Era habitual terminar las clases a la una en punto de la tarde. Ese día se alargaron diez minutos más: Trevor apenas había estado en clase, pues tenía un juego amistoso el viernes próximo, y era costumbre de las escuelas aledañas llevar a cabo competiciones amistosas antes de que se iniciaran los juegos entre institutos. Entonces, como era normal, escasamente hizo acto de presencia en la primera clase; asimismo, apenas cruzó palabra conmigo, pues estaba concentrado en su móvil, contestando los mensajes de sus compañeros de equipo. Obviamente, él no me prestaba demasiada atención, si bien yo sí que lo hacía. Apenas terminó la primera clase, me dio una sonrisa como despedida y se marchó, dejando nada más que la simple en el resto de las horas.
—Recuerden traer su ensayo para la próxima clase: es la mitad de la calificación de este periodo. Si reprueban, los veré en la nivelación de verano, y si no lo consiguen, entonces nos veremos el próximo año en la clase de repitentes —la voz pausada y lenta de la señorita Galls podía ser fácilmente confundida con la fonación perezosa de alguien recién despierto; sin embargo, su advertencia, a mis oídos, se escuchaba como el sonido de una máquina que no tenía más motivación que recibir un salario cada quincena.
El timbre retumbó por los pasillos; era el sonido de la gloria misma, anunciando que las desgastantes clases habían llegado a su fin. Me encontraba hambriento y agotado. Estudiar no era fácil: yo no era bueno en todo y tampoco era el más listo, así que debía esforzarme mucho para no perderme nada. Si debía ser sincero conmigo mismo, aprender era interesante, pero lo que enseñaban mis profesores la mayor parte del tiempo no despertaba mi interés. Por eso leía por mi cuenta, investigando temas provechosos; claramente, al instituto poco le preocupaban mis gustos, pues para ellos lo más importante era que cumpliese con el currículo académico.
Me dedicaba al estudio, no por mí —lo admitía—, sino por mi abuela. Ella siempre ponía una expresión orgullosa cuando recibía mis calificaciones, y me gustaba ver ese gesto. Por eso hacía cuanto podía para sobresalir en las notas.
Claramente había obstáculos: los idiomas no eran demasiado lo mío y, para mi suerte, nos hacían ver dos idiomas, los más usados en el mundo; afirmaban que eran importantes para el crecimiento educativo y las relaciones entre países. Por mi parte, hacía lo que podía, pero tanto la abuela como yo sabíamos que no iba a sacar más que un simple aprobado, sin el símbolo de «más» a un lado.
—Estoy muy ansiosa por esta noche —Carla me despertó de mis pensamientos. Le di una ojeada y me apresuré a guardar mis libros antes de ir a la cafetería.
—¿Por qué?
Ella estaba esperando que le preguntase el motivo de lo que fuera que la estaba alegrando tanto, así que simplemente lo hice.
—Papá va a llevarme a una fiesta de la clínica. ¿Imaginas cuántos pasantes atractivos va a haber? —mordí mi labio inferior; sin embargo, mi comentario con pulla me superó.
—No es como que fueses a salir con alguno de ellos —me dio una mirada mortal y puso los ojos en blanco.
—Poco divertido.
Solía darme ese calificativo cuando no le decía lo que quería escuchar, pero a veces no podía hacerlo. Y no digo que los hombres de la fiesta no se fijasen en ella: no había que tener lentes de aumento para apreciar su belleza. No obstante, su interés era solo mirar; no era de las que entablaba relaciones formales, nunca le había conocido un novio y solo había besado a dos chicos en la escuela media.
—A pesar de eso me sigues amando —canturreé.
Colgué mi maletín en el hombro y le hice una seña con la cabeza. Busqué a Tadeo con la mirada: estaba con su grupo de estudio, el de química, discutiendo algo importante, seguramente para la exposición del proyecto. Decidí no llamarlo, no quería hacer nada que pudiese arruinar su concentración. Sabía mejor que nadie cuánto empeño había puesto en eso; además, no era solo su constancia, sino que él no quería decepcionar a sus padres. El señor y la señora Festinger eran, bueno, cómo decirlo, bastante exigentes en cuanto a su pequeño y adorado ratoncito se refería; Tad odiaba el apodo que le había puesto su madre, sin embargo, poco podía hacer contra ella.
—¿Tienes entrenamiento hoy?
—Así es, tengo una hora, nada más —mi equipo de atletismo estaba en las últimas; por poco agonizaba como una medusa en el desierto.
Menos personas querían unirse con el pasar de los años, hasta el punto en que solo éramos ocho integrantes. La situación sería mucho más compleja cuando terminase el año lectivo: la mitad del grupo éramos del último curso, lo que significaba que, cuando nos graduásemos, el equipo quedaría a medias.
—Oh, pensaba invitarte a comer hoy —comentó, mas no hizo énfasis en ello; al parecer, recibió un mensaje en su móvil. Sonreí y seguí caminando hacia la cafetería.
Gracias a que estaba en el equipo, tenía derecho a comer dos veces, una al mediodía y otra apenas terminaran las clases.
—Me voy, crisis en casa: mamá necesita que la ayude a escoger un vestido para la fiesta —me lanzó un beso y caminó por los pasillos. Algunos de los chicos la miraron con ojos depredadores; ella, muy concentrada en su móvil, ni los notó.
Sin embargo, yo sí que noté a Melissa Bennett, la chica de cabello negro, ojos azules como dos témpanos, piel perfecta y caderas pronunciadas. Venía caminando por el pasillo en mi dirección; todos la admiraban, mucho más que a mi amiga, si me lo preguntaban. Hasta para mí, a quien ella no despertaba ningún interés, resultaba imposible no verla.
No podía mentirme a mí mismo: era la chica más hermosa de todo el instituto.
También estaba en último año, aunque claramente no en el mismo salón que el mío. Había sido animadora hasta el año pasado. Tenía un auto de último modelo —cada año su padre le regalaba uno— y también permiso para conducir desde los quince años; su padre era un reconocido juez del Estado. Ah, y como si fuese poco, gozaba de muchos amigos universitarios y siempre vestía a la moda. Para las chicas había dos opciones: amarla u odiarla, y anómalamente eran más las que la amaban. Melissa podía ser dulce, pero tenía la lengua más afilada que el cuchillo de un carnicero; a pesar de eso, todos le hablaban, siempre y cuando nadie la molestase: ella llevaba la fiesta en paz.