Después de la partida de Trevor, me enfoqué en mí. Todavía estaba muy emocionado por él y por lo que significaba para mi vida todo lo que había ocurrido. A pesar de que las horas transcurrían, asimilarlo era complejo; sin embargo, eso no me impedía sentirme dichoso.
Por eso, cargado de energía, aquella mañana corrí una distancia mayor de la habitual. Estaba concentrado en mis pensamientos cuando recordé que pronto sería el cumpleaños de mi padre.
Solía llamarlo en todos sus cumpleaños. Pese a que él a veces olvidaba el mío por sus múltiples reuniones, yo nunca pasaba por alto el suyo, sin importar qué. Me gustaba hablar con él por el móvil, era como tenerlo cerca y me hacía sentir bien de una manera que no podía explicar.
Pensar en mi padre me hizo recordar que llevaba demasiado tiempo sin verlo. Solía enviarme fotografías; sin embargo, no se comparaba con el hecho de tenerlo cerca. Siempre compartía conmigo fotos de los viajes que hacía y los lugares que conocía.
Con mamá era una historia diferente. No solía llamarme y, los días en que yo la llamaba, contestaba su asistente para decirme que no se encontraba disponible.
Eso era lo habitual.
A veces me enviaba estados de cuenta para celebrar que había vendido ciertas acciones o festejar haber adquirido otras a un buen precio. Hasta compartía conmigo datos de la bolsa de valores cuando podía porque, según ella, estar al tanto de la economía mundial daba poder. De vez en cuando, también me enviaba alguna fotografía con su equipo de trabajo.
No tenía una fotografía propia como imagen de perfil en sus redes sociales.
Su foto era el logo de la empresa.
Al menos ambos me recordaban y me enviaban cosas materiales. Desde niño entendí que era su manera de mostrar afecto. Lo que no comprendía era el motivo, dado que, hasta donde sabía, ninguno de mis abuelos había sido de aquella manera.
Supuse que eran las ironías de la vida.
Regresé a casa a un trote más lento. Al transitar por la acera, divisé el auto de la abuela estacionado en su lugar.
Eso significaba dos cosas. La primera era que había regresado de la iglesia. La segunda, que tenía planeado salir nuevamente. Aunque lo que realmente me retorció las tripas fue recordar que debía hablar con ella sobre Trevor.
Podía mentirles a muchas personas. A veces hasta me mentía a mí mismo, pero a ella no podía hacerlo. Sencillamente no merecía falsedad de mi parte.
Inspiré profundamente antes de entrar en casa. Al hacerlo, encontré a Mango echado sobre uno de los escalones. Me miró y no se movió; sin embargo, volvió la cabeza hacia la cocina, de donde provenían varios ruidos.
Inspiré otra vez y me quité la sudadera que llevaba para colgarla en el perchero. Dejé el móvil y los auriculares sobre la mesita de la entrada. Con pasos lentos y, honestamente, cobardes, llevé mi cuerpo hasta la cocina.
La abuela se había puesto un delantal azul claro con pequeños estampados de nubes. Tenía el cabello apartado del rostro por una bonita diadema amarillenta y todavía llevaba el vestido de dos piezas color crema con el que supuse que había ido a la iglesia. Con sus hábiles manos, cortaba una verdura para la sopa que estaba preparando, mientras las otras ollas liberaban el vapor de los demás alimentos que se cocinaban.
—Buenos días, abuela.
Parecía estar muy concentrada, por lo que dio un pequeño brinco de sorpresa.
—Buenos días, cariño.
Me sonrió, se giró y miró mis zapatos, asegurándose de que las suelas no estuvieran sucias. Habría sido una ofensa en su casa, por lo que siempre procuraba mantenerlas limpias.
—¿Has descansando bien?
Regresó a su tarea.
Me alivió un poco. Si sus ojos se mantenían fijos en mí, terminaría sufriendo un ataque de vómito verbal y soltando una sopa de galimatías.
—Sí, abuela. La mejor noche de todas —respondí y sonreí sin querer.
Me miró de soslayo, pero no dijo nada al respecto.
—¿Trevor preparó el desayuno?
—No, lo hice yo. Él debía ir a trabajar.
Suspiró y negó con la cabeza.
—Espero que no se esfuerce demasiado.
Vi su ceño fruncido y supe de inmediato que se debía a que nunca había estado de acuerdo con que Trevor trabajara. Se oponía porque mi amigo era menor de edad y porque siempre alegaba que los padres debían mantener a sus hijos; si no, para qué los traían al mundo.
Esa era una de las principales razones por las que la abuela no apreciaba especialmente a la madre de mi amigo.
—Seguro que no. Me dijo que salía a las cinco.
—Eso está bien. No debe hacer turnos nocturnos. Por las noches, las ciudades siempre son más movidas y peligrosas —sentenció con sabiduría.
Me alegré profundamente porque ella quería a Trevor y se preocupaba mucho por él.
—Abuela, hay algo de lo que quiero hablar contigo.
Tan pronto como terminé de hablar, las palmas de mis manos se llenaron de sudor. Mi corazón se precipitó y el suelo serpenteó bajo mis pies. Aunque aquello era imposible. Ni siquiera se estaba moviendo.
—¿Sí? ¿Qué cosa? ¿Perdiste alguna asignatura? —preguntó sin mirarme, pues estaba revolviendo algo en una de las ollas.
Negué con rapidez.
—No, sabes que no.
Perder una asignatura dañaría mis planes. Era un lujo que no quería permitirme.
—Entonces, ¿por qué estás nervioso?
—¿Cómo lo sabes? No me estás viendo.
—Te conozco. Divagas y tu voz tiembla un poco cuando estás nervioso.
No había adónde huir.
No había forma de engañarla.
—Bueno, no lo hago siempre —intenté defenderme, aunque solo fuera un poquito, para no sentirme tan inseguro.
—Lo haces —afirmó.
Bajó el fuego de los alimentos que estaba preparando y se giró en mi dirección.
—Cariño, aquel día que rompiste uno de mis jarrones, cuando tenías unos once años, tarareabas como si estuvieras en un concurso. Casi no consigues decirme la verdad, pero es algo que siempre he admirado de ti.