Pasé la mayor parte de la tarde conversando con Melissa. Me contó varias cosas del instituto, de los próximos eventos de la semana deportiva y de las clases. Como no éramos compañeros, no pudo ayudarme a ponerme al día con los temas académicos; aunque ya tenía a Tadeo para eso y podía confiar plenamente en que sus apuntes y todo lo demás serían perfectos.
Hablar con Melissa resultó muy sencillo. Su capacidad para hacerme reír parecía innata y, para mi sorpresa, mis comentarios también conseguían sacarle risas y sonrisas. Nos divertimos mucho. Incluso me sorprendió que la abuela no subiera ni una sola vez a comprobar qué estábamos haciendo. No era algo que hiciera normalmente; sin embargo, como no conocía a nuestra invitada, supuse que lo haría.
—Cuando fui a la India me sentí confundida. No entendía nada de lo que decían, pero fue una experiencia agradable. Conocí un hermoso elefante y me tomé una foto con él. Espera, te la enseño.
Sacó el celular y comenzó a buscarla en la galería. Mientras tanto, amasé la almohada antes de volver a apoyar la cabeza sobre ella.
—Aquí está.
Se movió de la silla al borde de mi cama y me entregó el móvil. Al verlo, sentí que casi podía estar allí. Alguien le había tomado una fotografía junto a un enorme elefante. Nunca había visto uno en persona, pero la calidad de la imagen era tan buena que parecía tenerlo delante.
—Tiene muchas decoraciones.
El elefante llevaba numerosas perlas y otras gemas sobre la frente. Incluso había una persona montada sobre su lomo.
—Allá adoran a los animales, en general.
Le devolví el móvil y entonces me lanzó una mirada inquisitiva.
—¿Has viajado alguna vez fuera del país?
—No. Siempre he estado aquí con mi abuela. Ni siquiera sé cómo me iría viajando en avión —levanté el dedo índice al recordar algo—. Lo único que sé es que nunca viajaría en crucero, lancha o cualquier cosa que flote sobre el agua. Me mareo de una forma impresionante.
—¿Has viajado en un crucero? —arqueó las cejas con interés.
—No. Verás, hace un tiempo fui con Trevor a un campamento de verano. Sus padres no querían darle el dinero, así que usé el que mis padres habían dejado para mí y pude llevarlo. En fin, en el lugar había un lago enorme y nos subieron a un bote para pescar. Apenas diez minutos después tenía la cabeza por fuera de la embarcación mientras vomitaba. Nunca me había sentido tan mareado.
Hice una mueca de disgusto.
—Lo peor fue ver a los peces comiéndose mi vómito. Eso solo hizo que me dieran más ganas de seguir vomitando. Sin embargo, Trevor no paraba de reír mientras me sobaba la espalda.
Recordé aquella risa tan contagiosa y el corazón volvió a dolerme. Durante las horas que llevaba hablando con Melissa apenas había pensado en él, pero, como casi siempre, terminé regresando al mismo lugar.
—No te culpes por pensar en él.
Fue como si me hubiera leído la mente.
—No dejas de querer a una persona de un día para otro. Aunque veas cosas que te arruguen el corazón y te ardan por dentro, el cariño no desaparece. Sigue ahí, palpitante y rebelde.
No podía tener más razón.
Trevor podía haberme lastimado sin quererlo. Incluso culparlo de mi dolor era injusto. Uno hiere cuando es consciente de lo que hace, y él solo estaba besando a una chica, como lo haría cualquier muchacho de su edad. Si yo hubiera tenido la oportunidad, seguramente también lo habría besado. Aun así, el ardor en mi pecho y la incomodidad seguían ahí porque, aunque estuviera con alguien más, yo continuaba queriéndolo como siempre.
Después de todo, seguía siendo mi querido Trevor.
—Es complicado.
Dirigí la mirada hacia la ventana abierta. Desde allí podía ver la calle y la fachada de la casa de enfrente.
—A veces quisiera gritarle cuánto lo quiero, pero luego meto la cola entre las patas y me callo. Mi forma de quererlo podría lastimarlo. Incluso sería extraño para él. Hemos vivido demasiadas cosas juntos; nos vimos sin ropa cuando apenas éramos unos críos. Si descubriera que lo he amado durante todo ese tiempo, creo que todo se volvería confuso para él. Pensaría mal de mí... de las razones por las que siempre he querido estar a su lado.
—¿Y por qué estás con él?
La pregunta fue rápida, casi demasiado preparada. No la miré, pero tuve la impresión de que no solo quería escuchar mi respuesta; también estaba comparándola con la suya.
—Porque soy un tonto que, aun sabiendo que nunca podrá tenerlo, sigue queriéndolo.
Me giré para dedicarle una sonrisa.
—Pero siempre supe que no sería para mí. Algún día iba a perderlo y ya está. Sería el final de Trevor y Nico como los mejores amigos de la historia.
—Yo creo que deberías decírselo.
La miré con el ceño fruncido.
—¿Qué te hace decir eso?
—Tienes muchas más posibilidades que yo, te lo aseguro. Yo, simplemente, no tengo el valor y, además, jamás sería correspondida. Tu caso es diferente.