La Corteza del Roble

Capítulo 4

Tan solo con poner un pie en la carretera, se podía escuchar el ruido estridente del equipo de sonido a todo volumen. Los jóvenes ebrios estaban ya recostados en las gradas de la entrada principal, en el corredor y el porche; inclusive había un chico con una gorra estampada sobre la cabeza dándole de beber a una de las estatuas de la entrada. Su nivel de alcohol en la sangre seguramente habría vuelto loco a un detector de embriaguez.

Al estar dentro de la casa, solo aumentaban el ruido y los olores que inundaban mis fosas nasales: sudor, bebidas alcohólicas, cigarrillo, hierba y hasta el poco agradable aroma del vómito. Me sacudí un poco. Si había tantos ebrios y drogados, quería decir que la fiesta iba bien; por alguna razón desconocida para mí, entre más personas estuvieran fuera de la realidad, más grandiosa era la fiesta, y no solo eso: sería la comidilla de las próximas semanas en el instituto.

No sabía quién daba la fiesta; sin embargo, una foto en la pared me dio la respuesta: la capitana del equipo de animadoras, Abigail Champ, o mejor conocida como Abby. Contrario a lo que se creería, ella podría parecer una chica despiadada, pero la verdad es que era más bien dulce, aunque había escuchado que tenía un lío con dos chicos a la vez. Sin embargo, eso no me incumbía; lo único que me importaba eran mis propias cosas, entre ellas, mi mejor amigo. Estuvo conmigo buena parte de la fiesta; después nos llevó con varios de sus colegas del equipo. Yo conocía a todos, por lo que no fue del todo incómodo: todos me saludaron y bromearon conmigo.

Estuve hablando de deportes con Clint, uno de los que siempre se quedaba en la banca cuando había partidos. Cuando él se alejó, fue el momento de ver a Trevor: estaba de nuevo sentado junto a mí. Había bebido, y no solo unos dos vasitos, sino diez; eso quería decir que estaba entrando en ambiente, y pronto comenzó a bailar con cualquier chica que se lo pidiera.

No tenía idea de quiénes eran ellas, pero tampoco me interesaba: él salía con muchas chicas, desde citas hasta bailes en discotecas, y parecía divertirse. Si bien no era de los que mantenían una relación seria, solo un par de besos y nada más, para mi buena fortuna nunca lo había visto besando a alguna de ellas; eso habría sido demasiado, hasta para mí. También había que resaltar que, hasta donde tenía entendido, no había tenido intimidad con ninguna chica, y de verdad esperaba que fuese así: la sola idea bastaba para magullarme el corazón y hacerme doler la cabeza, porque esa sería la prueba definitiva de que yo no iba a tener la más mínima posibilidad.

Era tonto, no todo giraba alrededor de las posibilidades. Carecía del valor para confesarle mis sentimientos; no sabía qué había pasado conmigo en la cocina, cuando tomé el impulso de hablarle sobre lo que sentía. Sabía bien que, si se lo confesaba, lo iba a perder, y realmente no quería eso. Estaba acostumbrado a tenerlo cerca; él era valioso para mí, importante. No podía perderlo, no quería.

—Viejo, ha sido la bomba, esa chica no me dejaba —se sentó a mi lado en el sillón de gamuza color ocre después de bailar. Otras personas estaban sentadas también, ya no eran sus compañeros, pues ellos estaban entre la multitud; supuse que nuestros acompañantes eran universitarios—. ¿Con cuántas has bailado ya? —me preguntó, mirándome con mucho interés.

—Estoy bien aquí; además, estoy algo estropeado del entrenamiento, no tengo muchos ánimos para bailar —me excusé lo mejor que pude.

—Vamos, no seas tan duro contigo mismo. Baila y disfrútalo, el ambiente está genial —no me juzgó, como cualquiera lo hubiese hecho.

Yo no era especialmente el rey de la fiesta: no las disfrutaba demasiado, no eran mi mayor pasión; hasta prefería quedarme hasta tarde jugando en línea que estar en una fiesta. Trevor lo sabía, y, a pesar de que él podía hacerse con una fiesta ajena con mucha facilidad, bailar con muchas chicas y ser el centro de todo, nunca me juzgó por no ser como él; solo me incitaba delicadamente a que me uniera a la diversión. Me gustaba que nunca me etiquetara como aburrido, y si alguna vez lo había dicho, había sido en broma: él no era del tipo que buscaba lastimar a las personas con sus palabras. Era una de las cosas que más me atraían de él.

—Estoy bien aquí, ve a bailar; esa rubia ha estado viéndote desde hace rato —le sonreí. Él la escaneó brevemente y asintió.

—La invitaré en un rato, quiero tomarme un descanso y beber con mi mejor amigo —buscó su trago, pero ya no estaba donde lo había dejado; yo tampoco sabía dónde estaba, porque tampoco había estado poniendo el mayor cuidado—. Se han robado mi trago —se rio—. Malditos perezosos, la mesa del licor no está tan lejos.

Miró el mío, totalmente lleno en mi mano.

—Dame un poco —miré mi vaso y luego a él.

Dudé en extenderlo, por lo que él pensó que no quería compartirlo, y eso lo llevó a estirar el brazo. No sé por qué lo hice, pero aparté el licor de su alcance; no le importó, y se acercó tanto que su mejilla quedó a centímetros de mi rostro. Mi corazón se detuvo un instante, luego palpitó tan veloz que sentía como si fuese a escapar de mi pecho para unirse a la fiesta. Pude apreciar a Trevor: su cabello, más largo que el mío, se le pegaba a la frente y alrededor de la cara; una gota traviesa corría cerca de su oreja, y sus labios entreabiertos, mientras tenía una expresión de frustración, eran arrebatadores. Me quitaron el aliento.

En el momento en que se recostó más en mí, percibí su olor y un vórtice de sensaciones me bañó: amor, deseo y, extrañamente, también tristeza. Tan cerca y tan lejos, tan lindo, pero tan prohibido; mi amigo, pero nunca mío.

Le entregué el vaso cuando no pude soportarlo más; lo empujé sutilmente y me aparté. Me puse de pie y le hice una seña a la rubia que lo miraba, para que ocupara mi lugar. La diligente chica no perdió la oportunidad y sorteó a la gente muy veloz, como si mi amigo fuese un descuento en una tienda de marca.



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En el texto hay: romance, drama, primer amor

Editado: 12.07.2026

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