Los tendones de mis pantorrillas se tensaron ante la incertidumbre que me generaba no saber cómo comportarme. Me hallaba sumamente nervioso. Nuestro contacto tan íntimo, al no pensar que hubiese nadie más en su casa, nos había dejado expuestos.
Lo que estábamos construyendo con tanto esfuerzo estaba en peligro.
Mi espalda sudaba sin que pudiera evitarlo, el corazón me bombeaba tan deprisa que me dolía el pecho y hacía mi mejor esfuerzo para impedir que apareciera aquel tic nervioso en mi pierna derecha, que deseaba zapatear como si tuviese vida propia.
—Entonces, Domin, ¿qué tal te va en la vida? —me preguntó Jules, el hermano mayor de Trevor.
Lo miré, analizando todas sus facciones. Eran demasiado parecidas a las de su madre, desde el cabello castaño oscuro hasta los ojos más bien azulados. Lo que más compartía con Trevor era la piel. Ambos eran muy blancos. No coincidían en altura.
Jules había heredado la estatura de su padre y era mucho más alto que Trevor. Incluso me superaba a mí.
—Muy bien. Hoy estoy bastante agotado por la práctica del equipo, pero, en todo lo demás, me ha ido excelente —contesté, evitando mencionar que mi vida iba de maravilla hasta que ellos aparecieron—. ¿Qué tal va el trabajo?
Fue lo único que se me ocurrió preguntar. Cruzó las piernas, siseó con la lengua y arrugó la nariz antes de responder:
—Me despidieron hace unas semanas. He estado con mamá desde entonces. Esos imbéciles me despidieron porque falté un día. Yo les di mucho más de lo que ellos me dieron a mí. Seguro van a quebrar sin mis innovadoras ideas. Todos en el departamento de ventas son unos perdedores.
—Van a fracasar sin ti, bebé. Ellos se pierden tu talento —secundó su madre.
Evité fruncir el ceño y fingí estar de acuerdo con ellos. Desde que podía recordar, su dinámica nunca había cambiado.
Jules se metía en problemas en el instituto o en la universidad y culpaba a los demás, incluso cuando sus propias acciones eran las responsables de todo. Su madre lo protegía y defendía eternamente, haciendo la vista gorda sin importar nada más. Después de todo, yo tenía claro que él era su favorito porque se parecía más a ella.
Jules fingía ser amable delante de todos cuando la mujer estaba presente; sin embargo, su rostro cambiaba cuando ella no se encontraba y se convertía en un tipo bastante pesado y desagradable.
Según recordaba, se había comprometido hacía unos años, pero golpeó a su prometida en medio de una acalorada discusión. Estuvo en prisión preventiva durante unos días y la señora Cleo pagó la fianza. Mi chico me había contado que ella incluso testificó en el juzgado, defendiendo a su hijo como siempre hacía.
—Trevon, ¿tienes cervezas? —le preguntó su hermano, llamándolo por el apodo que más le desagradaba.
—Es muy temprano para comenzar a beber, Jules —replicó Trev.
—Tu hermano te ha hecho una pregunta. No necesita un sermón —expuso su madre con indiferencia.
—No sé —dijo Trevor—. Sí las hay, seguramente son de Rita y, si las coges, será bajo tu responsabilidad. Ella se pone estresante cuando alguien toma sus cosas.
—Ve a buscarme una, hermanito —le ordenó Jules con una sonrisa de superioridad.
Trevor cerró las manos con tanta fuerza que las venas del dorso se marcaron.
—Ve a buscarla tú. Ya estás grandecito.
También conservaba en mi memoria los enfrentamientos que ambos tenían. Me alarmé un poco cuando advertí el enfado burbujeando en los ojos de Trevor. No lo había visto desde hacía mucho tiempo. Aunque, si había personas capaces de sacar ese lado de él, eran sus familiares.
—Trevor, no seas grosero con tu hermano —lo regañó su madre, elevando un poco la voz.
Sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco.
—Lo perdonarás, Dominico. Ya sabes cómo es. Quién mejor que tú para saberlo.
Su sonrisa era muy forzada, incluso nerviosa.
—Por favor, no le menciones ese comportamiento a tu abuela. No quiero que las mujeres del consejo de acción comunal se enteren. Ya me llaman bastante para preguntarme cosas sobre la casa.
Arqueé una ceja y apreté los dientes.
—La abuela tiene muchas cosas de las que ocuparse, señora Cleo. No suele hablar de esos asuntos —manifesté, intentando mantener la calma—. Solo ha intervenido cuando es importante.
—Oh, lo sé.
Agitó una mano en el aire. Yo estaba seguro de que la abuela no le agradaba, aunque intentara disimularlo tras aquella falsa sonrisa.
—Trevon, estoy esperando mi cerveza —le recordó su hermano.
—Tendrás que ir por ella —gruñó Trevor—. Voy a pasar la noche en casa de Nico. Solo vine por ropa.
No esperó que nadie dijera nada. Se dirigió hacia su habitación y me dejó a solas con sus familiares.
—Mocoso malcriado. Mamá, debiste darle más nalgadas —farfulló Jules.
Sentí ganas de partirle el rostro en muchos pedazos por hablar de Trevor, como si fuera su jodido padre, y después criticarlo a sus espaldas. No era precisamente el hermano modelo. Nunca estaba en casa, no llamaba a Trev en sus cumpleaños ni en las navidades y creía que podía exigirle comportamientos condescendientes como si los mereciera.