Entre fórmulas, números, letras y elementos químicos, mi tarde fue pasando más rápido de lo que me habría gustado admitir. Descansé la espalda tensionada contra la mullida silla del despacho, tomé el lápiz y lo apoyé entre el labio superior y la nariz, intentando mantener el equilibrio suficiente para no dejarlo caer mientras pasaba los brazos por detrás de la cabeza y apoyaba los pies sobre el escritorio.
Los trabajos del instituto me despojaban de tanto tiempo que, después de terminar con todos ellos, tenía más ganas de dormir que de hacer cualquier otra cosa. Ese era uno de los motivos por los que no tenía demasiada vida social. Estaba ocupado entre mantener mi promedio, ocuparme del club y ser un joven medianamente responsable en casa.
Ser adolescente nunca había sido ni sería fácil. Empero, una sonrisa se adueñó de mi rostro e hizo que el lápiz cayera.
Todo podía ser muy pesado, estresante y agotador, pero tenía a Trevor. De todas las cosas que más quería, de todo lo que más deseaba, por fin lo tenía.
Me sentía posesivo con él y mi pecho se embriagaba de calor y emociones intensas. Supuse que eran reacciones químicas de mi cuerpo las que me hacían sentir así, pero no importaba.
Fuera lo que fuese, se sentía demasiado bien.
Me sorprendió pensar que, así como me sentía de bien en aquel momento, también podría haber llegado a sentirme profundamente desdichado por el rechazo de Trevor. Aquel pensamiento me asustó. De verdad lo hizo.
Lo quería, lo quería demasiado.
Mi móvil vibró. Lo tomé y sonreí al ver un mensaje de Tadeo. Había escrito mucho, en párrafos largos y con una ortografía perfecta, como era su costumbre. Además, solo utilizaba un emoticono para cada reacción. Jamás repetía ninguno mientras enviaba mensajes.
No era como Carla, que mandaba tantas caritas de risa que dejaban de ser creíbles.
Pensé en mi amiga, por lo que abandoné el chat de Tadeo y le escribí. El mensaje llegó; sin embargo, ella no estaba en línea.
Me di cuenta de que no era la primera vez que me dejaba en recibido. Decidí pensar que estaba ocupada y que no me evitaba deliberadamente.
Regresé a los mensajes de Tadeo. En todos mencionaba cuánto le había gustado salir con Melissa y me dijo que tenía que contarme más cosas en persona. Me preguntó si podía ir a mi casa al día siguiente y, aunque pensé en negarme porque aquello me quitaría tiempo con Trevor, accedí.
Tadeo había estado para mí durante muchos años. No podía darle la espalda simplemente porque la felicidad estuviera poseyéndome. Además, si mi vida social era escasa, la de Tadeo era prácticamente inexistente. Su existencia giraba alrededor del instituto, su amado club de Química, las lecciones particulares por las tardes, una hora de clases de piano por las noches y las reuniones de los fines de semana con el grupo de la iglesia a la que asistían sus padres.
No tenía demasiadas oportunidades de hacer amigos. Mucho menos de tener novia. Tampoco era como si sus padres se lo permitieran. Sabía perfectamente que tanto su padre como su madre solo le consentirían buscar una chica cuando terminara la universidad.
Era algo que nunca mencionaba, pero yo sabía que lo hacía desdichado.
Entendía un poco a su madre. Temía que Tadeo embarazara a una chica y que todos los planes que tenía para él se truncaran. Sin embargo, podría haber sido más sutil y preguntarle qué era lo que él deseaba.
Yo conocía los gustos de mi amigo mejor que su madre o su padre.
Y no era que pudiera catalogarlos como malas personas.
Todo lo contrario. Eran tan buenos padres que sobrepasaban los límites entre el control y el cariño.
Por eso accedí a reunirme con él al día siguiente. Mi casa era uno de los pocos lugares a los que podía ir de vez en cuando sin que su madre se pusiera nerviosa o temiera lo peor.
Sabía que yo no era precisamente el alma de la fiesta y que mi abuela siempre estaba en casa, pendiente de nosotros. Por eso hasta le permitía decidir a qué hora marcharse e incluso aprobaba que se quedara a dormir. Claro que primero debía confirmar que la abuela estaría en casa toda la noche y mantendría un ojo sobre nosotros.
Me senté derecho y comencé a recoger mis apuntes, las hojas, las virutas del lápiz y todos los demás útiles. Subí a mi habitación y, al ver el desorden, decidí organizarla.
Yo no era el tipo más ordenado del mundo, pero tampoco me gustaba tenerlo todo tirado.
Lo único a lo que no daba demasiada importancia era a acomodar los zapatos. Si de mí dependiera, los habría amontonado todos debajo de la cama sin mirar atrás. No obstante, aquello no dependía de mí. La abuela me tiraría de las orejas si encontraba desorden debajo de la cama.
Pasé una hora entera aseándolo todo. La abuela entró en mi habitación al encontrar la puerta abierta. Dejó un vaso de jugo sobre la mesa de trabajo y me sonrió.
—Es poco usual que hagas tus deberes de la escuela y organices la habitación el mismo día —me dijo.
Recogió la bolsa de basura de la cesta que había junto a mi escritorio y le hizo un nudito para desecharla con todo lo que había dentro.
—Comenzaba a oler mal y Trevor viene hoy. No quiero que vea todo sucio.