Estaba mirándome en el espejo, ya me había duchado y estaba pensando que ropa llevar; no era especialmente un maniaco de las compras, por lo que no tenía un sinfín de ropa, solo gozaba de la necesaria, tampoco iba a muchas fiestas, por lo que la mayor parte de mis prendas consistían en ropas ligeras y cómodas para estar en casa y hacer deporte. Claro, en la vida de todo joven existe alguien que nos regala ropa; en el caso de Carla era su madre, en el de Tadeo una de sus tías le enviaba todo tipo de conjuntos cada mes, en mi caso, era cosa de mi abuela; sí veía algún maniquí con ropa que pensase me iba a quedar bien mientras paseaba por algún centro comercial, solo buscaba mi talla y me lo compraba, gracias a ella no escaseaba de conjuntos para salir.
—Oh —la abuela me hizo dar un brinquito—. ¿A dónde piensas ir? —se recostó en el marco de la puerta, echándome un vistazo; ya había entrado en los pantalones negros y estaba escogiendo alguna de mis camisetas, me debatía entre la de un solo tono o la de estampado.
—Trevor me ha invitado a una fiesta. —Contesté, me giré sobre mi eje y le enseñé las opciones, aunque mi amigo dijo que vendría a decírselo, no había aparecido, supuse debió ocuparse o algo, por lo que me correspondía comprobar si la abuela no tendría objeción en que saliese entre semana—. ¿Cuál te gusta más? —sonrió con ternura y me miró, acortó distancia y señaló la de color vino.
Esa era la respuesta subliminal que buscaba.
—Sin duda alguna esa se te verá mejor —asentí, también me habría decidido por esa, pero quería estar seguro, esa noche deseaba verme bien, tal vez si me veía más llamativo de lo usual, Trevor se fijase un poquito en mí.
—Gracias, abuela —me la puse, me paré frente a mi espejo, de reojo no pude evitar dar una mirada a las fotos que lo adornaban. Estaban pegadas alrededor, sostenidas por unos pequeños trocitos de cinta transparente, con la intención de no ocultar nada de lo retratado. La mayoría eran de Trevor y mías, la abuela nos había sacado muchas fotos con el pasar de los años, ella a veces lo trataba como si fuese de la familia, como un nieto más.
Mi apreciación se detuvo en la que estábamos sentados en el roble de la parte trasera de la casa, ese era nuestro lugar, donde teníamos conversaciones serías, recuerdo esa conversación, y el día también, estábamos hablando sobre los sueños que teníamos, particularmente yo hablé más ese día que él.
—Cariño, ¿por quién te has alistado tanto? Usaste el nuevo perfume, el que te mandó tu mamá cuando estuvo en Francia —la expresión curiosa de la abuela aceleró mi corazón, no iba a contarle quien era el causante de mi buena presentación personal, tampoco podía mentirle descaradamente, no se sentía correcto.
—Solo, porque no suelo salir tanto, abuela —respondí vagamente. Eso en parte era cierto, no salía demasiado, recibía invitaciones, muchas de ellas, pero yo no estaba en el círculo social, me gustaba más estar en casa y ocuparme de hacer ejercicio y estudiar, quería entrar a una buena universidad, temía que si bebía demasiado o me trasnochaba más de lo adecuado, mis neuronas muriesen y mi capacidad cognitiva con ellas—. Pronto, ya sabes, terminaré el instituto, y aunque en la universidad habrá fiestas, no será igual —esa parte era muy cierta, quería ir a la fiesta con Trevor, pero también quería estar en la fiesta con las personas que compartía curso, quizá sería una de las últimas, solo estaba seguro que después de todo eso las cosas no iban a ser exactamente iguales.
No sabía a donde iría a estudiar Trevor, suponía él tenía planes después del instituto, aunque, particularmente, nunca hablábamos de eso, era el único tema en el cuál mi mejor amigo se hacía de los oídos indiferentes y no prestaba atención, siempre respondía un “ya veré que hacer” bastante frío, y con eso sacaba a todos del camino, incluido yo, sin embargo, cuando le preguntaba qué pensaba estudiar, me respondía más amablemente y añadía el diminutivo de mi nombre al final de su respuesta ya bien elaborada. Creo solo en eso, él no confiaba en mí para hablarlo.
Al principio me molestaba, pero no podía obligarlo a platicar de ese tema, porque muy dentro de mí, creía que él no estaba seguro de que hacer después del instituto y no quería ser yo quien lo pusiese en una situación incómoda con una pregunta que de por sí lo hacía sentir más incómodo todavía.
—Es cierto —enunció la abuela, su fonación era nostálgica y su mirada dulce. Le sonreí, entonces añadió—: creciste tan a prisa, no me diste tiempo de compartir más de tus conductas infantiles, mi Nico —acarició mi cabello, peinándolo un poco, en el reflejo del espejo vi que lo estaba haciendo como lo llevaba esa mañana, a pesar de que había dicho mi peinado era más feo que moderno de una manera delicada, ella respetaba mis gustos y me estaba dejando las hebras como pensaba a mí me gustarían.
La adoraba por eso.
—Abuela —dije entre dientes, no sabía que decirle, entonces agregué—. No me iba a quedar pequeño toda la vida, al menos no quería quedarme siendo un niño —se rio.
—Hablabas todo el tiempo de crecer, mi inocente niño. —Era cierto, muy inocente, crecer no había sido como lo pensé, pero no podía regresar el tiempo, la vida no debía ser fácil, lo aprendí desde pequeño.
—Crecer tiene su parte buena, como tener mucha libertad y esas cosas —guiñé un ojo—. Ya tengo permiso para conducir, aunque no tengo un auto todavía —mi abuela se burló descaradamente de mí.
—Todavía no puedes costearte uno —aseguró sabiamente—. Un auto es algo más que solo una cosa bonita para lucir —ladeé mis labios.