Estuve bastante ocupado esa tarde, hasta entrada la noche. Después de todo, mi deber como capitán del equipo de atletismo había resultado realmente abrumador. No lo había pensado hasta ese día; sin embargo, al estar preocupado por Trevor, no conseguía concentrarme demasiado.
Hice lo mejor para el equipo y, con tan solo ver las tres primeras pruebas a las que fueron sometidos los aspirantes, deduje quiénes nos serían de utilidad y quiénes estaban interesados en rendir en las actividades y no solo en convertirse en un lastre.
Recogí mi maletín y mi cazadora. Me estaba poniendo esta última cuando uno de mis compañeros se acercó.
—Oye, capitán.
Lo miré de reojo mientras subía el cierre hasta el pecho.
—Vamos a ir a beber refrescos y hamburguesas con unos chicos del equipo de baloncesto. ¿Te unes?
—Lo siento, hoy no puedo. Tengo que ocuparme de un asunto personal.
Me despedí de todos tan rápido como pude. Miré el reloj de mi muñeca al tiempo que mis neuronas trabajaban a toda máquina. No tenía una idea clara de dónde podía estar Trevor, así que me arriesgué y fui directamente a su casa.
Al no tener auto, tuve que ir caminando y, como si fuera poco para mi día, comenzó a llover.
Sonreí ante lo inaudito de la situación mientras las gotas resbalaban por todo mi cuerpo. La lluvia solo me mojaba y la viví como la menor de mis preocupaciones. Me empapé de pies a cabeza. Mis zapatos sonaban con cada paso a causa del agua y las gotas de lluvia solo dejaron de caer sobre mí cuando estuve de pie frente a la casa Oaken.
Había cambiado desde la última vez que había ido. Sus paredes ahora eran de color crema y los detalles, marrones. La fachada era perfecta porque la madre de mi chico se encargaba de que así fuera.
Toqué dos veces el timbre.
Había luz en el fondo, así que deduje que se encontraba en casa. Me dio esperanza y él no me hizo esperar demasiado. Abrió la puerta. Llevaba una pantaloneta azulada y una camiseta blanca sin mangas que dejaba al descubierto sus marcados bíceps, aunque mis ojos se posaron directamente sobre su rostro.
Sus cejas se alzaron hasta casi tocar la línea del cabello y sus labios quedaron entreabiertos.
—Nico, mierda. Entra, estás completamente empapado.
Me hizo espacio y entré.
Eché un vistazo a la casa.
Se sentía extrañamente fría.
En la sala había unos muebles bonitos y varios cuadros adornaban las paredes; sin embargo, yo sabía que solo la fachada de la casa y el recibidor de las visitas poseían aquella apariencia tan inmaculada. El resto de la vivienda no se encontraba en tan buenas condiciones.
Para la madre de Trevor era importante mantener las apariencias, por lo que siempre invertía dinero en las mismas cosas sin dar importancia a las tuberías, los lavabos o incluso la comida de mi chico.
De pie en medio del pasillo, una tela me cubrió la cabeza. Los dedos de Trevor comenzaron a moverse como si estuviera dándome un masaje.
Me estaba secando.
Atrapé uno de sus brazos y fijé la mirada en sus ojos. Sus pupilas se dilataron durante un segundo. Anticipé su intención de girar el rostro, así que utilicé la otra mano para sujetarlo de la mandíbula.
Su piel se sentía tibia en contraste con la mía.
—¿Por qué huiste de esa manera?
No alcé la voz ni la reduje a un susurro.
Mantuve un tono estable.
—Vamos a mi habitación. Te daré ropa y otra toalla —me dijo.
Retrocedió y se lo permití porque tenía frío y porque sabía que, una vez en su habitación, no habría escapatoria para aquella conversación.
Me puse la ropa que Trevor me dio. Me quedaba un poco ajustada, pero no me importó. Regresé con él. Estaba sentado en el descansadero junto a la ventana. Me miró durante un momento antes de devolver los ojos al cielo oscurecido.
Cierto enfado burbujeó en mí. Estuve a un solo movimiento de lengua de reprochárselo cuando habló.
—Me puse celoso.
Entrelazó las manos sobre su regazo y apoyó la cabeza contra la pared.
—No supe cómo enfrentar la situación. Esa chica estaba siendo tan descarada contigo... Quería gritarle que te respetara porque estabas conmigo, pero no quería que te molestaras. Así que me fui porque es lo que hago cuando no puedo manejar las cosas.
Una sonrisa triste y débil se formó en mis labios.
—Me gusta cuando eres honesto —afirmé.
Caminé hasta él, me senté y tomé sus piernas para colocarlas encima de las mías.
—No quiero nada más que esto. Que nosotros. Si quieres gritarle al mundo que somos una pareja, estoy bien con eso. La abuela nos dio su bendición y ella es la persona más importante para mí. El resto es solo añadidura.
Se mordió el labio inferior y volvió a hablar:
—Perdón por ser tan cobarde. Sabes que no soy bueno cuando me asusto.