La Corteza del Roble

Capítulo 11

Sentía la tibia humedad sobre mis labios al mismo tiempo que mi corazón parecía comparable a un terremoto. No dejaba de bombear a toda potencia y hacía vibrar mi cuerpo como nunca antes. Mis manos se empaparon de sudor y mi mente daba vueltas; sentía las tripas encogidas, anudándose entre sí. Las puntas de mis dedos estaban muy frías y mi joven mente se encontraba nublada por los algodonados labios de mi mejor amigo sobre los míos.

No había cerrado los ojos, pero él sí. Los mantenía apretados con tanta fuerza que en sus párpados se formaban pequeñas arrugas, al igual que en su entrecejo.

Se veía precioso.

Sentí el temblor de sus manos y pude apreciar la tensión de sus hombros. Sin embargo, no conseguí observarlo durante mucho más tiempo porque el mareo producido por las mariposas asesinas de mi vientre comenzaba a ponerme muy nervioso. Relajé los párpados y fue entonces cuando me di cuenta de que Trevor no movía los labios.

Tampoco respiraba.

Al reparar en ello, descubrí que yo tampoco había respirado desde hacía un tiempo. Tenía el pecho tenso y los pulmones abrumados por la confusión de la situación.

Él se apartó primero.

Me arrepentí de no haberlo tocado o de no haber movido los labios para corresponderle el beso. No obstante, yo solo había besado manzanas y peras cuando intentaba aprender a besar. La situación no se comparaba ni por asomo con tener los labios que siempre había soñado pegados a los míos.

Cuando separé los párpados, lo observé. Me miraba encandilado, con las pupilas dilatadas, como un ciervo frente a los faros de un automóvil. Me preocupé por no haber reaccionado. Quizá le había dado una mala impresión o tal vez se había arrepentido de aquel impulso.

Ni siquiera sabía por qué lo había hecho.

Todo había sido demasiado repentino. No me había dado tiempo de comprobar si tenía mal aliento o los labios resecos.

Cuando lo vi retroceder, asustado, mi corazón se hundió. Al parecer, mi cuerpo y mi cerebro se desconectaron porque mis manos lo atraparon por los antebrazos y lo empujaron contra la estantería donde guardábamos las películas.

Trevor se quedó quieto.

Congelado.

Alcé una mano. Cerró los ojos con fuerza y encogió el hombro del lado hacia el que se dirigía mi tacto, como si esperase la peor de mis reacciones.

No iba a permitir que me tuviese miedo. Odiaba la sola idea de pensar que temía de mí. Así que acuné sus mejillas y mantuve su rostro fijo entre mis manos. Entreabrió los ojos para descubrir qué ocurría al mismo tiempo que yo cerraba los míos.

Uní nuestros labios.

Y pude deleitarme con nuestro segundo beso.

Sentí lo tibio que era, lo blando y, al mismo tiempo, lo firme. Me acerqué más y percibí el calor de su cuerpo. Trevor acomodó tímidamente las manos en mi cadera y apretó con más fuerza de la necesaria, delatando sus nervios.

No podía creerlo.

Moví los labios, sintiéndome completamente torpe, pero quería que se sintiera bien. Quería que recordara cómo era besarme en caso de que no tuviese otra oportunidad y aquel arranque suyo hubiera sido únicamente eso: un mero impulso.

Aparté aquellos pensamientos y lo besé. Tierno por momentos, más intenso en otros. Quería dejarle claro que estaba besando a alguien que lo adoraba más que a nada en el mundo. Pero que ese alguien era un hombre.

Sintiéndome atrevido, pasé los dientes por su labio inferior.

Trevor vibró con el contacto.

Me gustó saber que yo había conseguido provocarle aquella reacción pese a mi nula experiencia. Continué acariciando nuestros labios hasta que, de repente, los suyos respondieron con un movimiento tímido e inseguro.

Entonces comenzó una caricia mutua.

Un beso casto.

Perfecto.

Cuando mis pulmones volvieron a protestar por aire, me sentí molesto. Deberían haber sido capaces de albergar mucho más. Yo había añorado aquel momento durante años y el oxígeno me estaba haciendo la guerra para volverlo mucho más corto de lo que deseaba. No obstante, quería seguir viviendo, por lo que me vi en la penosa obligación de romper nuestro beso.

Apoyé la frente contra la suya y percibí cómo nuestras exhalaciones se cruzaban en el aire, mezclándose del mismo modo en que nuestros labios lo habían hecho apenas unos segundos atrás.

Escuchaba nuestras respiraciones agitadas. Me sentía ansioso por mirarlo, por saber qué iba a ocurrir y de dónde había surgido aquel impulso de besarme. De pronto, lo escuché quejarse.

Levanté la mirada. Sus mejillas estaban húmedas. Me aterré al verlo llorar. Pensé que le había hecho daño o que lo había acorralado sin darle oportunidad de apartarse.

—Oye —lo llamé en voz baja—. Mierda, Trev, lo siento.

Nunca había utilizado un diminutivo para su nombre hasta aquella noche.

—No quería asustarte.

Negó con la cabeza. Entonces me di cuenta de que hacía muchos años que no lo veía llorar. Específicamente desde que había muerto un hámster que uno de nuestros profesores le había regalado, y solo en ese momento lo recordé, que sí había llorado, aunque escondido en el baño y fingiendo que no le había dolido.



#588 en Novela romántica
#11 en Joven Adulto

En el texto hay: romance, drama, primer amor

Editado: 12.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.