La mañana en que todo inició no fue nada diferente; había despertado como muchas otras y me dediqué a mi rutina: corrí desde mi casa, en un vecindario agradable, con hogares que albergaban a muchas familias y cuya arquitectura no superaba los dos pisos. Los jardines estaban siempre podados y verdes; incluso el parque, que era siempre mi destino, se encontraba pulcro y limpio.
Allí me dediqué a hacer varios estiramientos y ejercicios, permitiendo que toda la energía que me abarcaba fluyese mientras corría de regreso a mi hogar. Entré en casa como de costumbre; el delicioso aroma que bañaba el aire me hizo saber que mi abuela se había despertado, y no solo eso, estaba preparando el desayuno. Por el aroma, debían ser huevos revueltos con tomate y café recién hecho.
—Buenos días, abuela —saludé desde la entrada, colgando mis llaves en el clavo de color blanco.
—Buenos días, cariño —le oí decir desde la cocina—. Ve con prisa a ducharte, se te hará tarde por andar corriendo de aquí para allá —me aconsejó con esa dulce voz de la cual nunca perdía ese tono preciso, ni siquiera cuando se enfadaba. Sin embargo, cuando el humor se le subía a la cabeza, daba unas miradas que harían al mismísimo señor de las tinieblas temblar de miedo. Era mejor no hacerle enfadar.
—No me tardo —le dije.
Subí las escaleras de madera color marrón de dos en dos. La abuela me había advertido que no lo hiciera, que era peligroso, pero a mí no me lo parecía, por eso nunca le hacía caso. Ya en mi habitación, rebusqué entre mi desorden un par de zapatos que no apestasen y los tiré a un lado; recogí mi toalla y me di una ducha veloz, peiné mi cabello y me vestí.
Regresé al primer piso. Como siempre, al entrar en la cocina se percibía la limpieza, todo en orden, tal como a mi abuela le gustaba mantenerlo. Me senté en la silla roja que, desde que llegué, había sido para mí.
—Cariño, estás todo despeinado —me indicó. Le sonreí y sacudí mi cabeza en negación.
—Así estoy bien, abuela, a la moda —hice un guiño. Sus cejas se juntaron y fue su turno de agitar la cabeza.
—Los jovencitos y lo que llaman moda.
Sonreímos. No pude evitar mirarla con adoración; ella se había convertido en mi constante desde que el matrimonio de mis padres había llegado a su fin y yo había sido desterrado de mi antiguo hogar. No era que alguno de los dos supiese qué hacer: ambos eran personas de negocios, ocupados todo el día, y no tenían idea de cómo llevar sus ajetreadas vidas con un niño pequeño. Así que hicieron lo que les pareció más simple: dejarme con la abuela.
En un principio todo apestó para mí, apenas y tenía seis años; fue horrible, torturador, y lloraba mucho. De verdad echaba muchísimo de menos a mis padres: el ver a papá todas las mañanas leyendo la sección de deportes de su periódico, y encontrar a mamá leyendo documentos sobre su trabajo cuando apenas eran las siete de la mañana y el desayuno se estaba cocinando. Fue una época compleja. Unos meses después de vivir con mi abuela, me acostumbré y comencé a sentirme como en casa. Era imposible no hacerlo: la abuela me sobornaba con galletas caseras con chispas de chocolate, y ¿cómo no caer ante semejante tentación?
Engullí los alimentos preparados para mi desayuno; el ejercicio matinal me había dejado hambriento y las clases serían aburridas y tediosas, así que necesitaba una buena dosis de energía. Seguramente estaría acabado cuando terminase el día.
—No te atiborres de comida —sentí el tenue golpecito de una toalla de cocina en mi hombro derecho—, así no aprovechas los alimentos, para sacar los nutrientes…
—Se debe mascar adecuadamente —completé su frase—. Lo recuerdo, abuela, me lo has dicho muchas veces.
—Entonces, ¿por qué parece que no me escuchas cuando te hablo? —me reí con la boca llena. Menos mal no me vio, porque me habría corregido.
No me dijo nada más; se fue hacia su habitación, seguramente preparándose para ir a la iglesia. Era colaboradora del reverendo de nuestra comunidad. Después de todo, estaba jubilada de su trabajo como doctora de urgencias, por lo que dedicaba su día a día a estar en el club de costura, ir a la iglesia una vez por semana, tener reuniones con sus amigas, ocuparse de los quehaceres del hogar y cuidar de sus dos gatos: Mango y Diamante.
No sé por qué se los llamó así; cuando llegué ya estaban, así que no tenía derecho a opinar sobre sus nombres. Pero si hubiesen sido míos, les habría puesto nombres más geniales, como Mirringo y Asesino. Por lo menos Diamante era un asesino sin piedad: acababa con todas las aves que se pasaban por el patio. A veces sentía lástima por ellas, pero no podía hacer nada para salvarlas de las perjudiciales garras del felino.
Una vez que acabé el desayuno, cepillé mis dientes y recogí mi maletín del perchero; me aseguré de tener todos los libros dentro. Apenas estaba tomando los bolígrafos de mi mesita de noche cuando un sonoro claxon me sacudió hasta los pelos del cuello. Me apresuré a correr escaleras abajo. Di un portazo después de tomar mis llaves, y encontré a la causante del ruido: Carla, mi mejor amiga desde los once años.
Como siempre, estaba luciendo impecable, subida en el convertible rojo que le regalaron sus padres para su cumpleaños número diecisiete. Sacudió su mano con delicadeza, como era ella: fina, delicada y sonriente. Nos hicimos amigos cuando ella iba corriendo, despistada, tras un chico que le había quitado los lentes. El chico pasó muy cerca de mí y ella, sin verme, me llevó por delante, estampando mi espalda contra la pared más cercana. En ese tiempo yo era un peso pluma; si el golpe hubiese sido más fuerte, probablemente no habría visto el sol del día siguiente.