Trevor no hizo movimiento alguno después de escuchar mi pregunta. Solo se quedó con los ojos abiertos, pestañeando repetidamente mientras sus dedos se tensaban hasta convertir sus manos en puños. Movió la boca como un pescadito fuera del agua y, por su forma de mirarme, sentí como si yo fuera un feroz león y él, mi presa.
Quise decirle algo porque me embargó la sensación de haber ido demasiado deprisa. Apenas nos atrevíamos a revelar nuestros sentimientos y yo ya quería marcarlo de alguna forma. Tampoco podía reprenderme a mí mismo. Había esperado aquello durante mucho tiempo. Quería que, de alguna manera, fuese mío. No me importaba tener, aunque fuera una pequeña parte de él que pudiera llamar mía. Añoraba la seguridad de que no iba a retractarse, de que no iba a perderlo.
Fue entonces cuando un aguijonazo de culpa me golpeó.
Su enamoramiento no había surgido de la noche a la mañana, como yo había pensado. Eran sentimientos de hacía mucho tiempo. No era correcto dudar de ellos, no cuando sabía lo complicado que era tener esos sentimientos dentro de uno sin poder expresarlos.
Pese a mi intento de raciocinio, la inseguridad no se esfumaba, como si estuviera pisando un suelo fangoso y en cualquier momento pudiera hundirme sin posibilidad de regresar. No podía evitarlo. La sola idea de perder a Trevor me llenaba de miedo e incertidumbre, y eso que «perder» era un término exagerado cuando él todavía no era nada más que mi amigo, uno con el que compartía muchos recuerdos y sentimientos.
—Vaya, vas más rápido que yo —dijo después de parecer digerir lo que le había dicho—. Me gustaría ser algo más que amigos. Lo he esperado mucho, pero quisiera que lo intentáramos primero, salir y hacer esas cosas que hacen las parejas.
La presión en mi corazón disminuyó.
—Puede sonar raro, pero no tenemos idea de cómo somos en una relación. Creo que eso es diferente a lo que hemos sido hasta ahora. —Arrugó la nariz, viéndose endemoniadamente tierno—. Siempre hemos sido mejores amigos, nos hemos contado mucho; sin embargo, las parejas son diferentes, ¿verdad?
Su razonamiento era sumamente lógico. Yo no tenía experiencia. Él podía haber besado a varias chicas, pero nunca había tenido novia, una relación de verdad. Llegué rápidamente a la conclusión de que las cosas debían de ser un poco diferentes. Al menos se sentían así. No éramos oficialmente nada y yo ya quería apretujarlo entre mis brazos y no dejarlo escapar.
—Me parece justo. Podemos salir, ir a citas y a otros lugares. Aunque hemos pasado mucho tiempo juntos, no voy a permitir que mires de más a las chicas.
Sus mejillas adquirieron color y bajó la mirada, centrándola en un zapato cercano.
—Eso solo lo hacía para despistar —confesó en un murmullo tan suave y delicado como la caricia del viento veraniego.
—Es bueno saberlo.
Mi mano derecha cobró vida y llegó hasta la oreja izquierda de Trevor. Acomodé un mechón de cabello negro detrás de ella y aproveché para acariciarla, notando los diminutos pelitos casi invisibles que la cubrían.
Contuvo la respiración. Su oreja adquirió una coloración rojiza y sus puños se apretaron. Mi comisura derecha se elevó, creando una sonrisa torcida provocada por él, pues nunca lo había visto así: tembloroso y tan alterado.
—Nico —susurró con voz estrangulada.
Atrapó mi muñeca y entrelazó nuestros dedos, alejándome con sutileza de una zona que lo ponía sensible, algo que había descubierto por pura casualidad, pero que nunca olvidaría.
—Nico.
Tanto su voz como su semblante se endurecieron.
Lo miré inquisitivo.
Él soltó una larga exhalación y apretó con fuerza mis dedos entre los suyos.
—No podemos dejar que mamá se entere. Al menos no hasta después de que cumpla los dieciocho.
Como reacción instantánea, mi entrecejo se plegó, pero comprendí de inmediato su preocupación.
La madre de Trevor no era precisamente una persona de mente abierta. Valoraba lo tradicional por encima de todas las cosas. Por eso detestaba a su marido por haberla dejado y convertirla en una madre soltera cuando su plan de vida siempre había sido ser ama de casa, criar niños y preocuparse únicamente por la tonalidad de las paredes. A pesar de eso, se había visto obligada a buscar trabajo y ser independiente, algo que nunca deseó y que, de algún modo, aborrecía.
No quería ni imaginar qué diría al descubrir que su hijo tenía una relación con otro chico. Seguramente haría cualquier cosa innecesaria con tal de impedirlo.
La sola idea me fatigó.
Mi mente hizo cálculos veloces.
Faltaban tres meses y medio y once horas para el cumpleaños de Trevor. Un mes después del mío, cuando yo ya tendría edad suficiente para decidir más sobre mi vida.
—Entonces lo mantendremos en secreto para ella hasta ese momento —afirmé.
Me sentía a gusto con aquella decisión porque no haría nada que pudiera afectarlo. Conocía a su madre y sabía que podía complicarle la vida a mi chico.
No iba a permitirlo.
—Gracias. —Se quedó pensativo—. ¿Podemos decírselo a tu abuela?