Las cosas, después de llorar sobre el hombro de Melissa Bennett, pasaron rápido, casi como disparos de luz infaliblemente borrosos. En un momento estábamos en mitad de la calle, abrazados; pero, como no era una película romántica ni nada parecido, los autos seguían transitando. Por eso, uno de ellos hizo sonar el claxon con tanta fuerza que nos hizo brincar. Después fuimos a su auto; más tarde nos encontrábamos en una cafetería abierta las veinticuatro horas. Me había puesto la cazadora y estaba recostado contra el cristal de la ventana que daba a la calle. Muchos autos pasaban rápido; otros, más veloces. Solo podía pensar que cada persona vivía a su manera y que yo debía encontrar la forma de vivir la mía.
—Aquí.
Espabilé al escuchar a la chica que me acompañaba. Ella también se había cubierto con una bonita chaqueta negra, aunque su cabello era mucho más oscuro; incluso sobre la tela destacaba. Presté atención a lo que dejó frente a mí: un batido de chocolate con helado de fresa.
—Gracias —murmuré.
Tomé el popote y di un sorbo; el sabor dulce me hizo sentir, aunque solo fuera por un instante, un poco mejor.
—Cuando hay una pena del corazón, no hay nada mejor que un batido de chocolate para reparar la mala sensación.
Hizo una mala rima. La miré con expresión dudosa, sin apartar la vista de ella.
—¿Tengo algo en la cara?
—No, nada fuera de lo usual —dije.
Miré la mesa blanca. Había restos de harina de algún alimento que la persona anterior había dejado, además de un servilletero con una única servilleta. Volví a beber del pitillo sin muchas ganas; al menos, el frescor y el sabor del batido me ayudaban a sentirme un poco mejor.
Mis pensamientos regresaron a Trevor, sin embargo. El estómago se me revolvió y me sentí fatigado, cansado como nunca antes. Podría haberme quedado dormido sobre aquella misma mesa; no me habría importado. Pero, si llegaba después de las dos de la mañana, la abuela iba a tirarme de las orejas, y no quería preocuparla.
Mi atención volvió a la chica que tenía enfrente. Estaba tomándose un batido de dieta que, según creía, estaba hecho de muchas frutas, pero no tenía ni una pizca de azúcar ni de ningún otro tipo de endulzante. Yo no podría tomar algo así; el dulce siempre me había gustado demasiado como para dejarlo de un momento a otro.
Aunque intentaba distraerme, ella lo sabía. Sabía lo de Trevor, y eso me ponía inquieto. No éramos conocidos; a duras penas habíamos hablado ese día. Aunque agradecía el consuelo que me había dado hacía un rato, me sentía incómodo. De algún modo, tenía una parte muy delicada de mí entre sus manos. Si le contaba a Trevor lo que sentía por él, aunque fuera su palabra contra la mía, la situación sería realmente incómoda.
—Nico.
Consiguió que la mirara.
—¿Te sientes mejor?
—¿Por qué me ayudaste hace un rato?
Necesitaba saberlo. Necesitaba descubrir si podía confiar en ella. Era la primera persona que conocía mis sentimientos por Trevor. Yo creía haberlos escondido muy dentro de mí, en el fondo, como un navío hundido en alta mar que permanece oculto bajo el océano y solo es visto por las criaturas marinas.
—Solidaridad.
Así lo definió. Bebió de su batido y guardó silencio.
Tuve que tomarme la situación más en serio. A pesar de que seguía agotado por la sensación de haber perdido a Trevor, necesitaba respuestas.
—¿Se lo dirás?
Había demasiadas personas en el instituto. Ella podía contárselo a cualquiera. Yo nunca le había dado importancia a mi popularidad; la mayoría de los chicos sí lo hacía, pero, a mis diecisiete años, me preocupaban cosas bastante poco habituales para alguien de mi edad. Aunque, en ese momento, nada de eso era realmente importante.
—¿Me creería si se lo dijera? —preguntó con perspicacia.
No me dio tiempo de responder.
—No. No voy a contárselo ni a él ni a nadie. Eso es tuyo. Si te gustan los chicos, es un asunto muy personal. No tengo derecho a destapar esa olla; el chef se enfadaría conmigo.
No entendí del todo su chiste, pero sí comprendí perfectamente todo lo demás.
—¿Por qué? ¿Por qué eres buena conmigo? Apenas hemos hablado hoy.
—Ya te lo dije. Me dabas curiosidad y lo de hace un rato fue simple solidaridad. Promesa de niña buena.
Enarqué las cejas y la miré con desconfianza.
—No creo que seas una niña buena —deduje.
—Puedo serlo, si los chicos quieren.
Pestañeó con dulzura y no pude evitar sonreír. Era tan particular. Con ella el ambiente era relajado.
No era así con ninguno de mis amigos.
Con Carla siempre fue diferente. Se preocupaba tanto por su vida virtual y por sus redes sociales que adoraba intercambiar mensajes con desconocidos. A veces eso la apartaba de la realidad; aunque, en parte, también le ocurría a su madre. Ellas eran como mejores amigas. Nunca la juzgué ni me enfadé por eso; sin embargo, estar a su lado podía ser complicado porque, muchas veces, aunque estuviera físicamente conmigo, tenía la atención puesta en otro mundo.