La película se reproducía gracias al proyector. Era romántica. Nunca habíamos visto una película de ese género juntos; habitualmente veíamos cintas de acción o comedia, pues eran nuestras favoritas. Aquel día, para nuestra cita, él había sugerido ver algo diferente y, para mi sorpresa, la elección no estuvo nada mal.
La cabeza de Trevor se recostó sobre mi hombro y no dudé en rodearlo con un brazo. Su aroma, el olor de su loción mezclado con el suyo, arrasó mis fosas nasales, dejándolas atontadas y a mi cerebro extasiado. Pronto, su cuerpo y el mío construyeron un calor sumamente atrayente. Mi ser vibraba y no me había sentido tan cómodo desde hacía años.
La película terminó.
Las otras personas abandonaron la sala y nosotros también lo hicimos. Cuando íbamos a mitad de camino, en un movimiento inesperado, Trevor atrapó mi mano y entrelazó nuestros dedos.
Mi pecho se llenó de aire y emociones.
Desde que habíamos comenzado a salir, no había tenido un gesto semejante en público. No pude expresar cuánto me encantó aquel detalle. Después del cine, caminamos hasta un local de comida rápida. Yo no era precisamente asiduo a ese tipo de comida porque tenía la comida hogareña de la abuela; sin embargo, no estaba mal salir de la rutina.
Nos sentamos y, a lo lejos, como si se tratara de algo de otro mundo, observé a Bri, la chica que se había acercado a mí, cenando con un hombre mayor. No parecía ser su padre. Por la forma en que él la miraba, tampoco creía que tuviese pensamientos paternales.
La chica tenía los ojos fijos en Trevor y en mí. Pensé que Trev iba a sentarse al otro lado.
No lo hizo.
Se sentó junto a mí, atrapó mi barbilla para obligarme a mirarlo únicamente a él y me besó en los labios.
Un beso corto, pero muy territorial.
—Espero que no vuelva a mirarte.
No escondió su determinación. Me relamí y atrapé su nuca, haciendo que nuestras frentes se unieran.
—¿Celoso, pequeña lindura?
—No, pero nunca está de más marcar el territorio.
Atisbé un sentimiento levemente triste en su mirada; sin embargo, desapareció pronto.
—¿Cuándo me dirás qué te pasó en el labio?
Sonrió de medio lado antes de liberar un largo suspiro. Se sentó correctamente y negó con la cabeza.
—No quiero hablar de eso. Al menos, no te lo diré todavía.
Eso solo significaba que, tarde o temprano, me lo contaría.
—Quiero pasar un buen rato y que estemos bien. Cuando estoy contigo, todo siempre va bien.
—Eso me gusta.
Besé su sien más cercana y nos quedamos mirando durante un instante.
—Ni-co. —Separó las sílabas al pronunciar la abreviatura de mi nombre y no sé por qué, pero aquello simplemente me encantó—. No te me quedes viendo así —pidió.
Apartó la mirada. Sus mejillas estaban rojitas.
—Dios, eres tan, pero tan adorable.
Lo apretujé. Se quejó suavemente y después gruñó.
—Oye, sé amable. Me duele la espalda.
No entendí a qué se refería.
—Tuve entrenamiento hoy, ¿recuerdas?
—Lo lamento.
Aflojé mi agarre, pero no lo solté. Seguimos hablando de cosas irrelevantes hasta que llegaron nuestras hamburguesas. Nos concentramos en comer y he de admitir que, pese a que la comida rápida no era de mis favoritas, siempre parecía tener buen sabor.
Trevor terminó su soda, mientras yo me limpiaba las comisuras una vez más y sobaba mi vientre.
Estaba lleno.
—¿Nos sentamos en el parque de la avenida?
Asentí sin problemas.
Pagamos la cuenta y nos retiramos, sintiendo una que otra mirada sobre nosotros. No importaba. Estaba bien porque estábamos juntos. Nos ubicamos en una banca apartada, cerca de una lámpara pública que no estaba encendida. Él se sentó con las piernas cruzadas, mientras yo relajaba las mías y apoyaba la espalda contra la madera.
Trevor no dijo nada durante varios minutos. Entonces, giré el rostro para mirarlo. Él no me observaba. Su mirada estaba concentrada en las personas del parque, específicamente en un hombre que jugaba con dos de sus hijos: un niño y una niña. Ellos gritaban «papá» cada vez que el hombre se acercaba.
Estaban jugando a atraparse.
Trevor los miraba de una manera que no conseguía comprender. Tal vez era añoranza o quizá alegría por la felicidad ajena. Fuera lo que fuese, hubo un momento en el que me pareció triste.
—¿No te preguntas a veces cómo habría sido mi vida si papá se hubiese quedado?
La pregunta me tomó desprevenido e hice mi mejor esfuerzo para no demostrarlo.
—Sí, claro que sí. A veces me pregunto si, de haber vivido tu padre contigo, las cosas entre nosotros serían diferentes.
Rio sin ganas.
—Es cierto. Todo habría sido diferente. Si él se hubiese quedado, seguramente me habría acompañado a mis partidos y se habría llevado bien contigo. Estoy seguro de que muchas cosas serían distintas, pero no creo que eso me hubiese impedido amarte como lo hago.