ahora era Drusila. Pude divisarla llegando al odeón.

Calendre caminaba lentamente, su máscara de kitsune puesta, altiva en su mirada. Aparecía distante, con la guitarra en la espalda: una postura extraña para una rival cuya mejor arma era precisamente su guitarra. Mis ojos la buscaban, pero solo encontraba vacío. Se detuvo y miró al público… o más precisamente a Drusila. Ambas intercambiaron miradas distantes, como si debatieran en silencio. Calendre giró la cabeza, negando intempestivamente.

Al verla, no pude evitar exclamar con un tono agudo por la emoción: —Calendre, es un honor…

Algo cambió en su disposición. Dio un salto, dirigiéndose a toda velocidad hacia mí, sacando una daga de su mano izquierda. La escena era tan extraña que me paralizó. ¿No era la misma Calendre que me ayudó en la mazmorra? ¿Por qué ese cambio?

—¡¡¡Claudia, cuidado!!! —la voz de Silvia me hizo reaccionar. Intenté esquivar, pero la hoja de la daga se deslizó rozando mi rostro. Un corte suave, apenas perceptible, pero suficiente para que unas gotas de sangre cayeran al escenario.

Claudia 0 — Calendre 1.

La gente vitoreaba, aplaudía, gritaba… pero para mí solo había silencio, sorpresa, miedo. —¿¡Calendre… por qué?!

No entendía qué había pasado. Sabía que esta sería una batalla, pero nunca pensé que ella intentaría matarme. Necesitaba una explicación, ansiaba una respuesta.

Calendre respondió en tono seco y lacónico, casi como dando una instrucción. En sus ojos había una voluntad de derrotarme, incluso si eso implicaba quitarme la vida. —Solo te lo diré una vez, señorita cortesana: mientras sigas siendo esta versión defectuosa de ti, perderás inexorablemente. Si no atraviesas el desierto, solo servirás para que Airlia y la Neoreina consigan sus propósitos. Ahora tu único propósito es vencerme, y tu única opción es seguir mi camino y perderte en el desierto.

—¿Desierto? ¿A qué te refieres? ¿De qué hablas? ¡No entiendo!

La máscara de Calendre no pudo ocultar un leve sonido risueño que contrastaba con su pose seria y su actitud de preparar un nuevo ataque.

—Yo te haré entender… Claudia.

De un nuevo salto se dirigió con su daga hacia mi corazón. Aún estaba procesando la situación anterior, pero rápidamente activé mi escudo. La fuerza del ataque, rápido y sorpresivo, me hizo caer estrepitosamente, quedando sentada en el escenario. Quise decir algo, pero no pude emitir voz alguna.

Calendre se acercó hacia mí con un tono que variaba entre irónico, rudo y resignado:

—Eres débil, y así nunca podrás vencerme. Llegaste creyendo que esta vida te haría feliz; pobre iluso. Te deslumbraste pensando que, al cambiar de cuerpo, abrirías las puertas a todos tus deseos; en realidad, esas luces son engañosas, porque nunca te has enfrentado a un verdadero problema. Recuerda: si usas esta vida como refugio, perderás… y, en consecuencia, este mundo será cada día más absurdo. Vivir sin arriesgar es solo cumplir lo que otros esperan de ti.

Sentí que sus palabras me desnudaban el alma

—¿Tú cómo sabes de mi pasado…?

—Creo que olvidas el hecho de que soy una entidad, y que también he estado trabajando con Airlia. Todos saben que eres el segundo convocado de Drusila.

—¿De qué hablas…?

Era obvio que la palabra “segundo” me dejó con una corazonada. Algo nuevo surgió en mí: un presentimiento. Involuntariamente giré la cabeza hacia Silvia.

Calendre también giró hacia ella, levantando los hombros en resignación. —Dicen que las palabras hieren más que las notas de mi guitarra… o en este caso, de mi daga. Pero tenía este truco para este momento: quien no cambia, quien solo se conforma sin preguntar, sin transformarse, terminará perdiéndose en este mundo.

Me miró al rostro, alzó la mano y lanzó su máscara lejos. —No olvides esto, cortesana: para sobrevivir en este mundo, ya sea para salvar o cambiar el curso del tiempo, todos hemos sacrificado algo. ¿Qué has sacrificado tú?… Obvio, nada. Pero esto va a cambiar.

Tomé fuerzas, lo poco de orgullo que me quedaba.

—No me has derrotado, Calendre… aún no.

Ella esbozó una leve sonrisa.

—Prepárate… iré en serio.

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Ella levanto su máscara y esbozó una leve sonrisa y entonces… aceleró.

Sus pasos fueron tan veloces que apenas podía seguirla con la vista. A duras penas logré esquivar ese golpe (¡gracias, flexibilidad de cortesana!), pero entonces decidió atacarme con su mano libre. El escudo me protegió, aunque no del sorpresivo barrido con su pierna que me hizo tropezar estrepitosamente.




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