Entré en el café en el que había acordado encontrarme con Carla. Las paredes del local estaban pintadas de un bonito color melocotón muy claro. Había dos materas con plantas cerca de la entrada y todo en el interior era rústico, con muy pocos elementos modernos, lo que daba un encanto mágico al lugar. Ni siquiera había televisión; solo sintonizaban una radio para los clientes.
Ajusté el maletín que llevaba a la espalda. Estaba muy ligero, dado que solo contenía las carpetas. Hasta resultaba un poco molesto cargar un objeto tan grande sin que tuviera un peso real dentro.
Mi mirada se enfocó en la chica de cabellos rubios que, como siempre, estaba concentrada en su móvil. No había pedido nada, por lo que di pasos más largos de lo habitual para no hacerla esperar más.
Me senté y fue entonces cuando levantó el rostro.
—Lamento llegar tarde. La profesora no encontraba una de las carpetas.
—No te preocupes —expresó.
Estaba tensa.
—¿Pedimos?
Asentí sin dudar. El mesero se hizo cargo de nuestras órdenes. Ella bloqueó la pantalla de su celular, apoyó los brazos sobre la mesa y decidió hablar.
—¿Te han ido bien las cosas?
—Sí. ¿Qué tal a ti? Hace mucho que no hablamos, especialmente porque has estado ignorando mis mensajes.
Decidí ir directamente al punto. Ella asintió y de sus pulmones emergió un sonoro suspiro.
—¿Por qué te hiciste amigo de Melissa? —me preguntó.
Estaba obviamente turbada por aquello.
—Es una buena persona. Me agrada y ha sido buena conmigo. ¿Por qué no le das una oportunidad?
—Eso sería imposible —aseveró con una terquedad que realmente no era propia de ella—. No voy a ser amiga de esa zorra. No puedo soportarla y nunca lo haré. Ni a ella ni a su madre.
—¿Su madre? —pregunté, confundido.
Ella negó con la cabeza e inspiró.
—Está bien si quieres ser su amigo, Nico. Estaba muy furiosa porque te llevas bien con ella. Incluso pensé en pedirte que te alejaras, pero no puedo controlarte. Hemos sido amigos durante años y jamás me has defraudado. En realidad, yo soy la mala amiga aquí.
Toda la conversación estaba siendo muy intensa y honesta, hasta el punto de tomarme por sorpresa. Carla siempre había sido callada y más bien reservada cuando de su vida personal se refería. Realmente no era de las que expresaban demasiado sus sentimientos y le costaba aceptar sus errores.
—Tampoco he intentado contactarte con insistencia estos días —reconocí—. He estado distraído.
Y viviendo mi idilio de amor.
—Es bueno que reconozcas tu culpa, Nico.
Sonrió y me mostró una expresión amable que yo conocía bien.
—Voy a mudarme cuando termine el instituto.
Su afirmación me golpeó como lo habría hecho un bate de béisbol.
Duro y sin piedad.
—¿Qué? Pensé que asistirías a la universidad central.
Apenas pude articular las palabras.
—Han pasado muchas cosas estos días. Muchas, realmente —admitió, asintiendo para sí misma—. Estoy saliendo con alguien. Es mayor y está en la universidad. Apenas nos estamos conociendo y, si lo conocieras, pensarías que nunca iba a estar con un tipo como él. Es delgaducho y, honestamente, no tiene demasiado atractivo físico, pero es interesante. Me ha enseñado mucho. Salir con un chico mayor es toda una experiencia.
—¿Te mudarás por él? —indagué.
La idea de que iba a dejar de verla tan seguido inundó mi mente.
Era realmente extraño.
Esa iba a ser la realidad, pero ¿qué otra cosa podía esperar? Después de todo, cuando el instituto terminara, todo cambiaría. Reconocerlo me aterraba tanto como me dolía. Siempre había tenido a Tadeo y a Carla.
Pronto dejaría de verlos.
A veces solía darlos por sentado. Daba nuestra relación por sentada. Nuestra amistad. No me daba cuenta de que nuestra etapa escolar estaba cerca de terminar. Necesitaba valorarlos más. Eran mis amigos y nuestra amistad valía mucho. Mucho más de lo que había tenido en cuenta.
—No. Lo haré por mí —afirmó—. He aprendido mucho de él. Entre lo que aprendí, entendí que mis oportunidades son mejores en un lugar más desarrollado. Uno céntrico, para ser más exactos.
Entrelazó las manos y me dedicó una sonrisa tranquilizadora. Seguro estaba mostrándole una expresión pavorosa para que hiciera aquello.
—Quiero estudiar Arquitectura y Diseño de Interiores. Siempre me ha gustado, aunque pensaba estudiar Medicina para seguir los pasos de papá. Me doy cuenta de que eso no va a hacerme feliz. No quiero fracasar en una carrera que no lo es todo para mí. Quiero hacer las cosas bien. No quiero arrepentirme.
—Vaya. Me lo soltaste de golpe.
Mis fosas nasales picaron cuando liberé todo el aire que estaba conteniendo.
Detuve mis movimientos durante un instante y la analicé. Me di cuenta de que su mirada y su forma de expresarse ya no revelaban a la señorita delicada, insegura y más bien reservada que había conocido desde siempre.