Inicialmente, pensé que era una broma de mi chico. Tal vez una jugarreta tonta. Sin embargo, me di cuenta de que se estaba marchando cuando no encontré el cargador de su móvil y noté que faltaban varias prendas de la ropa que mantenía en mi casa.
Y, cuando vi que había despegado una de las fotos de mi pared, una en la que estábamos juntos y sobre la que siempre hacía alusión a lo bien que nos veíamos, la realidad me golpeó con tanta fuerza que no tuve idea de cómo reaccionar.
Una lluvia de emociones me apresó. Una desesperación que intenté mitigar llamándolo, pero la única voz que escuchaba era la del contestador. Lo llamé tantas veces como pude, como si el número de veces que marcara fuese a cambiar el resultado.
Me senté en la cama y releí la nota en aquella pequeña hojita roja, escrita con su regordeta letra que lo ocupaba todo.
Ni siquiera la había firmado. Fue entonces cuando decidí ir a buscarlo a su casa.
Tan pronto como llegué, vi que faltaba una de las ventanas. Unos obreros me dijeron que la mujer que los había contratado se había marchado desde el día anterior, por lo que Trev no estaba con ellos. Corrí por las calles hasta que mis pulmones ardieron. Llegué a la pizzería donde trabajaba y una de sus compañeras me dijo que había llamado para presentar su renuncia.
Mi estómago se revolvió y la acidez en mi boca estuvo por hacerme vomitar. Me sentí mareado, incrédulo, como si estuviese atrapado en una realidad alternativa.
Él no me abandonaría, ¿verdad?
Me había dicho que me amaba hacía menos de doce horas.
¿Era mentira?
No.
No podía serlo.
Lo conocía mejor que nadie. Habría detectado una mentira a metros de distancia.
La incertidumbre y la ignorancia me carcomían. ¿Por qué se había largado? ¿Cómo podía irse así? ¿No era yo el chico que amaba? ¿Era algo unilateral? ¿Se había dado cuenta de que no me amaba? ¿No creía en mí? ¿En un nosotros?
Al llegar a casa, caminé directamente hacia el roble, nuestro lugar de aventuras. Me cubrí el rostro y me recosté contra su corteza.
No pude evitarlo.
Me desplomé.
Me ardía.
Quemaba desde dentro hacia fuera.
La desesperación y la desolación me apuñalaban una y otra y otra vez, sin misericordia. La abuela me encontró después de un tiempo. No recuerdo bien qué pasó después. Solo sé que se asustó y me llevó dentro. Le conté lo ocurrido y fue raro, no supo cómo reaccionar. Se puso pálido y no me dio una respuesta, alguna que pudiera hacer que me sintiera menos miserable.
Lo único que hizo fue acercarse a mí y consolarme con un abrazo.
A pesar de que las horas pasaban, seguía sin creer que me hubiese abandonado como si nada. Recordé las películas que Carla veía tan entretenida, aquellas en las que la protagonista enamorada era lastimada. Siempre había pensado que eran exageradas y que una pena de amor podía superarse sin llorar tanto o sin hacerla parecer el apocalipsis.
Estaba equivocado.
Dolía tanto que hasta respirar era difícil.
No quería hacerlo.
Me parecía que mi mundo se había acabado y que todo era oscuridad. A pesar de que mis sentimientos y emociones eran un revoltijo oscuro, tuve que ir a clase. La abuela me prometió que averiguaría cuanto pudiese.
Lo acepté, no podía hacer nada más. Y, ese día, me di cuenta de lo pequeño e impotente que era. Me negaba a separarme de mi móvil porque todavía tenía la esperanza de que me llamara. Temía ir a clase porque quería estar en casa si regresaba.
Era bastante iluso.
En el instituto, para mi sorpresa, algunos se habían enterado de lo que teníamos Trev y yo. Fue bastante inusual que nadie se metiera conmigo. Algunos solo me lanzaban miradas, como si me dijeran con ellas que lo sabían.
No me importaba.
Yo solo quería a Trevor a mi lado. Pero él se había ido sin darme una explicación.
Las clases fueron aburridas. Prestaba atención, pero no dejaba de revisar mis redes sociales y las de Trevor.
No había estado activo desde hacía horas.
El tiempo siguió avanzando, sin detenerse, y continué sin saber nada de Trevor.
Quise hablar con Melissa. No tenía demasiado clara la razón, pero sentía que conversar con ella me serviría. Cuando fui a su salón aquel día, una de sus compañeras me dijo que se había marchado a casa porque estaba indispuesta.
Solo faltaba que alguien me pateara en las pelotas para terminar mi horrible día.
Los días siguientes no fueron mejores. Me revolcaba en agonía. No dormía. No quería comer. Ir a clase y a los entrenamientos se había convertido en un calvario. Escasamente lo hacía porque sabía que era lo correcto. Participaba en clase únicamente cuando me lo exigían.
Cuando Carla y Tadeo me preguntaron por Trevor y por mi actitud, me encogí de hombros, sin querer dar explicaciones. Escuchar su nombre dolía. Pensar en él dolía. Estar sin él era horrible.