La Cortesana del Tiempo

Danza con Símbolos

Drusila frunció el ceño, cerró los ojos con fuerza intentando concentrarse. Silvia llevó su mano derecha al corazón mientras observaba la expresión de tensión en el rostro de Drusila.

La energía del aura violeta comenzó a tomar forma: una pequeña aguja luminosa.

—¿¡Una aguja!? —exclamó Karina, sorprendida, intentando relacionar la majestuosidad del momento con la realidad de ver algo tan simple.

—Espera, Drusila… ¿vas a clavar esa aguja en Claudia? Eso será doloroso.

—¡¡¡Silencio!!!

La fuerza de su palabra bastó para callar a todo el grupo.

—Perdóname… perdóname… —murmuró, con el rostro tenso, las venas marcadas en sus manos mientras sostenía la bola negra con delicadeza. Una lágrima resbaló por su mejilla.

—¡¡¡¡Eres nuestra última esperanza, Claudia… no nos olvides!!!!

El grito apagó cada voz y murmullo del odeón.

—¡¡¡¡¡Drusila, hazlo!!!! ¡¡¡¡Es mi deseo!!!!

Aquel clamor sonó épico, nacido de mi corazón, pero trajo consigo un eco del pasado:

Sin gracia.

Ese pensamiento antiguo volvió como un fantasma conjurado por la situación que mi corazón sentía. Siempre que creía encontrar un camino, llegaba la misma frase:

Sin gracia.

Cada vez que intentaba hacer algo por mí misma, el miedo me paralizaba. Y cuando lograba sobreponerme, la sentencia lapidaria golpeaba mi corazón.

Podía intentar cocinar, redactar un informe con ideas nuevas, dar una sugerencia o vender algo… pero la respuesta era siempre la misma: rostros inexpresivos, silencio que cortaba más que un cuchillo… más que una aguja.

—¡¡¡¡Eres nuestra última esperanza, Claudia… no nos olvides!!!!

La voz de Drusila me interrumpió. La aguja se dirigía hacia mí.

Por un instante pensé en esquivarla, pero comprendí que era necesario. Respiré hondo y esbocé una tímida sonrisa hacia Calendre, que parecía aliviada. Su rostro mostraba una serenidad distinta a las tensiones del pasado.

Lamenté nunca haber tenido la gracia para resolver problemas sin seguir instrucciones de otros. Quizás ese era mi propósito…

Sin gracia.

Recordé a la heroína imposible, aquella de quien murmuraban esa frase cuando su descoordinación la hacía cometer errores. Dolía escucharlo, como me dolía a mí cada vez que intentaba algo y me respondían con indiferencia.

El leve impacto de la aguja fue como un pinchazo cálido que comenzó a expandirse por todo mi cuerpo. Agaché la cabeza, sujetando mi corazón.

Cerré los ojos… por un momento imaginé que regresaba a casa, pero la imagen no era la que recordaba. Vi un desierto dorado de trigo, un jardín y un pedestal vacío. No era mi hogar, pero se sentía cálido.

Al abrir los ojos, de rodillas, me encontré frente a Calendre. Ella acarició mi cabello suavemente y esbozó una sonrisa.

—Prométeme que volverás…

Sus ojos, por primera vez, mostraban una expresión más humana que nunca.

Siempre admiré esa decisión, esa capacidad de saber qué hacer, todo lo contrario de mi mente. Resabios de mi pasado me recordaban que nunca pude encontrar mi propia luz. ¿La encontraría de esa manera?

Me quedé mirándola fijamente, traté de sonreír, pero mi conciencia comenzó a desvanecerse.

Calendre 6 – Claudia 3

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Otra vez la oscuridad, pero a diferencia de la primera vez sentí frío, un escalofrío en mi mente. Visiones nublosas, ecos de un pasado que parecían arrastrarme hacia un pozo oscuro…escenas cruzaron mi mente

—¿Qué haremos contigo si no tienes gracia? ¿Por qué volviste a fallar en el examen?

—La verdad… no lo sé.

—¡¡Tienes 28!! ¿Y aún no sabes qué hacer con tu vida? ¿Por qué te volvieron a rechazar?

—No lo sé, solo que no tenía el perfil…

Miré hacia el lado sin entender por qué en el test de colores elegir el violeta era tan malo. Quizás en mi inocencia creía que verían más allá del color, que verían mis respuestas, mi deseo de pertenecer. Pero no… otra entrevista fallada, otro medio año de desempleo.

—Sabes, Claudio, sé que te esfuerzas, pero no tienes el talento que se necesita. No me transmites energía… me cuesta verte como alguien capaz de realizar este empleo.

Pensaba que si me dedicaba a estudiar lo que se suponía que debía estudiar, el camino se abriría. Pero la vida muchas veces no abre la puerta que deseas. El mundo cambiaba y yo no podía seguir su ritmo.

Cada libro, cada nueva materia costaba más que la anterior. Y lo peor: lo aprendía y lo olvidaba. Veía la pantalla del test y quedaba en blanco, visualizando píxeles, puntos, datos…

La oscuridad comenzó a iluminarse con símbolos y números, algunos conocidos, otros no. Cada símbolo tenía su lugar, su propósito.

En algún momento pensé en mi vida como Claudia. ¿Ese era mi mundo?

Tenía que entender algo: no era mi época, estaba en misión. Silvia… solo había visto a la legendaria consoladora, no a la persona que no sabía cómo vivir un nuevo día sin respuestas.

Pensé que esos fantasmas se habían ido, pero ahí estaban. Mi único alivio era ver los símbolos flotando a mi alrededor.

Algunos ingresaban en mi cuerpo, otros lo atravesaban. Flotaban inmutables, no cambiaban su significado, pero podían crear nuevos mensajes, nuevas ideas.

Necesitaba esa capacidad, necesitaba sentirme útil.

Había avanzado como cortesana, pero ahora, en un verdadero peligro, se necesitaba algo más que buenas intenciones o saber cuándo consolar un corazón.

Me faltaba convencimiento, carisma, viveza, armonía, fluidez… todo lo que creía tener al ser Claudia.

Pero ¿era esa Claudia realmente yo, o solo el hechizo de Drusila?

Necesitaba certeza, necesitaba datos. Mi única arma eran las certezas que podía construir.

Los símbolos a mi alrededor me susurraban ideas…

“Algo le pasa a Calendre, su poder parece disminuido. Si distorsionas su sonido, puedes alterar los efectos de sus poderes. Es simple lógica.”




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