Trevor no me había quitado la vista de encima ni un solo segundo. Sus dedos apretaban la toalla blanca con la que, apenas unos minutos antes, se había secado el sudor. Sus ojos transmitían tanta intensidad que terminé removiéndome, nervioso, sobre la cama. Con un esfuerzo enorme encontré el valor para sostenerle la mirada.
—Es mi amiga; al menos eso creo. Nos conocimos en la fiesta y se ocupó de mí cuando lo necesité —respondí. Luego añadí—: Es muy agradable. Seguro te caería bien.
—No lo sé. René dice que es de esas chicas que se besan con todo el mundo. Sabes que ese tipo de chicas no me agradan. Además, siempre parece mirarte por encima del hombro.
No entendía de dónde nacía aquel rechazo inesperado hacia Melissa. Esos comentarios no eran propios de él. Normalmente se limitaba a decidir si alguien le parecía buena o mala persona, sin entrar en más detalles. Que hablara de ella de una forma tan específica y negativa no me agradó. Mucho menos que se dejara llevar por lo que decía otra persona.
—A mí no me lo parece. Creo que es una buena persona y ha sido muy amable conmigo.
Mi respuesta, o quizá la forma en que lo miré, pareció calmarlo. Levantó ambas manos en señal de paz y asintió.
—Como digas. Tú has pasado más tiempo con ella; no voy a discutir eso.
Tuve la sensación de que se arrepentía de la forma en que se había expresado. Aun así, también percibí que no había podido evitarlo. Lo extraño era que no lograba comprender el motivo.
—Ya te la presentaré. Seguro te caerá bien.
No me contradijo. Se limitó a asentir.
—¿Tienes hambre? Ya es tarde. No sé por qué Sheila te dejó solo con esa chica...
Lo último lo dijo en un tono mucho más bajo, pero aun así lo escuché.
—Voy a mirar qué hay en la nevera. Si no encuentro nada preparado, te haré una sopa o algo. Ya veré qué encuentro.
Salió de mi habitación y me dejó más confundido que tranquilo.
No entendía en absoluto aquel comportamiento.
El Trevor que había visto hacía unos minutos era el mismo de siempre, el que conocía desde hacía años. Sin embargo, había reaccionado de una manera distinta. No sabía cómo definirla; simplemente no propia de él.
Me recosté sobre la cama y apoyé una mano en el pecho.
Aquel último año estaba resultando mucho más intenso de lo que jamás habría imaginado. Sin embargo, todos esos pensamientos quedaron en segundo plano cuando imaginé a Trevor en mi cocina preparando algo para mí.
Nunca antes lo había hecho. Normalmente venía a vaciar la nevera, no a cocinar. Aunque sabía hacerlo. De hecho, cocinaba muchísimo mejor que yo. Ese era uno de sus muchos talentos, y debía admitir que también me parecía atractivo. Él podía preparar cualquier cosa que se le antojara; yo, en cambio, apenas sabía cocinar lo suficiente para no morirme de hambre.
Esperé unos minutos, pero terminé aburriéndome, así que decidí bajar para ver qué estaba haciendo. No debía de haber suficiente comida preparada, porque un aroma delicioso inundaba toda la casa.
Entré despacio en la cocina, aunque me detuve al llegar al marco de la puerta y me quedé observándolo. Picaba un tomate con absoluta tranquilidad. En la olla que hervía sobre la llama azul ya había varios ingredientes. No estaba completamente seguro de qué preparaba. Por el pollo que descansaba sobre el mesón, supuse que sería una sopa de verduras con pollo.
Nunca había probado una sopa preparada por alguien que no fuera mi abuela. Solo imaginar el sabor que tendrían los platos cocinados por Trevor despertó mi curiosidad.
Sentí unas ganas enormes de que terminara cuanto antes para poder probarla. Nunca había sido especialmente paciente cuando se trataba de Trevor.
Me acerqué poco a poco por la cocina. Cuando estuve más cerca, noté que Mango y Diamante estaban echados a los pies descalzos de mi mejor amigo. Sonreí al ver el pelaje amarillo de Mango y el moteado de Diamante. Ambos le tenían un cariño enorme a Trevor. Diría, incluso, que a él siempre se le dieron mejor los animales que a mí.
—¿Qué preparas?
Me coloqué detrás de él con la intención de mirar por encima de su hombro.
Apenas escuchó mi voz, se irguió y dio un pequeño respingo. Giró para verme y, durante un instante más largo del que me gustaría admitir, me perdí en el marrón de sus ojos, en sus labios ligeramente resecos y agrietados y en la piel todavía húmeda por el sudor.
No podía ser más atractivo. Si lo hubiera sido, seguramente habría sido un delito, porque habría terminado de destrozarme el corazón sin la menor piedad.
—Sopa de verduras con pollo troceado —respondió en voz baja.
Para mi satisfacción, no se apartó. Nos quedamos mirándonos unos segundos. Entonces nuestras respiraciones llegaron a rozarse. Vi cómo bajaba la vista hacia mis labios y, durante un instante, me quedé completamente inmóvil.
Pensé en retroceder. Sin embargo, Mango rompió el momento con un maullido estridente.
Los dos parpadeamos al mismo tiempo y nos apartamos casi de golpe, como si dos imanes hubieran empezado a repelerse.