La Corteza del Roble

Capítulo 13

Al día siguiente, desperté al escuchar unos leves toquecitos en la puerta de mi habitación. Por un momento, pensé que era la abuela. Sin embargo, no era así, pues los golpecitos eran demasiado delicados para provenir de un ser humano.

Parpadeé varias veces antes de conseguir adaptarme a la luz de mi habitación y mi corazón se detuvo durante un instante al reconocer el rostro relajado de mi acompañante. Trevor todavía dormía profundamente, arropado hasta el cuello y con la cabeza girada en mi dirección. Una de sus manos estaba fuera de mi vista. Sin embargo, por la posición de su brazo, supuse que estaba cerca de su cabeza o quizá bajo la almohada. La otra se encontraba muy cerca de mí, pues tenía los dedos índice y pulgar metidos en el cuello de mi camiseta.

Mi pecho se llenó de sentimientos y desbordé alegría a primera hora de la mañana. Con devoción, atrapé la mano de Trevor y la llevé hasta mis labios.

No se inmutó.

Cuando los golpecitos se repitieron fuera de mi habitación, aparté su mano y me senté en la cama. Alrededor todavía se veía un tanto borrosas y por mi cuerpo circulaban torrentes de pereza.

Me puse de pie y me restregué los párpados con fuerza, apartando los rastros de lágrimas secas. Caminé hasta la puerta y, en el instante en que la abrí, Diamante atravesó el umbral. Se restregó contra una de mis piernas y siguió hasta la cama. Miró con mucha curiosidad al durmiente. Parecía desconcertado al encontrar otra figura humana en mi cama. No es que fuese la primera vez que Trevor se quedaba en mi hogar. Sin embargo, cuando lo hacía, solía dormir en el cuarto de invitados o en una colchoneta en el suelo de mi habitación.

No en mi cama.

A mi lado.

El gato no se subió al colchón. No por falta de interés, sino porque no le estaba permitido.

La abuela les había dado una rigurosa educación en lo referente a los muebles y las camas. No debía haber pelos de gato en ellos. Para eso, cada uno de los animales tenía una pequeña casita con colchón y juguetes dentro.

Diamante regresó por el camino que había recorrido hacía poco y restregó la cabeza contra uno de mis tobillos antes de marcharse.

Sonreí y me sentí un poquito alegre, ya que él podía ser esquivo cuando quería. No obstante, de vez en cuando hacía aquello de comprobar el estado de los humanos de la casa, como si quisiera asegurarse de que todo en su territorio estuviese bien. Pensé que, para él, sería una tragedia monumental que algo nos ocurriese, pues, de ser así, no habría quien le proporcionara alimento.

Caminé perezosamente de regreso a la cama, me recosté y me acomodé de forma que pudiese mirar a Trevor. Contemplé sus gruesas pestañas, su boca y su piel blanca, que contrastaba con la mía, siempre aparentemente bronceada.

Acaricié levemente su nariz. Subí por el tabique hasta su entrecejo y me desplacé por las cejas, peinándolas a mi gusto. Dejé de tocarlo durante unos segundos para después delinear sus labios. La pequeña sombra del bigote que se había afeitado me hizo sonreír.

Él siempre había añorado tener un gran bigote y barba porque decía que así eran los vaqueros y los hombres geniales, como su padre. No obstante, su genética no le había reservado aquella característica. Apenas poseía el vello corporal necesario y su vello facial era escaso, apenas suficiente para mostrar una sombra azulada cuando se afeitaba los pocos pelitos que surgían sobre sus labios.

—Eres guapo —le susurré, aprovechando que dormía.

Añoraba que, en sus sueños, mi voz lo alcanzara para que tuviese un mejor descanso.

Bordeé sus labios, intentando crear un trazado perfecto con las yemas de mis dedos. Él los separó un poco y, cuando tiré ligeramente del inferior hacia abajo, pude vislumbrar sus blancos dientes.

Liberé su labio.

Tragó y gimió cuando dejé de tocarlo.

Luego se estiró y tuve cuidado con sus manos y piernas.

Lo había visto estirarse varias veces y siempre era exagerado con los movimientos que hacía cuando deseaba relajar los músculos y las articulaciones. Para mi fortuna, estiró las piernas hacia abajo y los brazos hacia arriba, manteniendo mi integridad física sana y salva.

En el momento en que separó los párpados, después de hacer una mueca nada atractiva, sus ojos se enfocaron en mí. Se sorprendió durante un instante y hasta tuvo la osadía de pinchar una de mis mejillas, queriendo comprobar si yo era una alucinación o una jugarreta de su mente adormilada.

Sus labios se separaron con incredulidad. No me importó que todavía no nos hubiésemos cepillado los dientes. Acorté la distancia y uní nuestros labios en un corto besito.

—Es mejor que lo compruebes de esta manera. Pincharme la mejilla ha dolido un poco.

Sus cejas se alzaron y sus mejillas adquirieron color.

—Lo siento —tartamudeó antes de poder expresarse correctamente—. ¿Te he hecho daño?

Ahuecó una mano y acarició mi mejilla.

—Si digo que sí, ¿me mimarás más? —pregunté con socarronería.

Puso los ojos en blanco y apartó el contacto. Se sentó en la cama y, durante un instante, advertí temor en su mirada.



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En el texto hay: romance, drama, primer amor

Editado: 12.07.2026

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